Científicos de mente perturbada, como el doctor Josef Mengele, utilizaron a los prisioneros judíos como conejillos de indias
Muchos médicos e investigadores nazis estuvieron implicados en experimentos realizados en los campos de concentración del III Reich. Un total de 15 de los 23 médicos acusados de haber perpetrado estos horribles experimentos fueron declarados culpables durante los juicios de la Alemania posterior al Tercer Reich.
Hipotermia y congelación
El estudio de la congelación en humanos se realizó con el objetivo de simular las condiciones que padecían los militares en el Frente del Este. Gran parte del ejército fallecía a causa de las bajísimas temperaturas, o a causa de patologías asociadas a éstas, como la gripe o la pulmonía.
El experimento con humanos suponía la base científica para predecir mejor la reacción de los cuerpos ante el frío y poder emplear algunas variables para hacer más resistentes a los soldados ante esas condiciones.
Las investigaciones fueron comandadas por el doctor Sigmund Rascher en los campos de Auschwitz, Birkenau y Dachau. En el año 1942, Rascher expuso los resultados en una conferencia. De una parte, mostraba el tiempo necesario para que un cuerpo humano se congelase hasta el fallecimiento, y por otra, se estudiaban métodos de reanimación para estos casos.
Los conejillos de indias de estos experimentos inhumanos fueron jóvenes rusos y judíos. Colocaban a cada una de las víctimas en barriles de agua congelada o se les dejaba completamente desnudos a la intemperie sufriendo temperaturas de congelación.
Pruebas dolorosas
Su temperatura corporal se medía mediante una sonda colocada en el recto. La mayor parte de jóvenes moría al situarse su temperatura corporal por debajo de los 26 grados centígrados.
Además, llegado el momento en que perdían el conocimiento y se encontraban al borde de la muerte, los investigadores realizaron diferentes experimentos para tratar de reanimarlos. Estos intentos de resucitación causaban un gran sufrimiento en los sujetos, a quienes se mantenía al borde del colapso durante largos e interminables minutos.
Se les situaba debajo de lámparas de rayos ultravioletas que abrasaban la piel, o se les irrigaba agua hirviendo en el interior del cuerpo, práctica que hacía aparecer ampollas, o se les colocaba en tinas de agua que se iba calentando progresivamente.
El campo de Buchenwald también fue escenario de investigaciones espantosas. Se quemaba con fósforo a prisioneros, principalmente gitanos, para estudiar las consecuencias de algunos compuestos químicos en el cuerpo humano.

Pruebas a grandes alturas
Probablemente uno de los experimentos más brutales fue el realizado por Sigmund Rascher, el mismo médico que fue artífice de las investigaciones de hipotermia antes explicadas.
Himmler, dirigente de las SS, alentó a Rascher para que investigara la conducta humana en condiciones extremas de presión atmosférica. Quiso indagar sobre la altura máxima a la que los soldados paracaidistas y los pilotos de los aviones militares podían saltar al vacío sin padecer daños.
De los más de doscientos sujetos que participaron en las pruebas de Rascher, setenta fallecieron.
Experimentos genéticos
En los campos de concentración se realizaron múltiples investigaciones en el campo de la genética con el fin de perfeccionar la raza y comprender la naturaleza de los defectos genéticos. Los experimentos más célebres fueron los llevados a cabo por el doctor Josef Mengele, que tuvieron como víctimas a gitanos y hermanos gemelos.
El apodado como “Ángel de la Muerte” escogía a los sujetos que serían investigados apenas se apeaban del tren cuando llegaban al campo de AusImagenchwitz, basándose en ciertos defectos físicos o rarezas que pudieran interesarle.
Mengele recibía el apoyo intelectual del Instituto Káiser Guillermo de Antropología, Eugenesia y Genética en Dahlem, y enviaba los reportes de sus investigaciones al doctor Von Verschuer, quien desde la Universidad de Frankfurt le tutorizaba desde su profundo conocimiento en el campo de la genética de gemelos.
Con los hermanos gemelos que usaba para sus estudios, Josef Mengele los estudiaba durante unas semanas, y cuando les había sometido a las pruebas pertinentes, les administraba una inyección letal de cloroformo directa al corazón.
Pruebas espeluznantes
Sin ir más lejos, el doctor Kurt Heissmeyer fue el artífice en la administración de inyecciones infectadas de tuberculosis a los presos del campo de concentración de Neungamme. Algunos de estos reos también fueron expuestos a gas fosgeno con el fin de realizar investigaciones para hallar un antídoto para la intoxicación, pues el gas fosgeno había sido utilizado como arma biológica durante la II Guerra Mundial.
Los prisioneros víctimas de investigaciones fueron también mutilados para después probar de trasplantar las extremidades en otro preso, también mutilado. El objetivo era descubrir si era posible el trasplante de brazos o piernas, pero la metodología empleada fue terriblemente cruel, y los pocos presos que no fallecieron quedaron mutilados.
Otra macabra idea fue surgida del médico Hans Eppinger, quien andaba intentando descubrir un modo de potabilizar el agua marina. Mantuvo a varios gitanos privados de comida y agua, y les obligó a beber, únicamente, agua de mar. Como resultado, gran parte de los gitanos desarrollaron patologías severas.
En los campos de concentración eran habituales los envenenamientos mediante inyecciones o mediante la ingesta de comida. También se experimentó con la inseminación in vitro en mujeres, llegándose a extender la idea de que se les había inyectado esperma de diferentes animales para crear un monstruo.
La barbarie pertrechada por doctores como Mengele o Heissmeyer son un infausto recuerdo de la sinrazón que llevó a decenas de miles de víctimas a ser torturadas en nombre de una ciencia desprovista de cualquier ética.




