El fraude anunciado

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Francisco Diez Canseco
Francisco Diez Canseco

 

Por Francisco Diez-Canseco Távara (*)

Las “elecciones” de ayer en Venezuela, rechazadas a nivel internacional, han contado hoy, hasta ahora ,con el apoyo inmediato de Rafael Correa y la condena de Sebastián Piñera y por supuesto de todos quienes como demócratas recusamos la siniestra dictadura de Nicolás Maduro, calcada hasta donde ha podido del modelo castrista.

Maduro pretende instaurar un régimen al estilo cubano en donde ya controla todos los estamentos del Estado, salvo el Poder Legislativo, pero no se ha atrevido a establecer un régimen de partido único como el de los países comunistas ya que se ve obligado, por múltiple razones, a preservar un remedo de democracia.

Como ocurre con este tipo de regímenes, el grado de corrupción de Maduro and company es tal que ampara en sus más altos niveles al narcotráfico, habiendo convertido a Venezuela en la principal vía de tráfico de drogas de América Latina a Europa, con escala en África.

Maduro y su mafia del PSUV han llevado a su antes floreciente país prácticamente a la quiebra a grado tal que sigue generando la migración de decenas de miles de personas hartas de las abusos de esa vil dictadura, de la ausencia de servicios de salud, de los graves problemas de abastecimiento y de la falta de empleo.

El sistema de Maduro, repito, calcado del castrismo, se basa en crear una dependencia total de la población respecto del Estado para llevar una vida de supervivencia que nada tiene que ver con su cacareado y obsoleto “socialismo del siglo XXI” y que si tiene que ver con el subsidio, el tráfico político y la destrucción del sector privado.

Esta aventura unipersonal tiene, sin embargo, el respaldo de marxistas de todo pelaje que siguen añorando la dictadura del proletariado bajo el concepto del “culto a la personalidad” desarrollado por Stalin por el cual se sostiene la necesidad de  un gran líder mesiánico que conduzca a las masas hacia la justicia social ya que éstas son incapaces de hacerlo por sí mismas.

El resultado  ya lo conocemos: la aparición de los peores y más sanguinarios regímenes totalitarios de la historia.