EYVI

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Francisco Diez Canseco
Francisco Diez Canseco

Por Francisco Diez-Canseco Távara (*)

Realmente es difícil transmitir el impacto que sentí cuando leí la noticia de la muerte de Eyvi Ágreda en un momento en el que se pensaba que ya estaba en plena recuperación, después de ese Calvario de muchas estaciones que sufrió luego de ser quemada viva.

Sí, quemada viva en la hoguera de la pasión desviada y tóxica de un perturbado cuya acción en contra de Eyvi refleja lamentablemente la profunda crisis de valores en la que está sumida nuestra sociedad machista siendo  la impunidad  una de sus banderas emblemáticas y en la cual, para un sector retrógrado, la pareja, la novia o la esposa constituyen, como en el vals, su “propiedad privada” sin respeto ni amor ni consideración, ni siquiera por su integridad física.

Esta situación recurrente no puede remediarse sólo con el incremento de las sanciones o el establecimiento de la pena de muerte que, en todo caso, sí serviría para fijar cierta proporcionalidad con  el crimen cometido y que se puede legislar sin retirarnos del Pacto de San José, digan lo que digan los posesionarios de esa patente llamada “sistema interamericano de Derechos Humanos”, o sea los caviares.

Necesitamos una Revolución Pacífica de la conciencia nacional que pasa por una educación en valores hoy prácticamente inexistente y discurre por un proceso de limpieza total del Ministerio Público y el Poder Judicial, cuyos bajísimos niveles de credibilidad y aceptación reflejan la inseguridad e impotencia de nuestra población frente a organismos esenciales para la administración de justicia , perforados por la corrupción y la ineficiencia en beneficio de toda clase de delincuentes, como el propio asesino de Eyvi Ágreda.

La vida de Eyvi ya estaba destrozada pero su fallecimiento, que a todos nos conmueve y golpea, debe constituir una razón poderosa para no cejar en el empeño de cerrar este penoso capítulo que, más allá de las cifras, constituye una auténtica vergüenza para el Perú y que merece no sólo el repudio y la indignación sino la conversión de esos explicables sentimientos en políticas concretas para que estos hechos no se vuelvan a repetir.

Nunca más.