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    Perú: El país con más secuelas por el Covid-19

    JORGE B. HUGO ÁLVAREZ

    Nunca se sabrá a ciencia cierta cuántos peruanos fallecieron y cuantos otros enfermaron. Esta tragedia fue una cosa espantosa, por sus efectos y/o por sus estragos, porque esta pandemia del COVI-19 y sus variantes nos arrebataron sin piedad: Nuestras vidas y nuestra salud. Por correlato, desnudó por completo la fragilidad de nuestra economía y de nuestro sistema de salud.

    Entonces, descubríamos  que la tan carrasqueada prosperidad para todos, era una farsa. Más del 70 por ciento de nuestra economía era informal, con empleos precarios, reducción de la pobreza pegados con mocos y,  por tanto, mayorías nacionales indefensas y cuán pobres. Por eso, el sueño aterrador de esta pesadilla hecho realidad, nos trauma a todos porque es una cosa espantosa que trajo muerte, dolor y lágrimas.

    Convivimos largamente con el maldito virus que muta permanentemente. Más, los altos funcionarios del Estado realistamente, no mutan. Son los mismos con narices respingadas y de gran insensibilidad por lo humano, más  sí, prestos para los grandes negocios.

    Recordemos que en plena pandemia muchos se enriquecieron con el dolor humano y los precios de las medicinas, los servicios de salud, oxígenos, etc. se elevaron sin misericordia por las nubes y el Estado impotente, se cruzaba las manos porque los precios se rigen por el mercado. Lo cual nos trajo una lección: Dejar toda la economía en manos de privados es debilitar al Estado y a los individuos.

    Este hecho que se evidenció en plena pandemia. Tampoco caer en el otro extremo, de dejar en manos del Estado la iniciativa empresarial: Ni lo uno, ni lo otro. Un Estado hasta donde resulte necesario y una iniciativa privada sin dominio totalitario. Si en relación al Estado el individuo cuenta con una serie de mecanismos de defensa frente al abuso del Estado (demanda de amparo, habeas corpus, etc.), el individuo frente al abuso de la gran empresa, no cuenta con mecanismo de defensa.

    La situación es dramática y lo más grave, el proceso de vacunación es pasmosamente lenta en un contexto en que se evidencia muchas variantes del coronavirus. Entonces surgen inquietudes  sobre la efectividad de las vacunas frente a nuevas variantes. Eso, generan enorme preocupación y temor. Un pueblo traumado, estresado, temeroso, débil, no es una cuestión que se puede soslayar tan fácilmente.

    Hasta aquí todos coincidimos que quienes sobrevivirán a la pandemia, sufrirán, a posteriori las secuelas de este mal durante mucho tiempo. Algunos morirán de fibrosis otros de un paro cardiaco, cáncer al pulmón, etc.

    La suerte está echada, porque nunca más,  volveremos a ser los mismos. Pues, todo un ejército de enfermos mellará las economías de nuestros hogares.  Pues, al margen de las cifras oficiales, existe otra que indicaría la dramática realidad de nuestra salud física y mental de los peruanos.

    La pandemia de COVID-19 nos ha llevado a muchos a quedarnos en casa, donde mantenemos menos interacciones sociales y hacemos menos ejercicio. Esto puede tener consecuencias negativas para la salud física y mental.

    JORGE B. HUGO ÁLVAREZ

    Nunca se sabrá a ciencia cierta cuántos peruanos fallecieron y cuantos otros enfermaron. Esta tragedia fue una cosa espantosa, por sus efectos y/o por sus estragos, porque esta pandemia del COVI-19 y sus variantes nos arrebataron sin piedad: Nuestras vidas y nuestra salud. Por correlato, desnudó por completo la fragilidad de nuestra economía y de nuestro sistema de salud.

    Entonces, descubríamos  que la tan carrasqueada prosperidad para todos, era una farsa. Más del 70 por ciento de nuestra economía era informal, con empleos precarios, reducción de la pobreza pegados con mocos y,  por tanto, mayorías nacionales indefensas y cuán pobres. Por eso, el sueño aterrador de esta pesadilla hecho realidad, nos trauma a todos porque es una cosa espantosa que trajo muerte, dolor y lágrimas.

    Convivimos largamente con el maldito virus que muta permanentemente. Más, los altos funcionarios del Estado realistamente, no mutan. Son los mismos con narices respingadas y de gran insensibilidad por lo humano, más  sí, prestos para los grandes negocios.

    Recordemos que en plena pandemia muchos se enriquecieron con el dolor humano y los precios de las medicinas, los servicios de salud, oxígenos, etc. se elevaron sin misericordia por las nubes y el Estado impotente, se cruzaba las manos porque los precios se rigen por el mercado. Lo cual nos trajo una lección: Dejar toda la economía en manos de privados es debilitar al Estado y a los individuos.

    Este hecho que se evidenció en plena pandemia. Tampoco caer en el otro extremo, de dejar en manos del Estado la iniciativa empresarial: Ni lo uno, ni lo otro. Un Estado hasta donde resulte necesario y una iniciativa privada sin dominio totalitario. Si en relación al Estado el individuo cuenta con una serie de mecanismos de defensa frente al abuso del Estado (demanda de amparo, habeas corpus, etc.), el individuo frente al abuso de la gran empresa, no cuenta con mecanismo de defensa.

    La situación es dramática y lo más grave, el proceso de vacunación es pasmosamente lenta en un contexto en que se evidencia muchas variantes del coronavirus. Entonces surgen inquietudes  sobre la efectividad de las vacunas frente a nuevas variantes. Eso, generan enorme preocupación y temor. Un pueblo traumado, estresado, temeroso, débil, no es una cuestión que se puede soslayar tan fácilmente.

    Hasta aquí todos coincidimos que quienes sobrevivirán a la pandemia, sufrirán, a posteriori las secuelas de este mal durante mucho tiempo. Algunos morirán de fibrosis otros de un paro cardiaco, cáncer al pulmón, etc.

    La suerte está echada, porque nunca más,  volveremos a ser los mismos. Pues, todo un ejército de enfermos mellará las economías de nuestros hogares.  Pues, al margen de las cifras oficiales, existe otra que indicaría la dramática realidad de nuestra salud física y mental de los peruanos.

    La pandemia de COVID-19 nos ha llevado a muchos a quedarnos en casa, donde mantenemos menos interacciones sociales y hacemos menos ejercicio. Esto puede tener consecuencias negativas para la salud física y mental.

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