Vizcarra, el heredero

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Por: Martín Belaunde Moreyra

Yo no fui, fueron otros, entonces ¿quiénes? ¿El gran Bonetón y sus adláteres? Después de leer las acusaciones de conjuras, así como los descargos del propio Vizcarra, de que él no conspiró para precipitar la salida de PPK, me quedo asombrado. Toda esta discusión arrancó con un abrasivo tuit de Mauricio Mulder, quien conforme a su estilo lanzó el brulote que Vizcarra conspiró para remover a su antecesor, olvidándose que él fue primer actor de reparto en ese drama. La afirmación suena a una imponente acusación moral, como si Julio César le dijera a Bruto, ¿tú también hijo mío? Claro que en este caso no estamos frente a un hecho de la historia de la Roma clásica, sino ante un episodio de nuestra política criolla.

Tampoco entiendo que se haya armado tanto lío al extremo que el propio Vizcarra diera una entrevista para refutar tales cargos. Incluso llegó a manifestar que él deseaba que PPK terminara su mandato, pero lo cierto es que PPK renunció presionado por la inminente vacancia. Debo confesar que cuando Vizcarra acompañó a PPK y a Mercedes Araoz en un paseo por Ancón, nuestro actual presidente tenía cara de pocos amigos, cubierta con unos impresionantes anteojos ahumados. Quizás ya se habían distanciado.

Piensa mal y acertarás reza el viejo dicho. Pero no hay que pensar mal sino con lógica.  En los sucesos que llevaron a la caída de PPK, Vizcarra como su Primer Vicepresidente era el heredero para sucederlo. Los vicepresidentes como tales, primero o segundo, cumplen la función constitucional de calentar la banca de los suplentes salvo que desempeñen otra tarea, congresistas, ministros, embajadores o simplemente ninguna. Vizcarra escogió ser ministro y cuando le fue mal renunció, optando por hacer maletas para el Canadá como nuestro embajador. Desde la perspectiva del norte lo peor que podía hacer Vizcarra era decir algo a raíz de las tribulaciones de PPK. Y él cumplió esa regla a la perfección. Permaneció mudo salvo cuando que tuvo que venir a Lima para solidarizarse con su jefe en el primer intento de vacancia. ¿Pero en el ámbito privado, en cuantas jugosas conversaciones podría haber participado?

Vizcarra ha demostrado ser un hombre inteligente sin rencillas con el sentido común. Debió ser consciente que la menor indiscreción, con cualquier político dentro o fuera del Congreso, significaba arruinar su figura presidencial. Imagínense si hubiera hablado con Keiko bajo la escucha de algún Mamani. Lo mejor era esperar y que los demás hicieran su trabajo en esta comedia de ambiciones políticas. La izquierda quería traerse abajo a PPK por el indulto a Fujimori o quizás por el simple hecho de ser PPK. No muy diferente, el fujimorismo de la rama mayor desempeñaba un papel parecido por el delito de PPK de haber ganado las elecciones presidenciales, así fuere por un pelo. Los demás grupos políticos jugaban sus fichas para escalar posiciones, entre ellos el propio Villanueva. ¿Por qué Vizcarra tenía que conspirar contra su jefe cuando tenía la mesa servida? Era una cuestión de paciencia y de prudencia. Vizcarra reúne esas dos características y el congresista Mulder se equivocó al ignorarlas. Ergo pienso bien cuando Vizcarra cumplió a cabalidad su papel de silencioso heredero. La presidencia bien valía callar en el gélido clima canadiense.