Antauro Humala se rinde porque no iba a salir vivo

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Hechos no contados del Andahuaylazo (Capítulo final )

A las 10 y 30 de la noche del 3 de enero del 2005 Antauro Humala fue arrestado en la Municipalidad de Andahuaylas, mientras intentaba negociar las condiciones de su entrega con los miembros de las fuerzas de seguridad dirigidos por el jefe de la Policía, general Félix Murazzo.

Horas antes, su hermano, Ollanta Humala, lo llamó desde Seúl para informarle de una inminente intervención ordenada por el alto mando del Ejército, el cual pedía la cabeza del líder etnocacerista, tal como lo reveló años después el expresidente en entrevista a una revista local.

Cuando las condiciones de Humala no fueron aceptadas, la cosa pasó de negociación a arresto puro y simple. El líder ‘etnocacerista’ aceptó su detención sin mayor protesta.

Se trató de una detención negociada. Humala había llegado a la municipalidad a las 7 de la noche, una hora después de que las autoridades decretaran el toque de queda para la ciudad.

Fue un toque de queda más bien flexible, porque Humala pudo llegar acompañado por una comitiva de alrededor de 50 seguidores, mientras dejaba al sacerdote José Domingo Paliza en la comandancia asaltada, presumiblemente como garantía para los humalistas.

En la reunión, Humala pretendió imponer las siguientes condiciones para su entrega, quería postergar para una fecha indeterminada la entrega del armamento capturado y hacer una entrega parcial de rehenes y firmar un acta de rendición.

Ninguna de las condiciones fue aceptada, como Humala presumiblemente suponía. A las 10:30 de la noche, el general Murazzo le dijo que las conversaciones terminaban y que quedaba detenido, junto con su guardaespalda Jorge Villalba. De acuerdo con la versión del gobierno, ninguno de los dos opuso resistencia o protestó siquiera por el arresto.

Humala y su escolta fueron sometidos a un examen médico legal. A la vez, se le hizo el atestado por delito de terrorismo con la presencia de una fiscal antiterrorista llegada de Lima.

A la una de la mañana, Humala fue trasladado de la municipalidad a otro lugar de detención.

Entre tanto, la comandancia de la Policía seguía aún en manos de los humalistas, reducidos en número, pero todavía con todo el armamento capturado. Todos los rehenes seguían en su poder. Un día anterior por lo menos cinco de sus miembros (entre policías y soldados) fueron capturados por las huestes de Humala. A los nuevos rehenes se sumó finalmente el sacerdote Paliza cuando se quedó como garantía cuando Humala fue a negociar en apariencia y entregarse en los hechos.

En la mañana, en lugar de entregarse, Antauro Humala pretextó que el gobierno había incumplido con el presunto acuerdo de desmovilizar a la policía en los alrededores de la capturada comandancia. Por eso en lugar de entregar las armas al mediodía como había prometido, salió por la puerta principal de la asaltada comandancia policial para encabezar una marcha con dos centenares de sus seguidores y largó un discurso para azuzar a los presentes. Les dijo que no abandonaría su puesto de combate.

El director de la Policía Nacional, el general Félix Murazzo, recibió la noticia de que los etnocaceristas no se rendirían en la misma puerta de la comisaría. Se lo comunicó el propio Humala. Murazzo le replicó indicándole que cumpliera con su palabra.

“Usted se comprometió con una fecha y hora”, dijo Murazzo.

“Sí, pero ustedes incumplieron con dos condiciones. No se produjo la desmovilización de la policía y no se permitió el libre tránsito”, alegó Humala.

“Eso no fue parte del acuerdo”, rechazó Murazzo.

“Sí lo fue, general”, afirmó Humala y la multitud dio por terminada la accidentada conversación.

Luego, argumentó en su discurso que respetaba la orden de su hermano Ollanta Humala, para que deponga las armas, pero que prefería acatar la decisión de sus seguidores que le habían pedido que no se rinda.

A un burlado Murazzo no le quedó más remedio que pedir a la población que se retirara del lugar. Y murmuró: “Esto ya no puede continuar”.

Poco después, a las 2 de la tarde empezó un despliegue ofensivo de las fuerzas de seguridad, iniciado por efectivos de la Sub Unidad de Acciones Tácticas (Suat), que comenzaron a desalojar las calles adyacentes a la comisaría, a ocupar los techos de las viviendas más altas, a ubicar a francotiradores con miras telescópicas.

Una turba, ante el avance de los policías, se apostó en el frontis de la comandancia como una suerte de “escudo humano” para impedir el desalojo de los etnocaceristas. A esa hora los francotiradores de la Suat alcanzaron a un reservista que respondió con fuego al avance de la policía e hirieron a otros dos. Los compañeros del caído se llevaron el cuerpo y lo trasladaron hasta la comandancia, donde lo esperaba Antauro Humala. Se trataba del reservista David Ortiz. Un proyectil le impactó en el rostro y el otro en el costado izquierdo. Humala exhibió el cadáver y las heridas de balas.

Con todo, Humala se percató de que su asonada tenía las horas contadas. Enterado de que en la noche enfrentaría el ataque, Antauro Humala volvió a convocar a la comisión mediadora.

En medio del toque de queda, Humala abandonó a su gente, se dirigió a la catedral junto a unos 50 seguidores, desarmados y vestidos de civil, que recorrieron toda la avenida Perú. Allí se encontró con el director de la policía, Félix Murazzo. Posteriormente se dirigieron a la municipalidad donde se consumó horas después el arresto de un ya dócil Humala.

A las siete de la mañana del 4 de enero, el Capitán “Pachas”, segundo en el mando, se acerca al comisario y le dice que quería deponer las armas en presencia del Director General de la Policía y de la Cruz Roja Internacional.

Al mediodía se procede a la entrega de las armas y los policías- rehenes son liberados. Todo terminó.