El valor de la verdad

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Martín Belaunde Moreyra

A juzgar por las noticias que nos llegan desde los Estados Unidos, la verdad no parece ser un valor que importe mucho a Donald Trump. La historia de cómo pretendió silenciar sus fugaces relaciones con la actriz porno que responde al pseudónimo de Stormy Daniels (stormy en inglés significa tormentoso) muestran claramente semejante actitud. Los hechos ocurrieron en el año 2006 cuando el actual presidente norteamericano era una figura privada que aspiraba a la función pública. Entonces, sus mayores logros personales estaban focalizados en su agitada vida de hombre de negocios, simbolizados en la estupenda estructura de Nueva York llamada Trump Tower, que refleja todo lo que él quería proyectar al mundo. Una suerte de moderna Torre de Babel donde la multitud en lugar de dispersarse por su dificultad para entenderse, por el contrario, se concentraba en la admiración a su magnífica persona. Un semidiós en la antigua mitología griega, que él probablemente ignora, pero que sin duda intuye.

En el año 2006 Donald Trump estaba recién casado con su tercera y actual esposa Melania. Fruto de su matrimonio acababa de tener un hijo. Esa circunstancia dentro de su vocación de don Juan inveterado, no le impidió buscar compañía sentimental fuera de su lecho conyugal y la encontró en una estrella del cine, pero no de la altura a la que la que soñamos, sino de los bajos fondos pornográficos. ¿Qué importancia podía tener eso frente a la satisfacción de una rápida conquista estimulada por un oportuno aliento financiero? Sin duda nada. Lo cierto es que la relación fue corta y sus protagonistas continuaron sus respectivas vidas, ella en el espectáculo y Trump en el mundo empresarial, que pronto lo llevó a convertirse en un personaje de la televisión gracias a su histrionismo y mucho dinero.

Así llegamos al año 2016. Donald Trump había logrado ser el candidato del Partido Republicano luego de vencer a sus contrincantes internos en duras disputas.  Entonces surgen rumores alentados por imprudentes frases suyas. Y en ese momento vuelve Stormy Daniels que amenaza con revelar sus pasados amores. Claro que en el año 2006 Trump solo tenía que responder a su esposa por sus aventuras extramatrimoniales. Pero 10 años después las cosas son muy distintas. Enfrentaba a Hillary Clinton y a la opinión pública de los Estados Unidos. Esa historia tenía la fuerza de arruinar sus aspiraciones a la presidencia. Para eliminar ese peligro Trump recurre a su abogado personal Michael Cohen, quien en supremo acto de generosidad le entrega a Stormy Daniels US$ 130,000 de su propio peculio para comprar silencio. No obstante, el remedio se convierte en peor que la enfermedad y la actriz sale a la televisión contando sus pasados amores. Trump sigue negándolo y además manifiesta que nada tuvo que hacer con el pago. En esas circunstancias recurre a la asesoría del ex alcalde de Nueva York Rudolph Giuliani, quien con torpe franqueza admite la verdad de los hechos, señalando que Trump efectivamente reembolsó los US$ 130,000 a Michael Cohen, con el argumento que no había otro camino para no perder las elecciones. El fin justifica los medios. En esa situación se encuentra los Estados Unidos cuyo presidente todos los días se contradice. Lamentable.