Capítulo 4 – ¿Quién se llevó a mi Luciana?

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¿Quien_se_llevo_a_mi_Luciana?
¿Quien_se_llevo_a_mi_Luciana? Por Angella Lowy

Era una tarde fría y los pobladores estaban ya en sus casas con la incertidumbre de no saber qué fue lo que realmente le había pasado a Luciana. Era el tema de conversación en la plazuela, en el mercado, en la iglesia, en todos lados. No obstante, confiaban en el detective Segura y su equipo de la PIP, profesionales de primer nivel que resolverían el caso.

Los peritos de investigación criminal realizaron el levantamiento de las evidencias con la pulcritud y meticulosidad que los caracterizaban. Enviaron a Lima las muestras requeridas para confirmar que el cuerpo calcinado que encontraron era efectivamente el de Luciana, aunque su hermano reconoció además del zapato hallado, un morral guinda que su madre le había tejido.

El detective Segura se contactó con sus colegas en Lima y pidió celeridad para el caso, por lo que no tardaron en llegar los resultados del laboratorio que arrojaron una trágica verdad: la niña había sido ultrajada, asfixiada y finalmente quemada; en un intento atroz del asesino por querer desaparecer el cuerpo de la pequeña.

Al enterarse de lo que había sufrido su bella princesita en manos de ese criminal; Rodolfo sintió que le clavaron un puñal en el pecho, no podía respirar y se desvaneció. Tuvieron que llevarlo de emergencia al hospital más cercano; ahí lo internaron junto con su esposa que, estaba desde hace unos días hospitalizada por un cuadro severo de desnutrición y al borde de la muerte.

Los pobladores se reunieron en la Iglesia de su comunidad y el cura ofició una misa en honor del alma de la pequeña Luciana, pidiendo por su descanso eterno. No salían de su asombro y clamaban justicia. La indignación del pueblo de Tumbamarka llegó a oídos de la prensa limeña que de inmediato se trasladó a la zona realizando una cobertura nunca antes vista.

Nuevamente se reunieron y salieron a las calles los activistas en pro de los derechos de las mujeres y las marchas comenzaron a hacerse cada vez más intensas y continuas. Parecía que aquella niña de un pueblito olvidado por Dios, había unido al Perú en un solo grito: ¡Justicia para Luciana!

El detective Segura estaba sintiendo por primera vez la presión de una nación iracunda y cansada de respirar temor, de vivir con miedo, de ser víctimas de la violencia; especialmente las mujeres como población vulnerable. Y es que quién puede estar tranquilo, sabiendo que el ser querido saldrá de casa y tal vez no regresará jamás. Así le pasó a pequeña princesita.

“¿Quién se llevó a mi Luciana?”, esas fueron las últimas palabras pronunciadas por Rodolfo antes de desmayarse en frente del comandante Segura. Palabras que retumbaban en su cerebro y le recordaban no claudicar. Estaba convencido que hallaría al culpable porque entre todas las pistas que encontró habían unas huellas de llantas, de las cuales se sacó un molde. Con esa evidencia iría al paradero de camiones a buscar respuestas.

Los camioneros se sorprendieron de ver nuevamente al comandante Segura, pues en su última visita no halló nada. Esta vez sería distinto. Su equipo de pesquisas comenzó a comparar cada una de las llantas de todos los camiones con el molde que habían llevado hasta que encontraron uno que coincidía.

Interrogaron al chofer del camión implicado el cual negó en todo momento haberla visto; revisaron minuciosamente el vehículo, pero desafortunadamente no encontraron nada que conecte a la víctima con su victimario. El detective Segura tenía la certeza que ese hombre era el asesino, pero no había forma de probarlo.

El chofer había lavado su camión para borrar todo indicio que lo relacionara con la pequeña y al no poder probarle su culpabilidad, no pudieron detenerlo.

Por primera vez en su larga trayectoria como detective, había fallado. El criminal seguiría con su vida sin pagar por lo que hizo y él regresaría a Lima derrotado. Estaba pensando seriamente en pasar al retiro, porque no se perdonaba el haber fracasado y decepcionado a su institución, aunque no era así, pero eso era lo que él sentía.

Cuando estaba a punto de retirarse vencido del paradero de camiones y dejar libre al criminal, un poblador que vio al detective interrogando al asesino, lo llamó para hacerle ver un detalle que él no había observado. Le sugirió que revisara en la parte interna de las puertas del camión las cuales estaban  forradas con una tela parecida al paño y sin más que decirle, el campesino se fue del lugar.

Intrigado por el dato que le dio el lugareño, se dirigió al camión del asesino para revisarlo una vez más y el alma le volvió al cuerpo cuando vio pegado a la tela de la puerta un cabello de color miel. Lo sacó en presencia del fiscal que aún no se había ido y gracias a esa última evidencia se pudo establecer la conexión entre el chofer del camión y la víctima.

El detective Segura resolvió el caso y el criminal recibió la máxima sanción. El pueblo de Tumbamarka recobró la calma y los padres de Luciana con ayuda de sus familiares y la comunidad poco a poco fueron recuperando su salud. Y aunque nunca más volverían a ver a su hija, tenían el consuelo de que ese criminal ya no le haría daño a ninguna otra niña.

Dicen que cuando la vida de un ser angelical se apaga, una estrella se enciende en el firmamento para alumbrar la existencia de aquellos que nos quedamos en la tierra hasta que sea nuestro turno de partir y reencontrarnos con quien se nos adelantó en el camino.

Descansa en paz mi pequeña Luciana.

 

FIN

Angella Lowy

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