¡LEVÁNTATE, LA VIDA CONTINÚA!

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Por: Angella Lowy

En ocasiones, los cambios suelen asustarnos y nos rehusamos a dejar lo que tanto queremos; pero aprendí en este tiempo, que a veces, debemos soltar lo que ya no nos pertenece, aunque cueste entenderlo y buscar la felicidad sin ir tan lejos, porque está dentro de uno.

Aprendí que con el tiempo toda herida se cura, se cierra y solo queda una cicatriz, cuya misión será recordarnos lo que un día fue y ya no será.
Aprendí que nadie parará o volteará por mí, que soy yo quien debe parar, no para bajar la guardia ni para retroceder, sino para respirar, reinventarme, tomar impulso y seguir en la carrera.

Aprendí que soy un ser humano con defectos y virtudes, que no soy de hierro, pero que Dios me dio la suficiente fortaleza y capacidad para ir por todo aquello que quiero; solo con la luz que él sembró dentro de mi corazón, aquel que esperó tanto y hoy decidió ser libre y dejar en libertad a quien alguna vez amó; porque entendí que ya no era feliz junto a mí. No tenía sentido seguir esperando o hacerme  ilusiones.

Así que hoy me levanté muy temprano, me mojé la cara y me miré al espejo. Me quedé contemplando las huellas de los años en mi rostro y vi en mí aquella persona que no veía hace tanto tiempo, llena de sueños e ilusiones. Estaban vivos esos sentimientos solo que los había escondido en alguna parte de mi ser.

Entonces, fui corriendo a mi habitación, abrí aquel baúl que tenía debajo de mi cama, lleno de polvo y algo avejentado, hacía mucho no la abría. Saqué un reloj, un peine de carey, aquel que era mi favorito, mis lentes oscuros, los cuales coloqué en  mi rostro y me sentí tan feliz de verme bien después de tanto tiempo.

Me acerqué al ropero y busqué mi traje más elegante, me vestí lo mejor que pude; luego, fui al baño, mojé mis cabellos y me peiné. Al término de esto,   lloré de emoción al contemplarme. Hace tanto, tanto, tanto que no lucía así; entonces, mi pequeña hija de tres años y mi primogénito de seis me bombardearon con preguntas. Me decían: ¿Por qué te arreglas? , ¿Vamos a  salir?, ¿Hay una fiesta?, ¿Nos llevarás al parque?, ¿Visitaremos a los abuelitos?, ¡Te ves muy bien!

Solo atiné a sonreír, respiré hondo para recobrar el aliento  y les dije: “A partir de hoy todo será distinto hijos míos, a partir de este momento todo cambiará, seré una mejor persona para ustedes”. Me escucharon atentos, tratando de entender en sus pequeñas cabecitas el mensaje que les quería transmitir.

Continué diciendo: “Vayan hijos, póngase sus abrigos que nos vamos a pasear”. Saltaron en un pie de alegría, hace tanto que no salíamos como antes, cuando con mi pareja nos divertíamos en familia. Ahora, éramos solo los tres contra el mundo.

Los hijos son el motor que nos impulsa a seguir adelante cuando las fuerzas nos abandonan y queremos salir corriendo; pero miro sus caritas inocentes y me detengo. Vivo por ellos y ahora, también por mí; porque soy solo alguien que decidió recuperar su alma, su esencia, su corazón, el cual ahora me pertenece.

A veces hace falta una palabra de aliento un ¡Vamos, levántate!, ¡Sigue adelante!, ¡Mira lo que tienes a tu alrededor y verás que sí se puede! Y es que el divorcio no es una tragedia. Lo trágico es tener un matrimonio infeliz y enseñarles a los hijos un amor incorrecto, cobarde, mediocre y aguantar situaciones por el “¡QUÉ DIRAN!”.

Nadie murió por divorciarse. El alma muere por permanecer con quien no te ama o no amas. Si algo aprendí después de este trago amargo, fue que aún puedo ser feliz, que la vida no acabó. El mundo está lleno de sorpresas, retos y sueños que deseo cumplir y sé que lo haré. ¿Y tú, lo harás?