SALAVERRY

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Por Francisco Chirinos Soto.

Hace cien años el General Felipe Santiago Salaverry, con menos 28 de edad, irrumpió en la guerra civil que se libraba en nuestro país y que tenía como principales protagonistas al General Luis José de Orbegozo y al General Andrés de Santa Cruz. Nacionalista a ultranza, Salaverry se enfrentó con un pequeño ejército a las tropas de Santa Cruz en Arequipa. Venció primero en Uchumayo, pero no pudo consolidar dicha victoria y el cazurro Santa Cruz lo derrotó días después en Socabaya y sin más trámite lo mandó al paredón de fusilamiento.

Salaverry fracasó en su empeño y en su carta de despedida señaló que había descuidado la felicidad de su familia por ocuparse de la felicidad de su patria. “Al final no me dejaron hacer ni lo uno ni lo otro”, le dijo a su esposa en esa carta de despedida, en la que le encargó amorosamente ocuparse de su hijo Felipe Santiago, habido en su breve relación con ésta, y de su hijo, el gran poeta Carlos Augusto, tenido poco antes de su matrimonio y de su muerte.

No creo que estemos en circunstancias iguales, pero tampoco creo imposible que un Salaverry haga lo que hizo su antepasado y termine por dar un manotazo sobre la mesa, a fin de poner la fiesta en paz en este país. Para eso está precisamente don Daniel Salaverry, relacionado familiarmente con el prócer, quien fue elegido Presidente del Congreso de la República. Ahí puede haber una solución que libere a nuestro país del inexplicable conflicto en que se halla envuelto. Digo inexplicable porque no hay otra forma de calificar el hecho de que en la cúspide  del Ministerio Público se encuentre un Fiscal de la Nación, acompañado de otros fiscales supremos, varios de ellos incriminados de graves delitos contra la Nación. ¿Cómo podría ocurrir –me interrogo- si esos fiscales supremos tienen que investigarse a ellos mismos y elaborar las conclusiones pertinentes?. Es obvio que tienen que estar apartados de la función y por eso hay un movimiento de dimensión nacional que les exige la renuncia. Mientras tanto, el flamante Fiscal de la Nación se ha dedicado de introducir, en un solo día, más de cuarenta cambios en todas las fiscalías provinciales penales de la República, para rechazar de ese modo la exigencia unánime que se le hace en el sentido de que debe dejar el cargo.

Por todo lo dicho, salta a la vista que se necesita una solución radical, acaso por ruta distinta a la que pudiera imaginarse. De ahí que el apellido Salaverry se me presente como una buena alternativa. Don Daniel es un joven político que ha llegado a la presidencia de su cámara por mérito propio y bien podría encontrar personalmente una solución que le permita resolver la problemática judicial. No va a ser el caso, por cierto, que don Daniel va a terminar frente a un pelotón de fusilamiento, sino más bien en una posición que puede ser trascendente para la vida del país y para su propia trascendencia política.

No va a necesitar la audacia de su ilustre antepasado. En cambio, va a serle precisa la serenidad que le faltó a Felipe Santiago.