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    Abre bodega para costear las terapias de su hijo

    “Antes de poner mi negocio, el único que trabajaba era mi esposo. Pero el dinero nos faltaba para pagar las terapias de mi hijo”, relata la emprendedora.

    Decidió emprender pese a todos los obstáculos que le presentó la vida, y ahora tiene una nueva fuente de ingresos. Su nombre es Marcelina Quiñones Vitor (51), su menor hijo de 14 años padece de microcefalia (trastorno neurológico en el cual el cerebro de un niño no se desarrolla completamente). Tras arduo trabajo diario, ella y su esposo sacan adelante a su pequeño, asimismo, con gran ímpetu emprendedor, Marcelina abrió su bodega “Gabrielito” (Gabriel es el nombre de su hijo) en San Juan de Lurigancho para costear sus tratamientos.

    “Antes de poner mi negocio, el único que trabajaba era mi esposo. Pero el dinero nos faltaba para pagar las terapias de mi hijo. Con mucho esfuerzo logramos juntar un capital y alquilamos un local para poner mi bodega”, relata ella.

    Doña Marcelina labora acompañada de su hijo, pues no puede dejarlo solo y además su presencia en el local la motiva para no decaer. Ella se encarga de la organización de los productos y de la atención, que -resalta- es siempre amena, alegre y paciente. “Hasta me encargo de la limpieza, en un negocio propio hay que hacer de todo”, indica. De igual manera, esta aguerrida ama de casa y emprendedora ha aprendido a hacer ‘combos’ y ofrecer promociones para sus clientes nuevos y antiguos, a fin de que siempre regresen y no se vayan a otra bodega.

    “Antes de poner mi negocio, el único que trabajaba era mi esposo. Pero el dinero nos faltaba para pagar las terapias de mi hijo”, relata la emprendedora.

    Decidió emprender pese a todos los obstáculos que le presentó la vida, y ahora tiene una nueva fuente de ingresos. Su nombre es Marcelina Quiñones Vitor (51), su menor hijo de 14 años padece de microcefalia (trastorno neurológico en el cual el cerebro de un niño no se desarrolla completamente). Tras arduo trabajo diario, ella y su esposo sacan adelante a su pequeño, asimismo, con gran ímpetu emprendedor, Marcelina abrió su bodega “Gabrielito” (Gabriel es el nombre de su hijo) en San Juan de Lurigancho para costear sus tratamientos.

    “Antes de poner mi negocio, el único que trabajaba era mi esposo. Pero el dinero nos faltaba para pagar las terapias de mi hijo. Con mucho esfuerzo logramos juntar un capital y alquilamos un local para poner mi bodega”, relata ella.

    Doña Marcelina labora acompañada de su hijo, pues no puede dejarlo solo y además su presencia en el local la motiva para no decaer. Ella se encarga de la organización de los productos y de la atención, que -resalta- es siempre amena, alegre y paciente. “Hasta me encargo de la limpieza, en un negocio propio hay que hacer de todo”, indica. De igual manera, esta aguerrida ama de casa y emprendedora ha aprendido a hacer ‘combos’ y ofrecer promociones para sus clientes nuevos y antiguos, a fin de que siempre regresen y no se vayan a otra bodega.

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