Las Bacantes de Eurípides

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1494

El dios Dioniso era hijo de Zeus y una mortal, Sémele, hija a su vez de Cadmo, el rey fundador de Tebas. Tras sus viajes por toda Asia Menor, Dioniso llega cubierto en piel de cabrito a Tebas, ciudad en la que se negaba su condición de dios, acompañado por un coro de adoradoras, formado por bacantes (adoradoras humanas) y ménades (ninfas de las fuentes).

Las hermanas de su madre habían difundido el rumor de que Sémele se había acostado con algún mortal y que Zeus la había fulminado por haberse inventado la historia de que se había acostado con él. Por ello, Dioniso las había hecho enloquecer y ahora practicaban también ritos a Dioniso como bacantes. El rey Penteo, nieto de Cadmo, tampoco le ofrece libaciones. Dioniso llegaba con la intención de demostrar que él es un dios.

Penteo llega explicando cómo las mujeres de Tebas han participado en esos ritos y tras beber vino se han entregado a la lujuria, por lo que ha ordenado apresarlas, así como a un extranjero que es el que está difundiendo la creencia de que Dioniso es un dios.

Tiresias le explica cómo el divino Dioniso fue el que trajo el vino a Grecia y que con esa bebida se produce el dulce placer del sueño y el olvido de los males. Cadmo  trata de hacer comprender a su nieto que los que se creen mejores que los dioses sufren castigos divinos.

Penteo no atiende a las razones de ambos y apremia a sus sirvientes para que capturen al extranjero que va difundiendo el culto a Dioniso. El extranjero, que resulta ser el propio Dioniso, es capturado, sin que oponga resistencia, y encadenado. Penteo le dice que será castigado y será llevado a prisión. él se había burlado de Penteo haciéndole creer una ilusión. En realidad, Penteo encadenó a un toro que había en el establo y el dios permaneció mientras tanto junto a éstos, observando.

Penteo aparece sorprendido por todo lo ocurrido y ve que Dioniso se ha liberado. El mensajero insta a su rey a que, en vista de tales prodigios, se apresure a reconocer a Dioniso como dios, pero Penteo no cede. Penteo siente ahora curiosidad por ver con sus propios ojos el comportamiento de las bacantes y Dioniso le indica que para poder hacerlo sin peligro deberá ponerse ropas de mujer.

Un mensajero relata la muerte de Penteo: Dioniso había alzado al rey para que éste subiera a las ramas de un abeto para observar a las bacantes. Entonces éstas últimas fueron arengadas por Dioniso para que se vengasen del rey. Las bacantes le arrojaron piedras y arrancaron el abeto de la tierra. Penteo cayó al suelo y pidió a su madre Ágave que lo reconociese y no lo matase, pero estaba poseída por Dioniso; ella y el resto de las bacantes, mataron y descuartizaron al rey. El coro de bacantes llega con Ágave a palacio, con la cabeza de Penteo entre las manos. Ágave muestra orgullosa a los tebanos la cabeza de lo que ella cree que es un animal salvaje, la cabeza de un león. Tras escuchar a Cadmo, Ágave entra en razón y comprende el crimen que ha cometido, matando a su hijo, a causa de que ella, como Penteo, no reconocían a Dioniso como dios. Ágave y sus hermanas son desterradas.