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Sábado, Diciembre 5, 2020

El plan “Valquiria” para matar a Hitler

Hace 76 años fracasó el mas importante atentado para acabar con el Fuhrer, todos sus protagonistas fueron muertos

 El 20 de julio de 1944 se llevó a cabo la operación de un mortífero atentado denominado “Valquiria”, en la Alemania nazi, con la que se intentó dar un golpe de Estado y matar a Hitler. El acto es recordado como el mayor acto de resistencia contra el régimen Nazi en el país. ¿De qué se trató?

Alemania rindió homenaje el pasado lunes 20 de julio a los autores del atentado fallido contra Hitler hace 76 años y a su polémico líder, el conde Claus von Stauffenberg, en un momento en el que la extrema derecha intenta apropiarse de su legado.

“Hay momentos en los que la desobediencia puede ser un deber”, estimó la canciller Angela Merkel en un discurso en el que honró el carácter ejemplar de los conspiradores y su entorno, durante una ceremonia en Berlín ante los jóvenes reclutas del ejército alemán.

La operación “Valquiria”, un golpe de Estado que implicó a varios miles de militares y civiles, es el acto más conocido de resistencia contra el régimen de Hitler.

El 20 de julio de 1944, el oficial aristócrata Von Stauffenber colocó un explosivo con temporizador oculto en su maletín durante una reunión en el cuartel general del Führer “la Guarida del Lobo”, cerca de Rastenburg, actualmente Ketrzyn, en Polonia.

El intento de asesinato fracasó y el golpe fue detenido. Hitler resultó herido leve. El coronel, que participó en la campaña africana del mariscal Rommel, y otros tres conspiradores fueron fusilados la misma noche.

Además, cientos de personas fueron ejecutadas y sus familias perseguidas en las semanas siguientes.

EL AUTOR

“Todavía hoy, persiste una incomprensión y malestar” con respecto al atentado del 20 de julio, reconoció la canciller. También porque su autor emblemático era un oficial del ejército, según Merkel.

Si bien en el extranjero es considerado un héroe indiscutible, como en una película con Tom Cruise en 2008, el personaje continúa alimentando el debate en Alemania.

Sus detractores le recriminan una reconversión, juzgada tardía, de simpatizante nazi a organizador de atentado.

Durante mucho tiempo fue considerado como un “traidor” en una sociedad aún impregnada por los años del nazismo, subrayó Johannes Tuchel, director del Monumento, en una tribuna en el diario berlinés TAZ.

En la zona de ocupación soviética en el este, eran su elitismo y su “revolución de palacio”, según la expresión del gran resistente Anton Ackermann, los que no encajaban con los ideales populares comunistas.

“Para nosotros, Stauffenberg era un cobarde, que no utilizó una pistola sino un explosivo con temporizador para salir indemne”, recordó Kurt Salterberg, un soldado presente el día del ataque, en una entrevista para Frankfurter Allgemeine Zeitung. Pero en aquel entonces, “un simple soldado no sabía nada de las atrocidades de los nazis”, admitió.

CONSPIRADORES EN ACCIÓN

Conforme avanzaba la guerra, el grupo opositor a Hitler ampliaría su red, beneficiado por la creciente desazón al socaire de las derrotas, aunque manteniendo un tono exclusivista y minoritario.

Entre los recién llegados se hallaba el conde Claus von Stauffenberg, un joven y mutilado coronel. Su diligencia y animosidad pronto le convertirían en el alma de la conspiración. Ya no se trataba de eliminar a Hitler y volver a la situación anterior, sino que en el seno de la conjura se debatía cómo debía ser la Alemania del futuro. Se estableció un acuerdo tácito por el que los militares se encargarían del atentado y posterior control del Reich.

Estaría basado en la estrategia diseñada por el general Olbricht al amparo del Plan Valkiria, un operativo ya existente que establecía la movilización y el despliegue del Ejército de Reserva en caso de revuelta de los millones de trabajadores forzados.

Mientras, a los civiles les competería la estructuración ideológica y social del nuevo estado y los contactos con el extranjero para conseguir una salida negociada al conflicto.

Era un aspecto nada fácil, dada la capitulación sin condiciones exigida por Roosevelt y Churchill en la Conferencia de Casablanca a principios de 1943. No obstante, los conspiradores pensaban que tras el éxito del golpe y el regreso de las tropas alemanas a sus fronteras podrían construir un estado de raíz conservadora y cristiana que no excluyera una restauración monárquica.

Un militar, Beck, ostentaría la cabeza del Estado, y un civil, Carl Goerdeler, se haría con la cancillería.

