Por: Magaly Zapata desde España
Me vine a Madrid buscando ver toros de las ganaderías duras y una confirmación de alternativa. Viví una jornada sensacional “de pitón a rabo”, de esas que nutren el alma de ‘amatoro’. La apoderada y amiga Lidia Rodríguez Bermejo me motivó y crucé el charco y de su mano y la de sus amigos pude disfrutar de una jornada total en el inside taurino. Ella encarna la nueva generación de apoderados, de la que lleva el oficio a la antigua usanza, la del apretón de manos y la ilusión por montera con convicción y principios sin entrar en las cloacas del sistema. Empezó en esto hace un par de años, la única mujer entonces, por hacer justicia con un novillero relegado y tuvo la capacidad -haciendo experiencia al andar- de ponerlo en alza y llevarlo por plazas de Francia, España, Perú, 3 incursiones en la primera plaza del mundo, alternativa y confirmación a tres meses vista. Inédito.
El caso es que llegué a Madrid la víspera de la corrida y me regaló el honor de ser parte de una mañana taurina el domingo 14. Temprano un café en la terraza de un frente a la Monumental, charla taurina, percibir el sentimiento de los que saben que se juegan mucho en Madrid, hasta que llegara la hora del sorteo. 10.30 am cruzar la Calle de Alcalá, caminaba y oteaba la imponente Puerta Grande, destino el patio de cuadrillas, zona del reconocimiento veterinario, sorteo y corrales. Jamás había pisado esos terrenos reservados para los actuantes y su gente. Exclusivo. No me creía que estaba en las entrañas de la plaza de toros más importante del orbe taurino.
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La cátedra. Con el permiso de la autoridad pude estar y sentir cómo es una mañana de sorteo en Madrid, profesionalismo y seriedad, silencios, tensiones, los de confianza de los toreros escudriñando las hechuras de los toros, adivinar cómo se comportarán y ponerlos en lote de 2 para ‘sortear’, meter la mano al sombrero y elegir un papelito con el destino que cada torero enfrentará ante la muerte. Un ejercicio repetido cada corrida que en esta plaza alcanza lo ritual. Liturgia pura. Pasado el mediodía hora del apartado, de separar los lotes de cada torero según la decisión de cuál echan por delante.
Los profesionales a cargo arriba en balcón observan que no exista error y acto seguido pasan al chiquero correspondiente. Otro ritual. Riguroso silencio, así lo ordenan por altavoz, entre abrir y cerrar al grito de ¡puerta! Casi a la 1 los profesionales vuelven a los hoteles, comen algo y la tensión se masca salpicada de tertulia. Madrid da y quita, exigencia en el tendido y un toro que impone por edad, trapío y cornamenta. Hora de ir a la plaza. La puerta de entrada de los toreros se aglutina, selfies, autógrafos, la acreditación me permitía estar en el mismísimo patio de cuadrillas, las fotos de rigor, cada torero y su cuadrilla, y la terna formada según la antigüedad, delante de espaldas al ruedo el mar de fotógrafos y cámaras para captar el momento. Llegó la orden. Despejar la zona que el paseíllo empieza.
El desafío ganadero con corridas duras lo torearon dos colombianos (inédito), Juan de Castilla que llegaba de un cornadón en Bayona (Fra) y Sebastián Ritter sustituyendo a Damián Castaño de baja por parte médico la víspera y Miguel Andrades que confirmó alternativa. Ha sido uno de los mejores días de mi afición. Ilusión. Miedo. Vida. Muerte. Cuando el toreo se vive desde dentro se revela en toda su verdad. Así fue que yo lo sentí. ACHO. “Más de 4.000 nuevos abonados ya han asegurado su sitio no sólo para esta encerrona sino para el conjunto de la Feria del Señor de los Milagros, y ya son más de 7.000 los actuales abonos, cifras récord que auguran una asistencia histórica para el gran día. Se espera que el número crezca” (informa web española).




