Capítulo 3 – ¿Quién se llevó a mi Luciana?

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¿Quien_se_llevo_a_mi_Luciana?
¿Quien_se_llevo_a_mi_Luciana? Por Angella Lowy

El detective Segura con su grupo de investigadores comenzaron la búsqueda a lo largo de la carretera, animados por el dato que el campesino les había proporcionado. Peinaron la zona con la esperanza de encontrar otras pistas que les ayudasen  a resolver el misterio de la desaparición de Luciana, pero los días pasaban y nada. Era como si la tierra se la hubiese tragado.

Fueron al paradero de los camiones de carga e interrogaron a cada uno de los trabajadores, sin mayores resultados. La indiferencia de los camioneros y sus especulaciones en torno a las posibles causas de la desaparición de Luciana, enardecieron al comandante Segura. Escuchaba lo que decían y ganas no le faltaba de propinarles más de un golpe a aquellos que hablaban sin saber.

– Esa niña de pequeña no tiene nada ¡Seguro se ha fugado con su novio!

– Quizá estaba embarazada y se fue para que no la hagan abortar.

– Para mí que se ha ido con un viejo que le ha prometido darle una vida de reina.

No paraban de comentar negativamente sobre la niña y en nada ayudaban. El detective Segura estaba comenzando a impacientarse. En sus más de veinte años resolviendo una serie de casos jamás había fallado; por eso no se daba por vencido, encontraría a Lucianita así tuviera que empeñar su alma. Además, se lo había prometido a su compadre y a la familia de la niña.

Por su parte, Rodolfo con un grupo de familiares y amigos del caserío apoyaban con la búsqueda. Él no descansaría hasta dar con el paradero de su bella princesita y el tiempo criminal estaba en su contra. Sabía que debía encontrar a su hija para que su esposa recobrara las ganas de vivir; porque con cada día que pasaba, la salud de Estela se resquebrajaba aún más. Ella estaba postrada en la cama y el doctor del pueblo no le daba un buen pronóstico.

– Mujer, sabes que te amo ¡No me puedes abandonar! – así le decía Rodolfo a su esposa con voz temblorosa. – También tienes otro hijo y yo que te adoro, no puedes echarte a morir. No te culpes más por lo que pasó ¿Cómo ibas a saber que ella no volvería a casa? – ¡Ya no llores! ¡Mírame urpicha!

Pero sus súplicas parecían no causar ningún efecto en Estela. Perdida en sus pensamientos y con el sentimiento de culpa que la embargaba, quería morirse porque en el fondo de su corazón sabía que algo muy malo le había pasado a su pequeña. Ella era la luz que iluminaba su vida y  ahora ya no la alumbraría nunca más. Así no quería vivir.

Y su corazón de madre no se equivocó. Efectivamente, uno de los grupos de búsqueda liderado por el hermano mayor de Luciana, encontró tierra removida; por lo que comenzaron a excavar e ingrata fue la sorpresa que se llevó Alonso cuando vio uno de los zapatos de su pequeña hermana. El dolor lo tenía aturdido pero no paraba de escarbar presuroso con sus manos, hasta que logró sacar el cuerpo calcinado de Luciana.

La llevaron a la Comisaria del pueblo en medio de la muchedumbre que no salía de su asombro.  ¿Qué ser perverso le hace eso a una niña? ¿Cómo alguien puede asesinar y seguir su vida como si nada hubiese sucedido? ¿Y qué pasará ahora con la madre de Luciana? Seguro se morirá del dolor, cuando se entere de lo que le pasó a su pequeña.

Estas preguntas y muchas más se hacían los pobladores de ese tranquilo y pacífico caserío que ahora vivía atemorizado porque un asesino de niñas andaba suelto y aún no lograban identificarlo. Sin embargo, confiaban en la experiencia del detective Segura quien con su equipo de peritos levantaron todas las evidencias que encontraron en la escena del crimen con la esperanza de hallar al desalmado que le arrebató la vida a Lucianita.

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