Las dudas surgidas en el seno de la conspiración ante sus repetidos fracasos fueron cortados de raíz por Stauffenberg, quien se adjudicó, a título personal, la tarea de eliminar a Hitler. Su ventaja consistía en haber sido nombrado jefe del Estado Mayor del Ejército de Reserva, al mando del general Fritz Fromm, lo que le permitía estar presente en alguna de las periódicas reuniones convocadas por el Führer.

EL ATENTADO

El nuevo intento tendría lugar el día 20, fecha en que Stauffenberg debía trasladarse a Rastenburg para informar a Hitler sobre el proyecto de creación de nuevas divisiones a partir de las tropas estacionadas en Alemania. Sin embargo, la ocasión no fue vista como una más, sino como la última oportunidad para derrocar al régimen. Así se dio a entender a los conjurados, cuyos máximos dirigentes acordaron reunirse en el complejo de edificios militares de la berlinesa Bendlerstrasse.

Allí se hallaba, entre otros, el Cuartel General del Ejército. Llegado a la “Guarida del Lobo”, y mientras los jerarcas nazis celebraba la reunión de trabajo preparatoria, Stauffenberg pidió permiso para salir hasta un pequeño dormitorio anexo donde cambiarse la camisa, empapada por el sudor. La excusa le permitió accionar el mecanismo temporal que haría explotar en diez minutos la bomba que llevaba consigo.

A punto estuvo de malograrlo la irrupción de un cabo enviado por el mariscal Keitel, que urgía su presencia porque la conferencia estaba a punto de comenzar. Inicialmente prevista para las 13.00 h, la reunión se había avanzado media hora ante la inesperada visita de Benito Mussolini . También el lugar habitual de celebración, un refugio subterráneo que habría amplificado los efectos de la onda expansiva, se había cambiado, a causa del fuerte calor, a favor de la “sala de mapas”, un barracón de madera más fresco que tenía las ventanas abiertas.

Pese a todo, Stauffenberg consideró que el explosivo que llevaba en su cartera sería suficiente para acabar con Hitler, por lo que siguió adelante con el plan. Comenzada la sesión, y pretextando problemas auditivos, se acercó al Führer hasta colocarse justo a su derecha. Dejó la cartera a su lado, bajo la mesa de encina donde se hallaban extendidos los mapas que se estaban estudiando, y después dijo que esperaba una llamada y se ausentó de la sala.

LA EXPLOSIÓN

Se dirigió al coche en que se encontraba el teniente Haeften, su ayudante. La espera sería corta. A las 12.42 h tuvo lugar una gran explosión. El coche de Stauffenberg enfiló el camino hacia la salida, y sus ocupantes, al pasar junto al barracón, pudieron constatar la importancia de los daños, por lo que supusieron que Hitler había muerto. Llegaron sin demasiados problemas al aeropuerto, gracias tanto al aplomo del coronel como a que las salidas aún no habían sido bloqueadas.

Se aprovechó el trayecto para que Haeften se deshiciera de la bomba de recambio que llevaba en su propia cartera. Tras el atentado, y según lo acordado, el general Fritz Erich Fellgiebel, jefe de comunicaciones de la Wehrmacht, cortó todo contacto entre Rastenburg y el resto del Reich para facilitar la acción de los conjurados.

Antes les había informado de que el atentado había tenido lugar. Sin embargo, lo confuso de su mensaje y una serie de extrañas llamadas sembraron la duda entre los conspiradores y restaron eficacia a sus acciones.

Sabían que el precavido general Fromm, jefe del Ejército de Reserva, se negaría a firmar cualquier orden de movilización hasta que no tuviera completa certeza de que el Führer había muerto.

Se estaba desperdiciando un tiempo precioso, como constataron Stauffenberg y su ayudante cuando, tras aterrizar en Rangsdorf, llamaron a sus contactos para anunciarles de viva voz la muerte de Hitler. Después se dirigieron sin pérdida de tiempo hacia Berlín.

HITLER SOLO HERIDO

Pero la verdad, oculta a todos ellos, era que el líder nazi sólo había sufrido ligeras heridas y alguna quemadura. Al coronel Brandt le molestaba la cartera, y la había colocado junto a una de las macizas patas de la mesa de madera, que, a modo de escudo, había protegido al Führer del impacto. Tras el estupor, se abrió paso la hipótesis de que se trataba de un atentado, y no de la explosión de una única bomba lanzada por un avión soviético.

