18 de agosto de 2026

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Por Alberto Jabiles Schwartz / De Bayezid II a Erdoğan: del refugio sefardí al antisemitismo del neosultán

Alberto Jabiles

Por: Alberto Jabiles Schwartz

Los apellidos que forman parte de mi historia familiar —Habib, transformado posteriormente en Jabiles, así como Esperanza, Pérez, Amiel, Shaul y Arditi— tienen sus raíces en las comunidades judías del antiguo Imperio otomano, principalmente en territorios que hoy pertenecen a Turquía. Como descendiente de judíos otomanos llegados al Perú hace 110 años, tengo mucho que decir ante la actual retórica antisemita de Recep Tayyip Erdoğan, su creciente hostilidad hacia Israel y sus reiteradas declaraciones en contra de la existencia del Estado judío.

La presencia judía en Anatolia antecede al Imperio otomano. Los hallazgos arqueológicos confirman comunidades establecidas en Sardes desde, al menos, el siglo III a. C. con núcleos en Éfeso, Pérgamo, Esmirna y otras ciudades de Asia Menor, bajo dominios helenísticos, romanos y bizantinos.

La comunidad judía otomana experimentó una transformación tras la expulsión decretada por los Reyes Católicos en 1492. Miles de sefardíes abandonaron España y encontraron refugio en los territorios del sultán Bayezid II, quien facilitó su establecimiento. A este monarca se atribuye una célebre frase sobre Fernando de Aragón: «¿Os atrevéis a llamar sabio a Fernando, un rey que empobrece su propio país para enriquecer el mío?». La expulsión privó a los reinos españoles de intelectuales, médicos, artesanos y comerciantes cuyos conocimientos enriquecieron al Imperio otomano.

Los sefardíes se establecieron principalmente en Estambul, Salónica, Edirne, Esmirna y Sarajevo. Allí organizaron congregaciones, conservaron el idioma ladino y desarrollaron una vida cultural y religiosa. Salónica llegó a convertirse en uno de los principales centros judíos del mundo. El imperio les ofreció la seguridad y libertad religiosa negada en la Europa ibérica, mas ello no significó igualdad plena con los musulmanes.

Desde finales del siglo XIX, la decadencia imperial, los nacionalismos, las guerras balcánicas y la política centralizadora de los Jóvenes Turcos deterioraron aquella estabilidad. Al ampliarse el servicio militar obligatorio a los no musulmanes, numerosos judíos fueron reclutados durante la Primera Guerra Mundial; muchos terminaron en batallones de trabajo y sufrieron abusos. Había hambre, pocas perspectivas para los jóvenes y un temor constante de morir en una guerra sin sentido. Mi tío abuelo Nisim Habib, uniformado y cargando su fusil, desertó y subió al barco que llevaba a su madre y dos hermanos —entre ellos mi abuelo Ishua— hacia Marsella. Luego viajaron a Dakar, Río de Janeiro, Buenos Aires y finalmente al Perú.

La República de Turquía, fundada en 1923, reconoció a los judíos como ciudadanos y adoptó un sistema secular, pero impulsó una identidad nacional homogeneizadora. Las campañas para reemplazar el ladino por el turco, los ataques antijudíos de Tracia en 1934 y otras medidas discriminatorias demostraron la distancia entre la igualdad legal y la realidad. Esta situación favoreció la emigración, especialmente hacia Israel después de 1948.

En 1949 Turquía fue el primer país de mayoría musulmana en reconocer a Israel. Tras el intercambio de embajadores en 1991, ambos países desarrollaron una amplia cooperación militar, de inteligencia, comercial y turística. Los acuerdos de defensa y libre comercio de 1996 hicieron de los años noventa la etapa más sólida de la relación bilateral.

Sin embargo, con Erdoğan, primer ministro desde 2003 y presidente desde 2014, la política turca adquirió un marcado carácter islamista y posiciones más radicales frente a Israel. Su gobierno acogió y respaldó a dirigentes de Hamás, organización a la que Erdoğan se niega a considerar terrorista y que presenta como un «grupo de liberación». Nunca condenó explícitamente a Hamás tras la masacre que perpetró el 7 de octubre de 2023 en contra de civiles israelíes. Por el contrario, sus comparaciones entre Israel y la Alemania nazi, junto con declaraciones ampliamente denunciadas como antisemitas, han borrado la frontera entre la crítica legítima al gobierno israelí y la demonización colectiva. Aunque Ankara afirma proteger a sus ciudadanos judíos, representantes comunitarios han advertido que el aumento del discurso antisemita deriva en amenazas, hostigamientos e incrementa las probabilidades de ataques físicos en contra de personas e instituciones judías.

Mi abuelo Ishua nos contaba sobre su tierra natal y su infancia como cargador en el puerto de Esmirna. Crecimos aprendiendo ladino y algunas palabras en turco. Siempre agradeceremos las puertas que el Imperio otomano abrió a nuestros antepasados, pero esa gratitud no puede obligarnos a ignorar el presente.

Llegará el día en que la historia juzgue a Erdoğan, el neosultán con pretensiones de recuperar la influencia del desaparecido Imperio otomano. También juzgará a los funcionarios que no reconocen su retórica antisemita y a aquellos que le aplauden creyendo que así conservarán sus cargos. Se equivocan: ningún poder es eterno y ninguna lealtad puede situarse por encima de la verdad, la dignidad humana y la responsabilidad histórica.

(*) Graduado de Educación e Historia de la Universidad Hebrea de Jerusalem

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