En defensa de Donald Trump

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Ricardo Sanchez Serra

Ricardo Sánchez Serra

Las críticas al presidente norteamericano Donald Trump han arreciado ante cada paso que da, aumentan día a día y hasta lo han acusado de traidor para aplicarle el “impeachment” o proceso de destitución.

La pregunta es si ¿el presidente Trump está pensando en los intereses de su país, del mundo, de los dos o de ninguno?

Veamos. Bajó los impuestos a las empresas norteamericanas para repatriarlas y así den más trabajo a sus connacionales. Volver al orgulloso “Made in USA”. Si bien los países serán afectados por el alza de aranceles de Estados Unidos a China, que eran muy bajos y permitió que en general las industrias mundiales, no solo norteamericanas, se afincaran en este país asiático, Trump piensa en su nación.

Que es una aberración que se pelee con sus aliados. En el complejo tema geopolítico. ¿Quién es el enemigo? Los “aliados” vivieron de la asistencia norteamericana por decenas de años garantizando su seguridad (y por supuesto la de Estados Unidos también como en el juego “Risk”) ante posibles amenazas.

Ya le hizo pagar a Arabia Saudita los costos por defender la estabilidad del reino, que tuvo que amenazar y apresar a numerosos nobles para que solventen dicha deuda.

Igual sucede con los países europeos a quienes les exige que aumenten sus presupuestos militares y le compren más a Estados Unidos. Está claro que el lenguaje de Trump es inapropiado, pero comprensible porque no es diplomático.

Corea del Norte ¿amenazaba solo a los norteamericanos o también a sus aliados Japón y Corea del Sur y por extensión a la paz mundial? El Pacífico Norte era el foco de tensión más peligroso, causado por el “rocketman” Kim Jong-un. Trump hizo lo impensable – a lo Nixon cuando visitó, por recomendación de Kissinger, a Mao en 1992- conversar con Kim y lograr, esperemos, su desarme nuclear. Ahora que trabajen las diplomacias para lograr acuerdos concretos y alejar, así, la guerra. Las presiones a Irán van por el mismo camino.

El entonces mandatario Barack Obama no solo congeló las relaciones con Rusia, sino que buscó el enfrentamiento. La situación estaba peor que en la Guerra Fría. Llega Trump al poder y su primer objetivo era mejorar las maltrechas relaciones.

El mundo pudo respirar, otra vez. Se activó el teléfono rojo entre las dos naciones. Cualquier conflicto puede prevenirse. Cualquier malentendido puede dilucidarse.

El presidente Trump vuelve a Washington satisfecho de la cumbre de Helsinki –en la que también se garantizó la seguridad de Israel- y solo recibe críticas. Entendible. Trump no pertenece al “establishment”, del cual muchos de los líderes, congresistas o medios de comunicación norteamericanos son rehenes.

Los intereses superiores de Estados Unidos están por encima de los egoísmos, intereses particulares y cuotas de poder de ese “establishment”. En muy poco Trump cede, debido a que ese “establishment” estruja.

Ese grupo señala que Trump conversa con quien no comparte los valores occidentales. ¿Cuáles? Hoy, más bien, Rusia preserva esos valores como la concepción tradicional de la familia, la defensa de la vida y se opone a ideologías populista de izquierdas.