Sin poder impedirlo ni contrarrestarlo, la noticia de que el Führer seguía vivo fue extendiéndose como una mancha de aceite, y las fidelidades comenzaron a mudar. Sobre las 22.30 h, el general Fromm, liberado por un grupo de oficiales no comprometidos, dio orden de detener a los conjurados.

Se produjo un tiroteo en el que Stauffenberg resultó herido, mientras otros aprovechaban la confusión para desaparecer. No lo consiguieron los principales conspiradores, que, arrastrados hasta un patio en una patética escena, fueron apresuradamente fusilados bajo la luz de los faros de un coche. El coronel Stauffenberg murió exclamando: “¡Viva la Santa Alemania!”. Fue un vano intento de Fromm por borrar sus huellas de cualquier posible connivencia con el complot.

Pese a todo, hubo dos excepciones: al general Beck se le permitió el suicidio (auxiliado por un militar tras dos intentos vanos) y se retuvo al general Hoepner, amigo personal de Fromm, para que fuera juzgado. Mientras tanto, aterrizaba en Berlín el Reichsführer Heinrich Himmler, recién investido por Hitler como jefe del Ejército de Reserva, con la orden de destituir a Fromm y restablecer la situación.

(*) Fuente: https://www.lavanguardia.com/historiayvida/historia-contemporanea/20190716/47312264685/objetivo-matar-a-hitler.html

El pueblo alemán condenó el golpe

La mayoría del pueblo alemán condenó el atentado y el intento de golpe de Estado, y sus organizadores fueron considerados unos traidores que habían comprometido a la patria en un momento en que esta luchaba por su supervivencia.

Esta opinión se mantuvo, a pesar de la dura represalia que el régimen desencadenó, no solo sobre los principales acusados, sino sobre quienes habían colaborado con ellos, sus familias y amigos, e incluso quienes habían dudado.

Así, por la Operación Tempestad Tormentosa, entre cinco y siete mil personas fueron detenidas. Muchos fueron internados en prisiones y campos de concentración, a la espera de ser juzgados por el célebre Tribunal Popular. Su presidente se regodeó humillando a unos acusados que aparecían desaseados y con las ropas colgando, pues se les habían prohibido cinturones y tirantes.

Algunos acabaron siendo colgados con cuerdas de piano atadas a ganchos de carnicero, mientras se filmaba su agonía. Otros fueron fusilados sin más trámite, y los más desaparecieron en la vorágine que acompañó a los últimos días del Tercer Reich.

Hace 76 años fracasó el mas importante atentado para acabar con el Fuhrer, todos sus protagonistas fueron muertos

 El 20 de julio de 1944 se llevó a cabo la operación de un mortífero atentado denominado “Valquiria”, en la Alemania nazi, con la que se intentó dar un golpe de Estado y matar a Hitler. El acto es recordado como el mayor acto de resistencia contra el régimen Nazi en el país. ¿De qué se trató?

Alemania rindió homenaje el pasado lunes 20 de julio a los autores del atentado fallido contra Hitler hace 76 años y a su polémico líder, el conde Claus von Stauffenberg, en un momento en el que la extrema derecha intenta apropiarse de su legado.

“Hay momentos en los que la desobediencia puede ser un deber”, estimó la canciller Angela Merkel en un discurso en el que honró el carácter ejemplar de los conspiradores y su entorno, durante una ceremonia en Berlín ante los jóvenes reclutas del ejército alemán.

La operación “Valquiria”, un golpe de Estado que implicó a varios miles de militares y civiles, es el acto más conocido de resistencia contra el régimen de Hitler.

El 20 de julio de 1944, el oficial aristócrata Von Stauffenber colocó un explosivo con temporizador oculto en su maletín durante una reunión en el cuartel general del Führer “la Guarida del Lobo”, cerca de Rastenburg, actualmente Ketrzyn, en Polonia.

El intento de asesinato fracasó y el golpe fue detenido. Hitler resultó herido leve. El coronel, que participó en la campaña africana del mariscal Rommel, y otros tres conspiradores fueron fusilados la misma noche.

Además, cientos de personas fueron ejecutadas y sus familias perseguidas en las semanas siguientes.

EL AUTOR

“Todavía hoy, persiste una incomprensión y malestar” con respecto al atentado del 20 de julio, reconoció la canciller. También porque su autor emblemático era un oficial del ejército, según Merkel.

Si bien en el extranjero es considerado un héroe indiscutible, como en una película con Tom Cruise en 2008, el personaje continúa alimentando el debate en Alemania.

Sus detractores le recriminan una reconversión, juzgada tardía, de simpatizante nazi a organizador de atentado.

