Claroscuros de la lucha contra la corrupción

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Ricardo Sánchez Serra
Sergio Tapia

Por: SERGIO TAPIA T.

El destape de corrupción más sonado de los últimos lustros del siglo XXI, es la alianza socialista/empresarial Lula/Odebrecht, de una empresa transnacional presente en 23 países y el gobierno del país luso-hispano más grande.

“Lava Jato”, que traducido del portugués nos remite al concepto del lavado con agua a presión: Lavado de activos a presión o corrupción con mucha fuerza. Y, vaya presión y fuerza la que provenía de los gobernantes del Brasil socialista, que políticamente dirigían la subversión en América desde el “Foro de Sao Paulo”, el instrumento revolucionario en manos de los cubanos marxistas, para beneficio de las izquierdas del Continente, durante 25 años.

La alianza de intereses entre el próspero empresario Marcelo Odebrecht y el presidente socialista de Brasil, Luis Lula, hizo realidad el vaticinio de Lenin: que los capitalistas fabricarían y hasta competirían en venderle a la Revolución Comunista, la soga con la que serían ahorcados. Odebrecht financió las izquierdas hispanoamericanas, no sólo a las organizaciones políticas; sino las actividades y las personalidades de las izquierdas culturales, artísticas, intelectuales, periodísticas y, también, políticas. Además, corrompió a los partidos y dirigencias no izquierdistas. En eso consiste el caso Lava Jato: el lavado de activos a chorros, a presión.

Ni el Ministerio Público peruano, ni nuestro Poder Judicial, debido a su insuperada mediocridad, arraigada corrupción y taimada institucionalidad. Harán un papel diestro en el caso Lava Jato, les queda demasiado grande.

Abunda el afán de protagonismo; se muestran con descaro los intereses a los que se sirven; hay demostración de rivalidad; no se observa identidad institucional sino predisposición a la filiación en grupos de intereses. Todo va en desmedro de la calidad y los frutos de administrar justicia. Ya no interesa investigar para sancionar a quien lo merezca. Lo que importa es llegar a la prensa con la última grabación, con la foto reciente y con la sevicia impresa en una resolución.

Con la sencillez del idioma, corrupción es aprovecharse de las funciones y los bienes de una organización para satisfacer el beneficio propio, inmoral e ilegalmente. En este clasificador está Marcelo Odebrecht y Barata y el equipo de diez gerentes, quienes redujeron a la indignidad la contratación pública en los EEUU, el Perú, Brasil y muchos países más.

Marcelo Odebrecht no es un caballero, es un empresario pero delincuente aún no rehabilitado. En Brasil en 2 años (2014-2016) lo sentenciaron. Barata no es un caballero legendario que viene en ayuda de la justicia peruana, es un delincuente que tratará de reducir la condena que merece imponerle el Perú, pero “negociará” con los fiscales peruanos para delatar a quienes fueron sus cómplices.

La colaboración eficaz es el premio para los delatores, y el crimen organizado es el procedimiento endurecido para los investigados que sufrirán procesos cinco veces más largos que los juicios ordinarios, serán sometidos a largas prisiones preventivas sin haber sido condenados. Eso sirve para investigar terroristas, debido a la organización ideológica y hermética; al narcotráfico que es mafioso; a las pandillas de alta peligrosidad que cultivan identidad. Pero, aplicar el crimen organizado y la colaboración eficaz para investigar operaciones militares, conduce a confundir a una patrulla militar con una banda de delincuentes, y a un partido político como una banda mafiosa.

En el 2016 el Perú se enteró por el acuerdo firmado entre EEUU y Odebrecht, que habían coimeado en el Perú con 29 millones de dólares. La cifra real es muy superior. Pero, nadie sabía nada, nadie sospechó de nada. El Estado peruano tardó hasta el 2017 para designar 23 fiscales para el caso Lava Jato, para nombrar 14 jueces y reforzar la Procuraduría respectiva. Estamos en el 2019 y recién se anuncia que, en Brasil, se firmará un acuerdo con los “señores” Odebrecht y Barata.

¿Para qué? ¿Qué van a acordar? Si los “señores” Odebrecht y Barata no están procesados. Si no lo están, no podrán ser sentenciados. Entonces: ¿Qué necesidad tienen de delatar a sus cómplices? ¿Qué condena les van a reducir? Algo huele mal.

Mientras tanto, los psicosociales continuarán… La última grabación chismosa, nuevos personajes con la reputación dañada públicamente por insinuación de alguien, audiencias de media noche o de madrugada, alguna injerencia presidencial en asuntos reservados a la justicia. Y, más de lo mismo: La corrupción siempre es la del otro, nunca será la propia.