“Mary está enferma”, el grito previo al ingreso de comandos

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Ejemplar operación Chavín de Huántar  (IV PARTE)

La importante labor de inteligencia que se desarrolló dentro de la Residencia del Embajador Japonés.

El temor a la muerte no dejó a los 72 rehenes que permanecieron en la Residencia del Embajador Japonés en Lima. Fueron 126 días de incertidumbre, nadie sabía al inicio si alguien vendría por ellos o si finalmente el gobierno transaría con los 14 emerretistas que se apoderaron de sus vidas por esos poco más de 4 meses que duró su encierro.

Pero no todo estaba perdido. Mientras en el exterior la Unidad de Intervención Antiterrorista preparaba todo para lo que sería la recuperación de los rehenes y de la sede diplomática en manos del MRTA, en el interior se debía pensar en cómo sobrellevar el tiempo y estar preparados para cualquier circunstancia.

Tal vez uno de los errores de los terroristas fue no prever que los militares y policías que estaban entre los secuestrados podían ser una amenaza para su propósito. Y así lo fue.

En este capítulo, La Razón recuerda –gracias a versiones de algunos rehenes y personajes ligados al Operativo Chavín de Huántar– cómo se trabajó desde adentro de la sede diplomática nipona y que tan importante fue el aporte de los propios rehenes para que la acción militar sea un éxito.

 

FACTOR GIAMPIETRI

El almirante (r) Luis Giampietri Rojas fue uno de los 72 rehenes que estuvo desde el 17 de diciembre de 1996 hasta el 22 de abril de 1997 bajo el poder del MRTA, tal vez para suerte de los demás prisioneros.

Gracias a sus conocimientos, Giampietri –quien años más tarde se convertiría en Vicepresidente de la República– guardó la calma y entendió que sin ella él y los demás rehenes no podrían soportar el tiempo de cautiverio que vendría. Además, solo así se podría pensar en alguna manera de escapar o reaccionar ante una eventual incursión militar.

“Dada la formación militar que tenía yo, todos los militares sabemos que, si caemos presos del enemigo, el primer objetivo es escapar, o buscar cómo escapar”, contó a La Razón el exjefe militar, hoy retirado de toda actividad política.

Pero no solo bastaba con guardar la calma y no exacerbar a los terroristas, que estaban armados y listos para disparar a quien vaya contra sus órdenes. Conforme pasaban los días, era tiempo de pensar en alguna estrategia, de no ver una luz en el camino respecto a un rescate. Giampietri lo tenía muy claro.

 

EL BEEPER

Mientras Luis Giampietri pensaba en alguna estrategia, el comandante EP Roberto Fernández –quien estaba en otra habitación con otro grupo de rehenes– hizo algo que le pudo costar la vida, guardó un beeper en sus partes íntimas poco antes que los terroristas requisaran todos los aparatos electrónicos, incluyendo teléfonos, de los prisioneros.

Y llegó el momento en que Giampietri y Fernández se encontraron y hablaron del beeper. Ese fue el comienzo del intercambio de diálogos entre el interior y el exterior de la Residencia del Embajador Japonés.

Fernández era edecán del entonces presidente del Congreso, Víctor Joy Way, y ayudó mucho con la estrategia de rescate. Casi de inmediato se formó un grupo de inteligencia interno, donde además de Giampietri y Fernández participó el general PNP Marco Miyashiro y cuatro militares más, dos de la Marina y dos de la FAP, además de otros policías.

Dentro de las ayudas que llevaba la Cruz Roja llegaron fruta, termos, escobas, cuadros para la misa, y comenzaron a introducir micros pequeños, del tamaño de un botón de camisa, pero de larga duración.

Los micros ayudaron a que los de afuera supieran algo de lo que estaba pasando. Uno de los micros lo pusieron en uno de los 11 termos que mandaron, uno de ellos muy grande y bonito, que, por supuesto, Néstor Cerpa Cartolini se lo quedó, por lo que tenían ubicado al jefe terrorista.

 

HABLABA CON TODO

Según conocimos, la comunicación no fue tan fluida por la vigilancia de los emerretistas. Es cuando Luis Giampietri empieza a hablarle a la comida y artefactos que venían del exterior, por si estos tenían algún dispositivo. ‘El almirante se ha puesto muy nervioso y está hablándole a las cosas’, se oía decir.

Pero la estrategia dio resultados. En esos días las autoridades fueron a hablar con la esposa de Giampietri –Lida Ramos de Giampietri, quien falleció en el 2015– y esta le envió un mensaje a través de una guitarra indicándole dónde estaría el siguiente micrófono. Uno estuvo en la funda de una guitarra y el siguiente en una Biblia.

La conversación con los de afuera se hizo más fluida y estaba casi todo listo, solo esperaban el momento de la incursión. Cada habitación tenía un nombre, así como los rehenes, a quienes separaron en “chancho”, los más grandes; “chanchito”, los medianos; y “lechones” los más jóvenes.

Entre el pequeño grupo de inteligencia interna también se organizaron dos intentos de fuga, pero mientras el primero se quebró por supuestamente culpa de un rehén, el otro fue frustrado porque se conoció de la incursión de los comandos Chavín de Huántar. “Mary está enferma, Mary está enferma”, fue lo que dijo Giampietri, la señal para iniciar la operación. (Continuará)