Durante mucho tiempo fue considerado como un “traidor” en una sociedad aún impregnada por los años del nazismo, subrayó Johannes Tuchel, director del Monumento, en una tribuna en el diario berlinés TAZ.

En la zona de ocupación soviética en el este, eran su elitismo y su “revolución de palacio”, según la expresión del gran resistente Anton Ackermann, los que no encajaban con los ideales populares comunistas.

“Para nosotros, Stauffenberg era un cobarde, que no utilizó una pistola sino un explosivo con temporizador para salir indemne”, recordó Kurt Salterberg, un soldado presente el día del ataque, en una entrevista para Frankfurter Allgemeine Zeitung. Pero en aquel entonces, “un simple soldado no sabía nada de las atrocidades de los nazis”, admitió.

CONSPIRADORES EN ACCIÓN

Conforme avanzaba la guerra, el grupo opositor a Hitler ampliaría su red, beneficiado por la creciente desazón al socaire de las derrotas, aunque manteniendo un tono exclusivista y minoritario.

Entre los recién llegados se hallaba el conde Claus von Stauffenberg, un joven y mutilado coronel. Su diligencia y animosidad pronto le convertirían en el alma de la conspiración. Ya no se trataba de eliminar a Hitler y volver a la situación anterior, sino que en el seno de la conjura se debatía cómo debía ser la Alemania del futuro. Se estableció un acuerdo tácito por el que los militares se encargarían del atentado y posterior control del Reich.

Estaría basado en la estrategia diseñada por el general Olbricht al amparo del Plan Valkiria, un operativo ya existente que establecía la movilización y el despliegue del Ejército de Reserva en caso de revuelta de los millones de trabajadores forzados.

Mientras, a los civiles les competería la estructuración ideológica y social del nuevo estado y los contactos con el extranjero para conseguir una salida negociada al conflicto.

Era un aspecto nada fácil, dada la capitulación sin condiciones exigida por Roosevelt y Churchill en la Conferencia de Casablanca a principios de 1943. No obstante, los conspiradores pensaban que tras el éxito del golpe y el regreso de las tropas alemanas a sus fronteras podrían construir un estado de raíz conservadora y cristiana que no excluyera una restauración monárquica.

Un militar, Beck, ostentaría la cabeza del Estado, y un civil, Carl Goerdeler, se haría con la cancillería.

Las dudas surgidas en el seno de la conspiración ante sus repetidos fracasos fueron cortados de raíz por Stauffenberg, quien se adjudicó, a título personal, la tarea de eliminar a Hitler. Su ventaja consistía en haber sido nombrado jefe del Estado Mayor del Ejército de Reserva, al mando del general Fritz Fromm, lo que le permitía estar presente en alguna de las periódicas reuniones convocadas por el Führer.

EL ATENTADO

El nuevo intento tendría lugar el día 20, fecha en que Stauffenberg debía trasladarse a Rastenburg para informar a Hitler sobre el proyecto de creación de nuevas divisiones a partir de las tropas estacionadas en Alemania. Sin embargo, la ocasión no fue vista como una más, sino como la última oportunidad para derrocar al régimen. Así se dio a entender a los conjurados, cuyos máximos dirigentes acordaron reunirse en el complejo de edificios militares de la berlinesa Bendlerstrasse.

Allí se hallaba, entre otros, el Cuartel General del Ejército. Llegado a la “Guarida del Lobo”, y mientras los jerarcas nazis celebraba la reunión de trabajo preparatoria, Stauffenberg pidió permiso para salir hasta un pequeño dormitorio anexo donde cambiarse la camisa, empapada por el sudor. La excusa le permitió accionar el mecanismo temporal que haría explotar en diez minutos la bomba que llevaba consigo.

A punto estuvo de malograrlo la irrupción de un cabo enviado por el mariscal Keitel, que urgía su presencia porque la conferencia estaba a punto de comenzar. Inicialmente prevista para las 13.00 h, la reunión se había avanzado media hora ante la inesperada visita de Benito Mussolini . También el lugar habitual de celebración, un refugio subterráneo que habría amplificado los efectos de la onda expansiva, se había cambiado, a causa del fuerte calor, a favor de la “sala de mapas”, un barracón de madera más fresco que tenía las ventanas abiertas.

Pese a todo, Stauffenberg consideró que el explosivo que llevaba en su cartera sería suficiente para acabar con Hitler, por lo que siguió adelante con el plan. Comenzada la sesión, y pretextando problemas auditivos, se acercó al Führer hasta colocarse justo a su derecha. Dejó la cartera a su lado, bajo la mesa de encina donde se hallaban extendidos los mapas que se estaban estudiando, y después dijo que esperaba una llamada y se ausentó de la sala.

