Caerán los corruptos

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Por Francisco Diez-Canseco Távara 

Lo ocurrido en la Comisión Lava Jato ha puesto en evidencia, una vez más, la gravedad de la corrupción sistémica existente en el Perú y la imperiosa necesidad de actuar, por difícil que resulte, frente al poder ostensible, impune y putrefacto de quienes se han llenado los bolsillos con el dinero de todos los peruanos durante las últimas cuatro décadas a un ritmo superior a los 15 mil millones de soles anuales.

En esa comisión parlamentaria ya se sabía de antemano que, como los jueces no pueden ser simultáneamente parte, existían dos posibles denunciados que eran intocables: Keiko Fujimori y Alan García.

Curiosamente, García Pérez no le aportaba mayor cosa a Keiko en materia de votos dada su magra representación parlamentaria pero si le decoraba la torta para no salir solamente ella indemne en las investigaciones de la citada comisión.

El error de cálculo es que, mientras que a Keiko se le puede acusar por lavado de activos, plata negra procedente del ya famoso departamento de Operaciones Estructuradas de la corrupta Odebrecht; las acusaciones contra García Pérez tienen un horizonte mucho más amplio ya que él si llegó a gobernar nuestro país y, para remate, por segunda vez, período en el que se ejecutaron obras de Odebrecht, empresa con cuyos máximos directivos tiene una relación de larga data, según reveló nada menos que el propio Marcelo Odebrecht.

Frente al blindaje y el cinismo de los voceros y protegidos de la subclase política corrupta, es necesario que se multiplique la vocación  de protesta y de denuncia y se utilicen los mecanismos que la ley prevé para dar una batalla sin pausa y sin tregua hasta el 2021 en que las elecciones generales, con un electorado debidamente informado, deben servir para cerrar la Era de la Corrupción como parte de la celebración del Bicentenario.

Tuve la esperanza de que las elecciones regionales y municipales dieran el primer impulso en esa direcciòn: no ha sido así, salvo contadas y honrosas excepciones, como consecuencia de la desinformación y la costumbre.

Pero el caldo de cultivo de la indignación está ahí y seguirá creciendo hasta que caiga la venda que aún cierra la visión de muchos peruanos.

Y con ella, caerán también los corruptos.