Caviar

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Por Francisco Diez-Canseco Távara 

De un tiempo a esta parte, quienes visiblemente integran la izquierda caviar peruana han venido tratando de limpiar su corroída imagen señalando que constituyen un grupo de “centro izquierda” vilipendiado por la DBA (siglas de quienes ellos denominan “derecha bruta y achorada”) porque defienden los Derechos Humanos, promueven el “enfoque”  de género, son partidarios del aborto y luchan contra la pobreza.

Una vez más, es necesario aclarar a esta verdadera mafia que tanto daño le ha hecho y le sigue haciendo al Perú. Para comenzar, recordemos que el origen contemporáneo del término “izquierda caviar” -en el siglo XIX ya se hablaba de “izquierda champagne”- se encuentra en la década del 80 en Francia donde así  se empieza a llamar a quienes tienen una doble moral: viven como derechistas y predican como izquierdistas.

Por cierto, la doble moral se extiende mucho más allá del modus vivendi y comprende sus posiciones pro terroristas sustentadas en sus orígenes marxistas y evidenciadas, en forma emblemática, en los fallos de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que controlan y que ha impuesto al Perú sentencias como la del penal Castro Castro por la que se estableció, entre otras barbaridades, una inmensa reparación civil a favor de Osmán Morote, el número 2 de Sendero Luminoso.

Los caviares viven lujosamente de sus bien rentadas ONG que financia la cooperación internacional para supuestos fines altruistas y que están exoneradas de impuestos. En la práctica, su cuasi monopolio sobre este sistema, implica que la mayor parte del dinero va a sus bolsillos y no a los de los pobres del Perú.

El concepto de democracia para los caviares va estrechamente ligado  a sus intereses grupales y personales: como se retroalimentan entre ellos, donde ellos controlen un medio o parte de un medio de comunicación, no entran sino los miembros de esa mafia o sus amigos o sus compañeros de viaje pero nadie que discrepe con sus  cerrados  criterios ya que, como lo han demostrado en innumerables casos, se consideran propietarios absolutos de la verdad y no admiten discrepancia o critica alguna.

Maestros del entrismo y de la intriga -suelen llegar por la puerta falsa a sus objetivos- están muy bien organizados y no dudan en mentir y difamar cuando tienen que confrontar a sus adversarios: su predicada ética no es más que una careta para la consecución de sus fines.

En resumen, unas joyitas.