La novicia vasca que huyó de un convento, se hizo soldado y mató hasta 10 hombres

Conocida como “la monja alférez”, se instaló en Perú donde combatió a los pueblos indígenas y se confesó ante el papa y este le perdonó sus estropicios.

por | Sep 23, 2021 | Especiales

Conocida como “la monja alférez”, se instaló en Perú donde combatió a los pueblos indígenas y se confesó ante el papa y este le perdonó sus estropicios.

 BBC.COM/MUNDO

A finales del siglo XVI, España fue conmovida por la historia de un monja vasca que estando de novicia en un convento descubrió su vocación masculina y resolvió convertirse en el soldado, instalarse en el Perú, y combatir en diferentes lugares de América a los nativos en defensa de la corona española, dando muerte a estocadas hasta diez personas, uno de ellos su hermano en Chile.

Vestida siempre de hombre fue descubierta en Perú que era una mujer encubierta, detenida, retornada a España, donde ante la inminencia de ser condenada a muerte, se confesó al obispo al que revelaba que guardaba intacta su condición de mujer virgen, lo que fue constatado por los peritos y lo llevó a merecer el perdón del papa y ganarse la celebridad.

Ella se llamó Catalina de Erauso y Pérez de Galarraga, más conocida como la legendaria Monja Alférez, es una de ellas. Había nacido mujer en San Sebastián, en el país vaco y desde niño se internó en un convento donde su tía era la priora. Pero, a los 15 años de noviaciado se escapó justo antes de tomar sus votos perpetuos para convertirse en monja.

Odisea en Perú y América

Se llevó «unos reales» de su tía, la priora del convento, «unas tijeras, hilo y una aguja» con los que, escondida, modificó su vestimenta y se cortó el cabello y viajó hasta América, donde lucharía despiadadamente en nombre de la corona española contra los indígenas en América del Sur, tocándose sobrevivir a naufragios, duelos, trifulcas y hasta dos intentos de ejecución por varios delitos que había cometido.

Pendenciera, ludópata y ladrona, mató al menos a 10 hombres fuera de los campos de batalla, incluido a su hermano Miguel, con quien se había encontrado por casualidad cuando éste era secretario del gobernador de Chile y quien la acogió sin reconocerla, invitándola a comer «a su mesa casi tres años».

Pero tras 20 años de vida como hombre, con diferentes nombres y varias escapadas para evadir la justicia, a menudo acudiendo a la iglesia en busca de refugio, fue detenida en Perú.

Ante una muerte segura, solicitó hablar con el obispo de Guamanga, don Agustín de Carvajal y, como ella misma relató, «viéndolo tan santo varón, pareciéndome estar ya en la presencia de Dios», confesó todo.

Se confiesa mujer

«La verdad es ésta: que soy mujer, que nací en tal parte, hija de Fulano y Zutana; que me entraron de tal edad en tal convento, con Fulana mi tía; que allí me crié; que tomé el hábito y tuve noviciado; que estando para profesar, por tal ocasión me salí; que me fui a tal parte, me desnudé, me vestí, me corté el cabello, partí allí y acullá; me embarqué, aporté, trajiné, maté, herí, maleé, correteé, hasta venir a parar en lo presente, y a los pies de Su Señoría Ilustrísima».

No sólo eso: le dijo que era una virgen intacta, hecho que confirmaron dos matronas. Con esa revelación, se convirtió instantáneamente en una celebridad. La gente se reunía dondequiera que fuera, y fue agasajada por la realeza.

Se hicieron al menos dos ediciones de sus memorias, un puñado de artistas pintaron su retrato y, en 1629, el dramaturgo Juan Pérez de Montalbán, discípulo predilecto de Lope de Vega, compuso y representó en la corte la obra teatral «La monja Alférez».

Papa la respalda

El Papa Urbano VIII, no sólo la recibió, sino que le «concedió a doña Catalina, entre otras muchas mercedes, la de permitirle usar el traje de hombre, y como no le faltó quien motejase de indecente aquella concesión, el Pontífice dijo con satisfacción: «‘-Dadme otra monja alférez, y le concederé lo mismo'».

No sorprende que despertara curiosidad, patente en una carta escrita desde Roma en 1626 del viajero Pedro del Valle, conocido como «el Peregrino», quien la retrató con su pluma.

«…vino por primera vez a mi casa el alférez Catalina Erauso, viscaína, arribada de España la víspera. Es una doncella de unos treinta y cinco a cuarenta años. Su fama había llegado hasta mí en la India Oriental». (…)

«Alta y recia de talle, de apariencia más bienmasculina, no tiene más pecho que una niña. Me dijo que había empleado no sé qué remedio para hacerlo desaparecer. Fue, creo, un emplasto que le suministró un italiano; el efecto fue doloroso, pero muy a deseo.

Perfil

«De cara no es muy fea, pero bastante ajada por los años. Su aspecto es más bien el de un eunuco que el de una mujer. Viste de hombre, a la española; lleva la espada tan bravamente como la vida, y la cabeza un poco baja y metida en los hombros, que son demasiado altos.

«En suma, más tiene el aspecto bizarro de un soldado que el de un cortesano galante.

«Únicamente su mano podría hacer dudar de su sexo, porque es llena y carnosa, aunque robusta y fuerte, y el ademán, que, todavía, algunas veces tiene un no sé qué de femenino».

Lo que es más difícil de entender es que, por el sólo hecho de revelar que era mujer, no fuera condenada por la otra parte de su confesión, resumida con «maté, herí, maleé», pero detallada sin tapujos ni mucho remordimiento en su autobiografía «Vida i sucesos de la monja alférez».

Final de su vida

Los expertos han señalado otras posibles razones por las cuales la España de la época, en vez de quemar a la monja alférez en la hoguera, la acogió y la inmortalizó casi de inmediato.

Una de ellas es que la sociedad barroca ya estaba obsesionado con «cosas prodigiosas, llamativas y extrañas», y Catalina, la monja sin pechos, el hombre sin falo, el soldado nacido mujer, la fascinó.

Catalina de Erauso encarnaba la idea de trascender su precaria condición de mujer al vestirse de masculinidad.

La historia de Catalina de Erauso terminó fuera de la vida pública, se cree que en 1650 en la localidad de Cuitlaxtla, México, tras pasar sus últimos 20 años trasladando a pasajeros y equipajes desde el puerto de Veracruz a la ciudad de México con una recua de mulas. Dicen que en ese entonces se llamaba Antonio de Erauso.

Fuente: https://www.bbc.com/mundo/noticias-58510995