ANASTASIA: Entre la verdad y la locura

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Ayer leímos que Anastasia, una extraña mujer, reclamaba ser la última de las hijas del zar Nicolás II y supuesta sobreviviente de la masacre de Ipatiev. Ella atrajo la atención de propios y extraños y hasta reclamó la fortuna de los Romanov a diversos bancos europeos.

 LA MATANZA DE LOS ROMANOV (II)

ANASTASIA: Entre la verdad y la locura / La “señorita desconocida” como la llamaban en los titulares se convirtió en toda una celebridad a la que se le dedicaron canciones, chocolates y hasta cigarrillos. Cuando viajó a Nueva York a finales de los años veinte fue recibida por muchos inmigrantes como “alteza” y en su honor se celebraron bailes y galas benéficas. En América empezó su plan para reclamar sus derechos dinásticos y el dinero familiar que esperaba en los bancos suizos. La exótica desconocida empezaba a ser molesta y su séquito, liderado por GlebBótkin, hijo del médico real, a incrementarse. Entre sus apoyos se contaba el pianista y compositor Sergei Rachmaninoff, quien había pagado el alojamiento de la joven en el Garden City Hotel en Long Island, donde firmó por primera vez como Anna Anderson.

 

Buscando la verdad

Entre los que no encontraban tan romántica la historia de Anastasia estaba el Gran Duque de Hesse, hermano de Alexandra y tío de Anastasia. Alarmado por la facilidad con la que todo el mundo estaba ignorando partes fundamentales de la historia que no era verdad, pero estaba siendo muy bien contada, contrató a un detective privado que llegó a la conclusión de que la presunta Anastasia era realmente Franziska Schanzkowska, una mujer polaca con problemas mentales que había sobrevivido a una explosión en la fábrica de material pirotécnico en la que trabajaba, de ahí aquellas extrañas cicatrices.

Mientras continuaba la batalla por unos títulos y un dinero que nadie parecía tener claro dónde estaba, la salud de Anna, Anastasia o Franziska empezaba a deteriorarse seriamente. Seguía siendo un juguete de aristócratas venidos a menos y eso le proporcionaba techo y comida, pero cada cierto tiempo era ingresada en centros de salud mental por episodios que la llevaron a salir desnuda al tejado o encerrarse durante días en una habitación.

De vuelta a Alemania su salud no mejoró y tras ser denunciada por un caso de síndrome de Noé –acumular en una casa decenas de animales en condiciones penosas– acabó regresando a Estados Unidos donde se casó con uno de los pocos que seguían creyendo en el cuento de hadas, el historiador Jack Manahan, un amigo de Bótkin veintiún años más joven que ella. Manahan era rico, no necesitaba el dinero invisible de los Romanov, pero le divertía la idea de ser conocido como “el yerno del Zar”. Anteriormente, se había autoproclamado Arzobispo de La Iglesia de Afrodita que él mismo había creado–.

La extraña vida de la pareja los llevó a ser conocidos como “los zares excéntricos de Charlotesville”, como relata William O. Tucker Jr. en The Hook. Jack y Anna vivían rodeados de toneladas de basura y de gatos, tenían cientos de kilos de papas por toda la casa y a pesar del frío vivían con las puertas abiertas. Anna, obsesionada con que la KGB intentaba matarla nunca utilizaba metal y su casa y su coche eran un vertedero de polietileno. Cuando le preguntaban a Jack por qué vivían así, él respondía: “ya sabes cómo son los rusos, sólo son felices cuando son miserables”.

Las denuncias de los vecinos acabaron con Jack en el hospital y Anna recluida en una institución mental. No duró mucho. Allí, pocos días después su historia dio otro giro esperpéntico, Jack la “secuestró” y durante tres días vagaron en una furgoneta pestilente llena de basura y heces hasta que la policía los encontró entre unos matorrales. Anna volvió a la institución de la que no volvería a salir, falleciendo tres meses después. Jack intentó sobornar a los enfermeros para sacarla de allí.

 

Final de la historia

Pero, ¿quién había muerto realmente aquel 12 de febrero de 1984? Su largo litigio contra los herederos de los Romanov había llegado a su fin en 1970 con un inconcluyente “sus demandas no podían ser establecidas ni refutadas”, nadie podía afirmar o desmentir con rotundidad si aquella mujer frágil y atormentada era o no la última heredera del trono ruso.

El misterio prevaleció hasta que en 1991 los cuerpos del zar Nicolás, su esposa Alejandra y tres de sus hijas fueron exhumados de la fosa común en la que habían sido enterrados y su ADN contrastado con el de el Duque de Edimburgo –el marido de la reina Isabel, era sobrino nieto de la zarina–, hubo coincidencia, aquellos restos pertenecían a los Románov. Sin embargo faltaban dos cuerpos, el zarevich y una de las niñas. ¿Había sido real la historia de Anna Anderson?

El material orgánico de Anna que se había recuperado de su paso por diversos hospitales dio un resultado negativo en las pruebas de ADN y cuando en 2007 aparecieron los restos de los últimos Románov se cerró por fin uno de los últimos grandes misterios del siglo XXI: toda la familia real había sido asesinada aquella noche de 1918. Los restos de Anderson se compararon con los de un nieto de la hermana de FranziskaSchanzkowska y el resultado fue positivo. La que se tiró al canal aquella noche de febrero era una mujer polaca harta de sus miserias, la que salió de aquellas aguas era “la muchacha desconocida”.