29 de marzo de 2026

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Lima: Cargando...

Por: Alexandre Ridoutt Agnoli / Arequipa no necesita más parches: necesita un nuevo aeropuerto

Alexandre Ridoutt Agnoli

Cada año, en los mismos meses, el Aeropuerto Internacional Alfredo Rodríguez Ballón repite un ciclo conocido y previsible: aproximaciones frustradas, aeronaves en espera, desvíos a aeropuertos alternos, cancelaciones y pasajeros varados. No es un evento excepcional ni una anomalía operativa. Es la manifestación recurrente de limitaciones estructurales impuestas por su ubicación, que ninguna ampliación de terminal ni mejora marginal puede corregir.

El aeropuerto de Arequipa (Altitud: 2,560 mts. / 8,400 pies) opera condicionado por tres factores críticos: altitud elevada, orografía severa y meteorología adversa recurrente. Esta combinación restringe de manera decisiva los procedimientos de aproximación y aterrizaje, limita la categoría de los sistemas de aterrizaje por instrumentos (ILS) que pueden implementarse con seguridad y reduce los márgenes operacionales precisamente en periodos de gran demanda. La imposibilidad práctica de contar con aproximaciones de mayor categoría, sumada a trayectorias condicionadas por el relieve circundante y la proximidad del macizo del Misti, convierte a la meteorología, nubosidad baja, visibilidad reducida y vientos en un factor de cierre operativo que se repite en la misma época todos los años.

Desde una perspectiva aeronáutica, insistir en seguir invirtiendo en un aeropuerto que ya alcanzó su techo operacional es un error estratégico. El problema no está en el “lado tierra”, sino en el “lado aire”: en la imposibilidad física de mejorar sustancialmente las condiciones de aproximación. Ninguna remodelación de terminal puede cambiar la densidad del aire, la meteorología, desplazar montañas o habilitar procedimientos que la geografía simplemente no permite. El resultado es un aeropuerto que funciona solo mientras el clima lo acompaña, pero que falla cuando se lo necesita como verdadero nodo de conectividad.

Pensar Arequipa para los próximos 50 años exige abandonar la lógica del parche y asumir una decisión de fondo. La pampa de la Joya (Altitud: 1,264 mts. / 4,147 pies) ofrece condiciones radicalmente superiores: menor altitud, orografía más abierta, mayor disponibilidad de terreno para pistas largas, mejores márgenes para carga pagan, y un entorno operacional compatible con sistemas de aproximación de mayor categoría, lo que se traduce en menos cancelaciones, mayor confiabilidad y verdadera proyección internacional. A ello se suma una ventaja estratégica clave: conexión directa con la carretera Panamericana susceptible de ampliación y la posibilidad real de integrar, en el mediano plazo, un sistema ferroviario moderno de alta capacidad que vincule el aeropuerto con Arequipa, y las principales ciudades y puertos del sur.

El actual aeropuerto de Arequipa ya cumplió su ciclo histórico. Forzar su permanencia como eje del tráfico aéreo del sur no es planificación de largo plazo, es postergación del problema. Un hub regional e internacional no se define por la estética de su terminal, sino por su regularidad operativa, su resiliencia frente al clima y su capacidad de crecimiento sin restricciones físicas ni operacionales. Seguir invirtiendo donde esas condiciones no existen es hipotecar el futuro.

Arequipa no necesita más estudios para confirmar lo evidente ni más inversiones para sostener lo insostenible. Necesita una decisión técnica, estratégica y política: pensar el aeropuerto del sur del Perú no para la próxima inauguración, sino para las próximas cinco décadas. Todo lo demás es repetir, año tras año, el mismo error esperando un resultado distinto.

A esta lógica aeroportuaria debe sumarse una visión logística integral que Arequipa hoy no está aprovechando. La localización de un nuevo aeropuerto en La Joya permitiría articular, por primera vez, un verdadero sistema multimodal con el puerto de Matarani y el futuro puerto de Corío, configurando un corredor aéreo-marítimo-terrestre de escala regional y sudamericana. Esta integración abriría oportunidades reales para carga aérea especializada, exportaciones de alto valor, logística just-in-time, industria agroexportadora y servicios vinculados al comercio exterior, reduciendo costos, tiempos y dependencia de Lima. Persistir con un aeropuerto limitado por la orografía urbana no solo limita la aviación comercial, sino que bloquea el desarrollo logístico del sur del país y desaprovecha la ventaja estratégica que representa contar con dos puertos complementarios en la costa arequipeña.

El pueblo arequipeño merece un aeropuerto que esté a la altura de su historia, de su economía y de su proyección futura. No se trata de abandonar lo construido, sino de tener el coraje de reconocer cuándo una infraestructura ya no puede dar más. Arequipa ha sido siempre una región que piensa en grande, que lidera y que no se conforma con soluciones a medias. Hoy, ese mismo espíritu debe exigir una decisión de largo plazo: un nuevo aeropuerto, en un lugar que garantice seguridad, continuidad operativa y conexión real con el Perú y el mundo. Seguir parchando el pasado es renunciar al futuro.

Arequipa no pide privilegios: exige visión, planificación y respeto por su derecho a integrarse plenamente al país y al comercio global.

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