LA EXPLOSIÓN

Se dirigió al coche en que se encontraba el teniente Haeften, su ayudante. La espera sería corta. A las 12.42 h tuvo lugar una gran explosión. El coche de Stauffenberg enfiló el camino hacia la salida, y sus ocupantes, al pasar junto al barracón, pudieron constatar la importancia de los daños, por lo que supusieron que Hitler había muerto. Llegaron sin demasiados problemas al aeropuerto, gracias tanto al aplomo del coronel como a que las salidas aún no habían sido bloqueadas.

Se aprovechó el trayecto para que Haeften se deshiciera de la bomba de recambio que llevaba en su propia cartera. Tras el atentado, y según lo acordado, el general Fritz Erich Fellgiebel, jefe de comunicaciones de la Wehrmacht, cortó todo contacto entre Rastenburg y el resto del Reich para facilitar la acción de los conjurados.

Antes les había informado de que el atentado había tenido lugar. Sin embargo, lo confuso de su mensaje y una serie de extrañas llamadas sembraron la duda entre los conspiradores y restaron eficacia a sus acciones.

Sabían que el precavido general Fromm, jefe del Ejército de Reserva, se negaría a firmar cualquier orden de movilización hasta que no tuviera completa certeza de que el Führer había muerto.

Se estaba desperdiciando un tiempo precioso, como constataron Stauffenberg y su ayudante cuando, tras aterrizar en Rangsdorf, llamaron a sus contactos para anunciarles de viva voz la muerte de Hitler. Después se dirigieron sin pérdida de tiempo hacia Berlín.

HITLER SOLO HERIDO

Pero la verdad, oculta a todos ellos, era que el líder nazi sólo había sufrido ligeras heridas y alguna quemadura. Al coronel Brandt le molestaba la cartera, y la había colocado junto a una de las macizas patas de la mesa de madera, que, a modo de escudo, había protegido al Führer del impacto. Tras el estupor, se abrió paso la hipótesis de que se trataba de un atentado, y no de la explosión de una única bomba lanzada por un avión soviético.

Sin poder impedirlo ni contrarrestarlo, la noticia de que el Führer seguía vivo fue extendiéndose como una mancha de aceite, y las fidelidades comenzaron a mudar. Sobre las 22.30 h, el general Fromm, liberado por un grupo de oficiales no comprometidos, dio orden de detener a los conjurados.

Se produjo un tiroteo en el que Stauffenberg resultó herido, mientras otros aprovechaban la confusión para desaparecer. No lo consiguieron los principales conspiradores, que, arrastrados hasta un patio en una patética escena, fueron apresuradamente fusilados bajo la luz de los faros de un coche. El coronel Stauffenberg murió exclamando: “¡Viva la Santa Alemania!”. Fue un vano intento de Fromm por borrar sus huellas de cualquier posible connivencia con el complot.

Pese a todo, hubo dos excepciones: al general Beck se le permitió el suicidio (auxiliado por un militar tras dos intentos vanos) y se retuvo al general Hoepner, amigo personal de Fromm, para que fuera juzgado. Mientras tanto, aterrizaba en Berlín el Reichsführer Heinrich Himmler, recién investido por Hitler como jefe del Ejército de Reserva, con la orden de destituir a Fromm y restablecer la situación.

(*) Fuente: https://www.lavanguardia.com/historiayvida/historia-contemporanea/20190716/47312264685/objetivo-matar-a-hitler.html

El pueblo alemán condenó el golpe

La mayoría del pueblo alemán condenó el atentado y el intento de golpe de Estado, y sus organizadores fueron considerados unos traidores que habían comprometido a la patria en un momento en que esta luchaba por su supervivencia.

Esta opinión se mantuvo, a pesar de la dura represalia que el régimen desencadenó, no solo sobre los principales acusados, sino sobre quienes habían colaborado con ellos, sus familias y amigos, e incluso quienes habían dudado.

Así, por la Operación Tempestad Tormentosa, entre cinco y siete mil personas fueron detenidas. Muchos fueron internados en prisiones y campos de concentración, a la espera de ser juzgados por el célebre Tribunal Popular. Su presidente se regodeó humillando a unos acusados que aparecían desaseados y con las ropas colgando, pues se les habían prohibido cinturones y tirantes.

Algunos acabaron siendo colgados con cuerdas de piano atadas a ganchos de carnicero, mientras se filmaba su agonía. Otros fueron fusilados sin más trámite, y los más desaparecieron en la vorágine que acompañó a los últimos días del Tercer Reich.

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