Piedad para quienes no tienen piedad

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Por Martín Belaunde Moreyra

A quien le extrañe el título de la columna me explico. Aludo al reciente pronunciamiento del Papa Francisco, en virtud del cual condena la pena de muerte como un castigo inadmisible. Y el Sumo Pontífice no se ha quedado atrás en su anuncio, pues ha resuelto cambiar el Catecismo de la Iglesia Católica cuya última versión data del 11 de octubre de 1992. Tal versión fue promulgada por San Juan Pablo II, quien en su Constitución Apostólica Depósito de la Fe señala que conservarla “es la misión que el Señor confió a si Iglesia y que ella realiza todo el tiempo”. ¿Pues bien qué decía el Catecismo Católica sobre la pena de muerte hasta la modificación dispuesta por el Santo Padre?

El acápite 2266 señalaba entre otras cosas que “la legítima autoridad pública tiene el derecho y el deber de aplicar penas proporcionadas a la gravedad del delito”. No cabe duda que ahí radica el fundamento divino de los códigos penales de todo el mundo. Luego agregaba que “la pena además de la defensa del orden público…debe contribuir a la enmienda del culpable”. Después en el acápite 2267 se indicaba que “la enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye, supuesta la comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable, el recurso a la pena de muerte…si fuera el único camino posible para defender eficazmente las vidas humanas del agresor injusto”.

Ahora con la modificación del Catecismo ese razonamiento ya no es válido. Por encima del castigo para quien mata, está el perdón y la redención no en la vida próxima, sino en la actual a tal extremo que la cadena perpetua también inflige un mal insoportable a la piedad humana y a los ojos de Dios. La misericordia a la cual le Iglesia recientemente le dedicó todo un año,  alcanza al más feroz de los delincuentes porque él también tiene derecho al arrepentimiento, al perdón y a la redención. He ahí el mensaje divino conforme a su actual intérprete.

¿Pero qué pasa con la historia de la Iglesia Católica? Acaso ella misma no solo justificó sino practicó la pena de muerte de manera directa en los Estados Pontificios y en los Estados católicos a través de la Santa Inquisición. ¿Todo ese penoso recuerdo borrado de un plumazo en aras de la máxima justicia? Entiendo perfectamente la lógica del Catecismo de 1992 ya que solo justificaba la pena capital como el último remedio para corregir comprobados males incurables previa identificación del responsable.

La pena de muerte, hoy abolida en casi todo el mundo occidental, se bate en retirada salvo en ciertas partes de los Estados Unidos y en los países islámicos así como en la República Popular China, que la practicó profusamente pero ya no se le escucha. La pena de muerte hoy es casi algo del pasado, por lo menos en el Perú que no la aplica desde 1979 así fuere añorada por algunos. Nuestra Constitución  la reserva para los delitos de traición a la patria en caso de guerra y de terrorismo, con el agregado que los terroristas nunca la sufrieron. La pena de muerte es un tema muy complejo y debatible. No entiendo por qué ahora Francisco la rescata del olvido.