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Viernes, Enero 22, 2021

La hoz y el martillo piden nueva constitución

Por: Federico Prieto Celi / Un mojón plantado en una céntrica calle limeña tenía pintado un pedido: “¡Una nueva Constitución!” Y una firma en negro: la hoz y el martillo. Se ve en varios noticieros. Yo lo vi en el programa dominguero del 15 de noviembre en Rey con Barba.

La carta magna es el punto de partida del estado de derecho. Por eso, debe ser, dentro del dinamismo propio de la historia, un documento sólido, estable, seguro. Los cambios deben ser pocos y bien madurados. Los estadounidenses les llaman “enmiendas”. Siguen con la misma constitución escrita que les dejaron los fundadores de su independencia, pero con las enmiendas dinámicas que pide el devenir histórico de los pueblos. Nosotros, en cambio, hemos cambiado unas veinte veces de carta magna.

El gobierno de Manuel Merino de Lama era bueno. Su primer ministro, Ántero Flores-Aróz, estaba bien elegido. Su gabinete ministerial, superior al promedio de las últimas décadas, estaba preparado para afrontar la pandemia, la economía, las elecciones. Eran de centro-derecha, formada por miembros destacados de los partidos tradicionales e independientes ilustres de profesiones adecuadas a las carteras que asumían. No hicieron nada malo en cinco días.

Los dos muertos, siempre lamentables, no eran culpa del gobierno -mucho menos de la policía- sino de los azuzadores, que incitan, inducen, enseñan y estimulan para atacar o de embestir a los demás: el oligopolio de los medios de comunicación bien conocido entre nosotros, y el eco de las redes. Ese es el responsable mediático. Como he dicho en otro portal, con más de medio siglo de demora en relación a la revolución cultural del 68, es una revolución ácrata, que solamente busca destruir por destruir. Un asco. Además, la renuncia del ministro del Interior, que no es responsable penal, acusaba la responsabilidad política del sector y se sacrificaba por el bien común del conjunto.

Pero algo pasó: hubo un teléfono malogrado entre palacio y los cuarteles. Merino quiso saber si iban a dar un golpe de estado militar a favor de Vizcarra o se limitaban al precepto constitucional de no intervenir en política. Los comandos no querían intervenir, pero en vez de decírselo de palabra al presidente de la República, lo que hubiera sido un respaldo constitucional, no contestaron el teléfono.

Merino interpretó que no lo apoyaban. Se sintió solo. Se fue. A posteriori, la actitud castrense facilitó la caída del presidente constitucional, de centro derecha, para dar paso a otro espacio de caos.

El Congreso ha elegido un jefe de estado de izquierda, partidario del cambio de Constitución, y al momento de escribir estas líneas: Rocío Silva Santisteban perdió por 42 votos a favor, 52 en contra y 25 abstenciones. Se quiere eliminar el esquema económico y laboral de la Constitución. Inspirarse en la hoz y el martillo. Caminamos con retraso: mientras que Europa Oriental y Rusia dejaron el comunismo en 1989, nosotros vamos en su busca en 2020. Que pena.

(*) Periodista y analista político.

(*) La Dirección no se hace responsable por los artículos firmados.

Por: Federico Prieto Celi / Un mojón plantado en una céntrica calle limeña tenía pintado un pedido: “¡Una nueva Constitución!” Y una firma en negro: la hoz y el martillo. Se ve en varios noticieros. Yo lo vi en el programa dominguero del 15 de noviembre en Rey con Barba.

La carta magna es el punto de partida del estado de derecho. Por eso, debe ser, dentro del dinamismo propio de la historia, un documento sólido, estable, seguro. Los cambios deben ser pocos y bien madurados. Los estadounidenses les llaman “enmiendas”. Siguen con la misma constitución escrita que les dejaron los fundadores de su independencia, pero con las enmiendas dinámicas que pide el devenir histórico de los pueblos. Nosotros, en cambio, hemos cambiado unas veinte veces de carta magna.

El gobierno de Manuel Merino de Lama era bueno. Su primer ministro, Ántero Flores-Aróz, estaba bien elegido. Su gabinete ministerial, superior al promedio de las últimas décadas, estaba preparado para afrontar la pandemia, la economía, las elecciones. Eran de centro-derecha, formada por miembros destacados de los partidos tradicionales e independientes ilustres de profesiones adecuadas a las carteras que asumían. No hicieron nada malo en cinco días.

Los dos muertos, siempre lamentables, no eran culpa del gobierno -mucho menos de la policía- sino de los azuzadores, que incitan, inducen, enseñan y estimulan para atacar o de embestir a los demás: el oligopolio de los medios de comunicación bien conocido entre nosotros, y el eco de las redes. Ese es el responsable mediático. Como he dicho en otro portal, con más de medio siglo de demora en relación a la revolución cultural del 68, es una revolución ácrata, que solamente busca destruir por destruir. Un asco. Además, la renuncia del ministro del Interior, que no es responsable penal, acusaba la responsabilidad política del sector y se sacrificaba por el bien común del conjunto.

Pero algo pasó: hubo un teléfono malogrado entre palacio y los cuarteles. Merino quiso saber si iban a dar un golpe de estado militar a favor de Vizcarra o se limitaban al precepto constitucional de no intervenir en política. Los comandos no querían intervenir, pero en vez de decírselo de palabra al presidente de la República, lo que hubiera sido un respaldo constitucional, no contestaron el teléfono.

Merino interpretó que no lo apoyaban. Se sintió solo. Se fue. A posteriori, la actitud castrense facilitó la caída del presidente constitucional, de centro derecha, para dar paso a otro espacio de caos.

El Congreso ha elegido un jefe de estado de izquierda, partidario del cambio de Constitución, y al momento de escribir estas líneas: Rocío Silva Santisteban perdió por 42 votos a favor, 52 en contra y 25 abstenciones. Se quiere eliminar el esquema económico y laboral de la Constitución. Inspirarse en la hoz y el martillo. Caminamos con retraso: mientras que Europa Oriental y Rusia dejaron el comunismo en 1989, nosotros vamos en su busca en 2020. Que pena.

(*) Periodista y analista político.

(*) La Dirección no se hace responsable por los artículos firmados.

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