Campesinos convertidos en esclavos por Sendero Luminoso en el VRAEM

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Sobrevivientes que consiguieron fugar han revelado actos de antropofagia de los terroristas por utilizar la grasa humana como lubricante de armas

Víctor Alvarado 

En pleno siglo XXI, en el que muchas sociedades desarrolladas han entrado a la era de la robótica y la conquista espacial, en el Perú, en  refugios recónditos de la selva de las provincias del Valle de los Ríos Apurimac, Ene y Mantaro, conocido como VRAEM, más de 300 pobladores, la mayoría ashaninkas, entre nativos y colonos, niños, mujeres y ancianos, permanecen esclavizadas por huestes armadas del grupo terrorista Sendero Luminoso.

La descripción de cómo funcionan y son oprimidos estos esclavos peruanos forma parte de una denuncia, que con seguridad conmoverá las conciencias del mundo, contenida en el libro “El Valle de la muerte, las masacres ocultas de Sendero Luminoso”, de los periodistas José Arrieta Matos y Víctor Tipe Sánchez, actualmente en impresión y que saldrá a circulación el próximo mes de abril.

Arrieta y Tipe, recogieron los testimonios en el propio lugar de los hechos, en los pueblitos selváticos donde esta gente sigue su vida en medio de la pobreza extrema.

Ejecuciones
Sus autores nos han privilegiado con el acceso de los principales capítulos de la obra, que relatan las muertes de niños, mujeres y ancianos enfermos a causa de la desnutrición, el asesinato de los que intentaron escapar de los infernales campamentos, así como de los testimonios de los sobrevivientes que lograron consumar arriesgadas fugas.

Según la denuncia, esta población de parias ha sido reclutada para desempeñarse exclusivamente como servidumbre, sin salario alguno, a cargo de la siembra, cultivo y cosecha de las chacras itinerantes que proporción los insumos necesarios para la alimentación de las escuadras armadas de la organización terrorista, bajo amenaza de muerte, la que se aplica sin misericordia alguna, a los que intenten fugar o rebelarse.

En casos excepcionales, han sido enrolados como combatientes en las huestes armadas.

Esta deprimente e incalificable realidad es desconocida por la mayoría de los peruanos, pero conocida por las cúpulas de las Fuerzas Armadas, Policía Nacional y  las clases políticas gobernantes, tanto del Poder Ejecutivos como del Poder Legislativo.

Ocultamiento
Pero, ocultada por estos últimos con la finalidad de tender un velo de sus incapacidades gobernantes, aunque internamente lo usan como pretexto para exigir la dación de presupuestos especiales, que como es posible comprobarlo, no han producido los logros de la pacificación que esa inmensa región del VRAEM.

Esta deducción no es una exageración, ni apresurada ni menos aventurera. El propio ex jefe del VRAEM, general EP Leonel Cabrera Pino, públicamente ha hecho una estremecedora revelación, al señalar que cuando era jefe del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas y jefe de las operaciones militares en el VRAEM, en los años 2013 y 2014, durante el gobierno de Ollanta Humana, este le impidió tomar por asalto el refugio del jefe terrorista, “camarada José”.

“Me sacó del cargo en momentos que mis fuerzas iban a tomar por asalto el cuartel del jefe del narcoterrorismo en el Vraem”, dijo en las páginas de un matutino limeño.

Testimonios
Entre los sobrevivientes encuestados se cuenta Dionisia (64),  una campesina que estuvo esclavizada 22 años por Sendero Luminoso, junto con sus cinco hijos, cumplió trabajos forzados, pasó hambre, sufrió enfermedades y fue testigos de excepción del asesinato de decenas de personas, cautivas como ella en la selva del VRAEM.

Durante todo ese tiempo sobrevivió en diferentes campos de concentración que lo senderistas llaman eufemísticamente campamentos, conformados por casuchas o carpas precarias, donde apenas pueden guarecerse de las lluvias torrenciales.

Ella fue secuestrada el Día de la Madre de 1990 en Cutivireni, un poblado de Satipo, habitado en su mayoría por colonos provenientes de la sierra de Ayacucho. Sendero Luminoso llevó, bajo amenazas, a todas las familias de esa localidad y los internó en el bosque por más de dos décadas.

Esclava 22 años
A lo largo de 22 años cuidó niños en los campos de concentración, trabajó en sembríos destinados a la alimentación de los jefes militares, vio decenas de asesinatos y sobrevivió a tres matanzas. Recobró su libertad recién el año 2012 gracias a un operativo del Ejército.

 “He visto morir a muchas personas, no sé cuántos… más de cien, tal vez doscientos”, dice ahora, ya en libertad porque fue liberada el año 2012 en una operación de las fuerzas combinadas de la Policía Nacional y las Fuerzas Armadas.

En varias ocasiones logró escapar de la muerte, pero presenció el asesinato de sus compañeros de cautiverio cuyos restos quedaron desperdigados entre la espesura de la selva.

La hija y la nuera de Dionisia, una nieta, varios de sus conocidos, y más de tres centenares de personas, permanecen secuestradas por Sendero en las profundidades de la selva del VRAEM hasta estos días.

Según su testimonio, desde la década de los 80 y hasta estos días, los senderistas asesinaron a decenas niños, mujeres y ancianos, luego de golpearlos sin razón aparente. Los mataban a machetazos y palazos o los ahorcaban con sogas y dejaban los cadáveres amontonados entre

Antropofagia
Pancho es otro testigo de las masacres de Sendero desde los años 90 y vio, incluso, algunos casos de antropofagia para utilizar la grasa humana como lubricante de las armas senderistas.

“Los senderistas mataron a machetazos a una mujer que estaba enferma. Luego usaron su grasa para mantenimiento de las armas y cocinaron parte de ella para que comieran los que quieran probar”, relata este hombre que permaneció esclavizado por más de quince años.

Otro sobreviviente es Teófilo, un niño secuestrado a los diez años junto con sus padres y hermanos, y después enrolado a las columnas armadas. Cansado de las crueldades, fugó a los 16 años, pero, en venganza, su familia fue asesinada por Sendero. Años después sirvió de guía a las patrullas militares que rescataron otros cautivos.

Niños pioneros
Desde los años 80, Sendero Luminoso arrastró a la fuerza a pueblos completos de colonos y comunidades nativas de la etnia asháninka hacia la selva inhóspita donde establecieron crueles campos de concentración.

Allí, cientos de personas vivieron cautivos por años, soportando hambre, torturas y violaciones sexuales como ocurrió en la Camboya, durante la tiranía de Pol Pot.

Muchas mujeres jóvenes fueron embarazadas a la fuerza por los jefes de Sendero Luminoso para alumbrar niños que, con los años, conforman los destacamentos armados. Estos pequeños, llamados “pioneros” por los senderistas, son entrenados militarmente para atacar convoyes militares y matar sin miramientos.

Muchos cautivos lograron escapar en los últimos años, otros fueron rescatados por las fuerzas del orden, pero cerca de trescientas personas, entre nativos asháninkas y colonos permanecen esclavizados en el monte.