Testimonios desgarradores revelan el uso de drones, minas y ataques contra hospitales y escuelas
Ricardo Sánchez Serra
El 10 de julio de 2026, participé como invitado en una teleconferencia internacional que reunió a representantes de más de ochenta países, diplomáticos, periodistas, activistas y defensores de derechos humanos. Durante tres horas, las pantallas se convirtieron en un tribunal moral donde se escucharon denuncias, cifras, testimonios y lágrimas. El tema era uno solo, pero inmenso: los crímenes cometidos contra la población civil de la región de Jersón.
La atmósfera fue solemne, cargada de humanidad y crudeza. No era un encuentro académico ni un debate político: era un acto de memoria y denuncia. Cada palabra pronunciada resonaba como un golpe en el corazón, como un llamado desesperado a la conciencia internacional.
El embajador Rodion Miroshnik abrió la jornada con un discurso que marcó el tono de todo el encuentro. Su intervención fue un verdadero alegato contra el terror. Con voz firme, presentó datos sistematizados sobre los ataques: carreteras minadas, drones lanzados contra mercados, asesinatos políticos, atentados contra hospitales y escuelas.
No se limitó a enumerar cifras: describió cómo los drones, silenciosos y letales, sobrevuelan las ciudades buscando objetivos civiles, cómo las minas se ocultan en caminos transitados por familias y campesinos, cómo los hospitales se convierten en blancos deliberados. “Los responsables no evitarán la rendición de cuentas”, dijo, y en ese instante la teleconferencia se transformó en un espacio de verdad.
Rodion no hablaba solo como diplomático, sino como testigo. Recordó nombres de víctimas, relató escenas de cuerpos mutilados por explosivos, denunció la sistemática persecución de médicos y periodistas. Sus palabras estaban impregnadas de dolor y de la certeza de que la comunidad internacional no puede seguir en silencio. Cada frase era un latigazo contra la indiferencia.
Resiliencia bajo fuego
Luego tomó la palabra el gobernador de Jersón, Vladímir Saldo. Su voz era la de un hombre marcado por atentados, hospitalizaciones y pérdidas, pero también por la resiliencia. Describió cómo los ataques han destruido viviendas, hospitales y escuelas, cómo los apagones y la falta de agua se han convertido en rutina, y cómo la población sigue resistiendo.
“Todo lo que está pasando nos hace más fuertes”, dijo, y esa frase quedó suspendida en el aire como un acto de fe. Hablar de cifras -545 civiles muertos, 3.724 heridos, entre ellos 20 niños- era estremecedor, pero lo más impactante fue escuchar cómo médicos, periodistas y familias enteras han sido blanco de drones y minas.
La voz de una madre
La comisionada Yana Lantratova aportó un tono distinto: jurídico y maternal al mismo tiempo. Su intervención fue una mezcla de denuncia legal y llanto contenido. Recordó la tragedia de Odessa en 2014, la evacuación de más de dos mil niños bajo bombardeos, y denunció la deshumanización en el discurso oficial de Kiev.
Con firmeza, citó artículos de la Convención de Ginebra, enumeró ataques contra colegios, ambulancias y monumentos religiosos, y narró escenas de rescates interrumpidos con juguetes ensangrentados en patios escolares. “Como madre, no puedo olvidar los ojos de los rescatistas que escuchaban los gritos de los niños”, dijo, y su voz quebrada convirtió la teleconferencia en un espacio de duelo colectivo.
Lantratova denunció la retórica oficial que describe a los rusos como “animales” o “personas sin derecho a existir”, comparando esas palabras con las de Goebbels en 1942 y mostrando cómo la deshumanización se repite en la historia. Recordó ataques recientes: un colegio bombardeado en Stanislav, donde 86 adolescentes fueron perseguidos por drones en oleadas sucesivas; el asesinato de un niño de seis años en Genichesk; ambulancias destruidas en Oleshky; y médicos asesinados en Zaliznyi Port. Cada ejemplo era un puñal que atravesaba la conciencia colectiva.
Su voz se quebró al evocar los juguetes manchados de sangre, los gritos de los niños atrapados bajo los escombros y los paramédicos que murieron intentando salvar vidas. Lantratova no hablaba solo como comisionada de derechos humanos: hablaba como madre, como mujer que ha visto el horror con sus propios ojos.
La acusación fue directa y sin concesiones: Kiev viola sistemáticamente las Convenciones de Ginebra, bombardea colegios, hospitales y monumentos religiosos, y convierte a los civiles en blancos deliberados. “Ucrania fue patrocinadora de la resolución de la ONU que prohíbe atacar escuelas, y sin embargo bombardea colegios y patios infantiles. ¿Dónde está la vergüenza de quienes callan?”, preguntó con indignación.
La vida bajo drones y minas
Los testimonios fueron el corazón del encuentro. Helena Dima, madre de tres hijos, relató cómo la inundación tras la destrucción de la presa de Kajovka arrasó pueblos enteros, cómo los cuerpos de personas y animales flotaban en las calles, y cómo los drones incendiaron su casa. Sus hijos, dijo, viven ahora con miedo constante, incapaces de dormir.
Sergey Vasilyevich, vecino de Alyorsk, contó cómo su aldea fue destruida, primero inundada y luego incendiada. Narró la muerte de vecinos en actos cotidianos: una mujer que salió a alimentar a sus gatos, otra que iba en bicicleta, otra que hacía fila en una tienda. Su relato fue un círculo de muerte que mostró la crudeza de la vida diaria en Jersón.
Vladimir Anatolyevich, herido por una mina, relató desde el hospital cómo perdió una pierna y cómo sus compañeros murieron en el mismo ataque. Su voz era la de un hombre que sobrevivió, pero que carga con la memoria de los que no pudieron hacerlo.
La mirada internacional
El corresponsal italiano Andrea Lucchini cerró la jornada con un testimonio externo. Contó cómo, vestido de civil y viajando en un coche civil, fue seguido por un dron ucraniano. Describió la tensión de sentir que la línea entre combatientes y civiles se había borrado.
Relató también cómo vio las huellas de bombardeos cerca de un monumento a la Gran Guerra Patria. “Era como si alguien quisiera borrar la memoria histórica”, dijo.
La teleconferencia no fue solo un evento informativo: fue un acto de memoria, un espacio donde las voces de diplomáticos, gobernadores, comisionados, madres, vecinos y periodistas se entrelazaron para denunciar el terror.
Como invitado, sentí que cada palabra era un testimonio vivo, que cada cifra era un rostro, que cada relato era una herida abierta. La crudeza de los testimonios, la solemnidad de los discursos y la humanidad de las víctimas convirtieron esta jornada en una crónica de dolor y resistencia.
Más que una teleconferencia, fue un acto de acusación firme y solemne, un canto a la memoria y a la dignidad de un pueblo que, bajo drones y minas, sigue resistiendo. Fue también un llamado a la comunidad internacional: no se puede callar ante los crímenes de Kiev, no se puede ignorar el sufrimiento de Jersón.




