Limpieza del alma

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Por Francisco Diez-Canseco Távara

Luego del partido en el que su selección derrotó a Colombia, la hinchada japonesa volvió a dar un ejemplo inusitado al proceder a limpiar de basura  la gradería del estadio ruso desde donde había mirado el evento, algo que viene realizando desde el Mundial de fútbol realizado en Francia en 1998, en todas estas competencias.

La cultura de la limpieza en Japón tiene larga data por lo que el gesto de los aficionados japoneses no es  fruto de la improvisación sino resultado  de una educación que se inicia en el propio hogar donde la inmensa mayoría de los pobladores de ese país no tiene empleados domésticos por su alto costo (unos cien dólares diarios) y donde toda la familia contribuye al aseo y, una vez al año, se hace una limpieza profunda llamada “osoji” que tiene por objeto depurar la casa y el alma.

En las escuelas del Japón son los alumnos los encargados de la limpieza de los locales. Bajo lemas como que la limpieza no es un castigo sino un deber de todos y que la limpieza de tus alrededores  representa tu alma, a los niños japoneses se les inculca desde los 8 hasta los 16 años este espíritu que va mucho más allá de un tema simplemente cosmético y se inserta en la mentalidad colectiva de toda una sociedad.

Por ende, el concepto de limpieza en el país oriental está engarzado dentro del contexto del bien común que debe ser construido y compartido por todos. Limpiar constituye así una actividad que dignifica el alma y que trasciende el propio hecho de hacerlo y los resultados que de ella emanan para situarse en un superior plano valorativo.

En el Perú, que atraviesa por una profunda crisis de valores, este maravillosa ejemplo debe constituirse en una política de Estado que puede ser recogida por el Ministerio de Educación y que tendrá que implementarse paulatinamente en nuestras escuelas para que, entre otras cosas, los niños peruanos vayan formándose en una cultura de aseo personal, de limpieza solidaria de su entorno y, sobre todo, de limpieza del alma.

¡Manos a la obra!