Hay decisiones que, vistas de manera aislada, pueden parecer errores.
Pero cuando se repiten, cuando siguen el mismo patrón y producen siempre el mismo resultado, dejan de ser fallas.
Se convierten en señales.
Lo que viene ocurriendo en CORPAC designaciones sin conocimiento aeronáutico, rotación constante de autoridades, remoción de cuadros técnicos bajo criterios de “confianza” y decisiones que debilitan la gestión no solo ha generado desorden.
Ha generado degradación.
Y aquí surge una HIPÓTESIS que ya no puede ser descartada con ligereza:
¿Y si la ineficiencia no es el problema sino el instrumento?
Porque una empresa estratégica no se vuelve inviable de un día para otro.
Se vuelve inviable cuando se le quita conducción técnica, cuando se interrumpe su continuidad y cuando se reemplaza conocimiento por lealtades.
Ese proceso no es neutro.
Produce un resultado muy concreto:
una organización debilitada, cuestionada y cada vez más difícil de defender como modelo público de gestión.
Y es ahí donde aparece el siguiente paso lógico:
la necesidad de “restructurar”, “modernizar” o “transferir” aquello que previamente fue deteriorado.
En ese contexto, el rol de FONAFE deja de ser solo administrativo.
Pasa a ser determinante.
Porque es desde ahí donde se designan directorios que, en lugar de corregir el rumbo, profundizan el problema.
Funcionarios sin experiencia en gestión aeronáutica no son un detalle menor en una empresa como Corpac.
Son el punto de partida de una cadena de decisiones que afectan la seguridad operacional, la eficiencia del sistema y la conectividad del país.
Pero también cumplen otra función:
Impiden que exista una defensa técnica real de la institución.
Sin capacidad técnica, no hay resistencia.
Y sin resistencia, cualquier narrativa de fracaso se vuelve creíble.
Así, el deterioro deja de ser solo un problema de gestión.
Se convierte en una condición.
Una condición que podría terminar justificando la intervención de otros actores, como Proinversión, bajo el argumento de que el estado no ha sabido gestionar un activo estratégico.
Y ahí está el verdadero riesgo.
No solo perder eficiencia.
Sino perder control.
Porque Corpac no es una empresa más.
Administra infraestructura crítica y participa en la gestión del espacio aéreo del país.
Eso no es un activo cualquiera.
Es soberanía operativa.
Y sin embargo, el problema de fondo tiene una solución mucho más simple de lo que se quiere admitir:
Nombrar profesionales probos, independientes y con conocimiento real del sector aeronáutico.
Restituir el criterio técnico.
Devolverle a la institución la capacidad de decidir con base en seguridad operacional y no en conveniencia política.
Nada de eso requiere privatización.
Requiere decisión.
Pero entonces surge una duda inevitable:
¿Por qué no se corrige el rumbo?
¿Es solo incapacidad o estamos frente a funcionarios que, por acción u omisión, terminan haciendo lobby al servicio de intereses que requieren una CORPAC debilitada?
¿Intereses que, directa o indirectamente, ven en el deterioro de la empresa una oportunidad para justificar su intervención y tomar control de un activo estratégico del país?
Por eso, la pregunta ya no es si Corpac puede recuperarse.
La pregunta es si realmente se quiere que se recupere.




