Veinte años después

Por: Antero Flores-Araoz

Hace veinte años, delincuentes terroristas del MRTA irrumpieron en la residencia del embajador del Japón, secuestrando a todos los que celebraban la festividad anual más importante del Imperio Japonés.

Como eran cientos de personas y era imposible tener el control sobre todos ellos, además de la carencia de servicios higiénicos suficientes, los terroristas fueron dejando en libertad a grupos de invitados.

Los que quedaron estuvieron más de cuatro meses impedidos de salir, viviendo en condiciones precarias por la carencia antes mencionada, las necesidades médicas y asistenciales entre muchas otras, el suplicio que significaban las constantes amenazas y la tortura moral, siquica y física a que estaban cotidianamente sometidos los secuestrados.

Durante el cautiverio hubo muchísimos actos de arrojo y valentía que han sido relatados en memorias y ediciones sumamente ilustrativas como son las de Luis Giampietri Rojas, Jorge San Román, Juan Julio Wicht y Samuel Matsuda entre otros.

Fue meritoria la concurrencia constante al recinto del secuestro, de Juan Luis Cipriani, en aquel entonces Obispo de Ayacucho, como la de Domingo Palermo, integrante del Consejo de Ministros y negociador por parte del Estado. Fue también altamente apreciada la actitud del padre Juan Julio Wicht a quién habiéndosele ofrecido la libertad, prefirió quedar recluído con los demás secuestrados para darles asistencia espiritual.

Luis Giampietri, como se dice, se la jugó, haciendo de enlace secreto entre las Fuerzas Armadas y las víctimas del secuestro, lo que facilitó la actuación de las primeras para liberar a tales víctimas. No solamente el Perú sino todo el mundo estuvo esos cuatro meses en vilo, angustiados, y sin poder predecir en lo que podría terminar cualquier acción que se emprendiera para el rescate.

Felizmente el salvataje fue exitoso, la acción de los comandos de nuestras Fuerzas Armadas, a quien se les denominó “Chavín de Huantar”, fue francamente heroica, pues expusieron su integridad y hasta su vida para lograr el objetivo deseado, tal es así que sucumbieron en cumplimiento del deber dos prestigiosos oficiales del Ejército, así como un gran jurista y miembro de la Corte Suprema el Dr. Ernesto Giusti.

Nunca se terminará de agradecer lo suficiente a nuestros comandos, así como a los mineros que prepararon los túneles para la intervención de aquellos, y sin embargo los comandos han sufrido cerca de dieciocho años de la incomprensión de nuestras autoridades jurisdiccionales nacionales e internacionales que no valoraron adecuadamente su actitud, hasta que por fin fueron relevados de toda responsabilidad por la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

Hoy cuando vemos lo sucedido en Ankara y en Berlín, en que el terrorismo internacional nos muestra seguir vivo y campante, nos tiene que llevar necesariamente a mantenernos en guardia, sobre todo en el Perú que tenemos todavía remanentes terroristas sanguinarios en sociedad con el narcotráfico.

En el aniversario fue muy enriquecedor encontrarnos en lo que fuera la embajada japonesa con familiares de rehenes y comandos como los generales Williams y Alatrista, entre otros oficiales, que mantienen viva la llama del recuerdo de tal invalorable rescate.

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