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    ¿Cuál es el peligro: el hambre, el coronavirus o Vizcarra?

    Por: César Sandoval / Los 180 mil provincianos que tomaron la firme decisión de regresar a sus provincias no vinieron a Lima de paseo o en plan de turismo, sino en busca de una oportunidad que aún no se cuenta en provincias o por la prestación de servicios de salud propia o de sus hijos, que no existen ni por asomo en el Perú profundo. El centralismo, esa tara política y administrativa que padece el Perú desde su conquista, los trajo a Lima.

    Hoy, la pandemia y la ineptitud de un gobernante que muestra desdén y desprecio hacia los peruanos pobres y andinos los presiona para que emprendan a sus provincias, solos y abandonados, muchos de ellos portando el feroz virus que azota la nación.

    Una de esas personas que decidieron escapar del hambre y del encierro decretado por Vizcarra y extendido hasta en tres veces, es Teodosia, madre de dos hijos menores, uno de ellos con la salud deteriorada, que suplicaba al gobierno que les tome la prueba, aunque sea la rápida e inservible, y que disponga un bus para ir al encuentro de sus familiares que la esperaban en el Ande Ancashino. Ni la prueba, ni el bus, ni una respuesta de consuelo vino del gobierno, el cual asignó a una ministra que meses atrás había orquestado el retroceso del sector agrario, cuya explicación ante la falta de credibilidad, justificaba el escape con las mismas palabras que en el programa televisivo de medio día, Vizcarra repite y repite: “no hacen caso”.

    Teodosia emprendió su viaje a pie desde Lima y murió uno de sus menores hijos, que no soportó el sacrificio, el sol, el arenal, la falta de agua, sombra y alimento. Murió en Barranca, a 200 kilómetros de Lima. El gobierno no se inmutó y puso en marcha su cínica respuesta: “no hacen caso”, “se exponen”, sacando sus ases debajo de la manga, esos que solía practicar Montesinos cada que la dictadura se desnudaba y mostraba sus reales propósitos.

    Teodosía, como decenas de miles de peruanos abandonados y excluidos por el gobierno de Vizcarra, han merecido, como era de esperarse, el olvido cruel de los medios que ya dejaron de cubrir las protestas y sus voces que reclamaban atención del estado.

    Hoy vamos por la tercera extensión de una fracasada cuarentena, que no fue acompañada por la cobertura alimentaria de sobrevivencia que hubiese detenido a los pobres y su justo reclamo. Tampoco se optó por el fortalecimiento de ese gran tejido social con el que contamos y que hubiese permitido ir hasta el último cerro de Lima y hacia los pueblos más alejados del Perú rural y andino o de la selva.

    La tercera extensión de la cuarentena es más de lo mismo: seguir marchando a ciegas, sin liderazgo, ni plan de acción sanitaria y social, sin línea de mando ni comando orgánico y unitario en las fuerzas armadas y la policía nacional. Cifras y estadísticas manoseadas, maquilladas y bien pagadas para esconder la única verdad, esa misma que le cantaron al impresentable ministro de salud en Lambayeque, hacia donde se atrevió a ir con apenas 500 pruebas rápidas en una población de 1 millón 300 mil habitantes; y, a Iquitos, acompañado de 30 balones de oxígeno sin oxigino.

    Finalmente, ¿cuál es el peligro del que tratan de alejarse los provincianos de Lima: el hambre, la pandemia o la ineptitud de un gobierno insensible, inepto y corrupto?

    *Abogado – Analista político

    Por: César Sandoval / Los 180 mil provincianos que tomaron la firme decisión de regresar a sus provincias no vinieron a Lima de paseo o en plan de turismo, sino en busca de una oportunidad que aún no se cuenta en provincias o por la prestación de servicios de salud propia o de sus hijos, que no existen ni por asomo en el Perú profundo. El centralismo, esa tara política y administrativa que padece el Perú desde su conquista, los trajo a Lima.

    Hoy, la pandemia y la ineptitud de un gobernante que muestra desdén y desprecio hacia los peruanos pobres y andinos los presiona para que emprendan a sus provincias, solos y abandonados, muchos de ellos portando el feroz virus que azota la nación.

    Una de esas personas que decidieron escapar del hambre y del encierro decretado por Vizcarra y extendido hasta en tres veces, es Teodosia, madre de dos hijos menores, uno de ellos con la salud deteriorada, que suplicaba al gobierno que les tome la prueba, aunque sea la rápida e inservible, y que disponga un bus para ir al encuentro de sus familiares que la esperaban en el Ande Ancashino. Ni la prueba, ni el bus, ni una respuesta de consuelo vino del gobierno, el cual asignó a una ministra que meses atrás había orquestado el retroceso del sector agrario, cuya explicación ante la falta de credibilidad, justificaba el escape con las mismas palabras que en el programa televisivo de medio día, Vizcarra repite y repite: “no hacen caso”.

    Teodosia emprendió su viaje a pie desde Lima y murió uno de sus menores hijos, que no soportó el sacrificio, el sol, el arenal, la falta de agua, sombra y alimento. Murió en Barranca, a 200 kilómetros de Lima. El gobierno no se inmutó y puso en marcha su cínica respuesta: “no hacen caso”, “se exponen”, sacando sus ases debajo de la manga, esos que solía practicar Montesinos cada que la dictadura se desnudaba y mostraba sus reales propósitos.

    Teodosía, como decenas de miles de peruanos abandonados y excluidos por el gobierno de Vizcarra, han merecido, como era de esperarse, el olvido cruel de los medios que ya dejaron de cubrir las protestas y sus voces que reclamaban atención del estado.

    Hoy vamos por la tercera extensión de una fracasada cuarentena, que no fue acompañada por la cobertura alimentaria de sobrevivencia que hubiese detenido a los pobres y su justo reclamo. Tampoco se optó por el fortalecimiento de ese gran tejido social con el que contamos y que hubiese permitido ir hasta el último cerro de Lima y hacia los pueblos más alejados del Perú rural y andino o de la selva.

    La tercera extensión de la cuarentena es más de lo mismo: seguir marchando a ciegas, sin liderazgo, ni plan de acción sanitaria y social, sin línea de mando ni comando orgánico y unitario en las fuerzas armadas y la policía nacional. Cifras y estadísticas manoseadas, maquilladas y bien pagadas para esconder la única verdad, esa misma que le cantaron al impresentable ministro de salud en Lambayeque, hacia donde se atrevió a ir con apenas 500 pruebas rápidas en una población de 1 millón 300 mil habitantes; y, a Iquitos, acompañado de 30 balones de oxígeno sin oxigino.

    Finalmente, ¿cuál es el peligro del que tratan de alejarse los provincianos de Lima: el hambre, la pandemia o la ineptitud de un gobierno insensible, inepto y corrupto?

    *Abogado – Analista político

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