El Alan que yo conocí

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Por: Phillip Butters

No pretendo hacer un recuento histórico de la figura de Alan García, ni siquiera rendirle homenaje. Lo que les puedo contar es una serie de anécdotas que pintan su humanidad.

Alan de niño creció en la casa de mis padres, en la vivienda de William Butters Puccio. Siempre me agradeció la fascinación que tenía por la ópera porque decía que fue gracias a que mi abuelo Willy siempre ponía a las cinco de la tarde la música que enriqueció su alma cuando estaba triste.

Recordemos que Alan recién pudo ver a su padre a los seis años porque había estado preso. Conmigo siempre fue especialmente simpático, cariñoso e igualitario. Siempre lo tuteé y siempre me tuteó, cosa que consideraba un honor siendo él dos veces Presidente del Perú.

Por paradojas de la vida mi mamá trabajó con la señora Carla Buscaglia en Petroleras Transoceánica, en su primer gobierno. Ahí lo volví a ver, siempre simpático, sonriente. A Carlita, su hija, la conozco más de 30 años, siempre linda, solidaria, sencillísima. Jamás, nunca en su vida, le he visto un solo signo exterior de riqueza.

Años después volví a entrevistar a García y me trató con el cariño de siempre, me envió un saludo para mi abuelo, y me volvió a agradecer ese gusto musical que había heredado de los grandes como consecuencia de escuchar el fonógrafo de mi abuelo.

Fue Presidente por segunda vez y siempre fue muy cariñoso conmigo. Cada vez que estuve enfermo, se preocupó por venir a visitarme, como en esta ocasión, por ocuparse de mi salud e inclusive por rezar, porque sí era creyente.

Me apena muchísimo por sus hijos. Siempre bromeaba con Alan y le decía que cada una de sus hijas era más bonita que la otra y me respondía: “Esa es la suerte de los feos, como tú y yo sabemos”. Siempre tuvo una broma, una sonrisa.

Tengo una hija que se llama Victoria como su hija y me aprecio de ser amigo de Roxanne Cheesman, quien cada vez que yo estaba postrado -como ahora en una clínica-, me enviaba saludos diariamente. Y el propio Alan preguntaba al doctor Vallejos por mi salud.

El juicio histórico es para los historiadores, y el juicio mediático lo harán los enemigos que Alan perdonó: la ultraizquierda y la ultraderecha.

Cada vez que le preguntaba si me recomendaba entrar en política, me decía: “zambo, tú no sabes perdonar y en política no puedes vivir odiando”. Alan, te equivocaste, a ti te mataron los enemigos de siempre.

Ahora, en el juicio que espera, el que quieren sus carceleros, vamos a ver qué dice Barata. Quiero verles la cara si Barata repite lo que ya dijo antes: que no le dio nada a García.

¿Qué pasa si asume su culpabilidad o demuestra su inocencia el señor Nava, su hijo o Atala? ¿Cómo van a quedar los que lo odiaron? Eso lo dejo para el juicio político e histórico.

A sus hijos, a Federico, a quien quería entrañablemente porque -como me comentó- lo agarró en una etapa de papá-abuelo.

Les puedo contar que un día, conversando con Alan, sobre Aristóteles y Platón, me vi -como era obvio- acorralado y recurrí a hablar de fútbol para atarantarlo, pero Alan sabía de fútbol, porque su hijo Federico, hincha del Real Madrid, había hecho que se vuelva un especialista.

Alan era hincha de Alianza Lima, hincha de Pitín, amigo del zambo Cavero, cantaba como los dioses y le hubiera encantado ser Pedro Infante.

Él fue un tipo completo. Espero que esté descansando en paz. Tomó una decisión libre y espero que esa decisión lo haya liberado. También espero que quienes lo acusaron tengan la hombría de pedir las disculpas, si Alan sale limpio, como confiamos que va a pasar. Que Dios lo tenga en su gloria.

Mi último consejo es para sus hijos. Abrácense, bésense, quiéranse, recuerden siempre a su padre con una sonrisa, porque es el mejor tributo que le pueden hacer a un ser humano.

PD: Disculpas a los lectores de La Razón, a los televidentes de PBO y Combutters porque las últimas dos semanas he estado internado en cuidados intensivos y recién hoy (ayer) me han permitido hablar.

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