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    Por: Ántero Flores-Aráoz / Abracadabra electoral

    En los días de Semana Santa, que son los últimos en que pueden difundirse encuestas electorales, nos han bombardeado con ellas, pero adicionalmente en la semana precedente al día de las elecciones, ellas han seguido en redes, pero con denominaciones de los candidatos bastante imaginativas para no llamarlos por sus propios nombres e infringir la norma legal y sin que se sepa necesariamente la autoría de las encuestas.

    Hemos visto porcentajes para el chanchito al palo, para el chifa, para el bombero, para el soberbio, para el arquero, y en fin distintos alias, apodos y chapas. Empero, lo importante son los guarismos que se dan a conocer, con grandes variaciones respecto a los autores de las encuestas, que se dan maña para justificar posteriormente los desaciertos, colgándose de las fichas técnicas, del margen de error, de las fechas en que fueron hechos los estudios, en que si ellos fueron antes, durante o después del debate, como si ello pudiese ser muy significativo teniéndose en cuenta que vieron los tres insulsos debates solo alrededor del 5% de los electores hábiles.

    Una de las cosas que más llama la atención es que la lectura de propuestas por uno de los candidatos, trataría de explicar la pérdida de simpatías para el autor del estropicio, lo que no tendría mucha coherencia cuando quien ganó largamente el debate fue el candidato Beingolea, pese a lo cual no aumentó significativamente la intención de voto y, que quienes se encargaron de poner sal y pimienta al debate, “pechando” a competidores, lograron primeras planas pero no mejorar la intención del voto.

    Bueno pues, todo ello para la anécdota y para decir que, en el tema de encuestas, el abracadabra mágico, ha seguido mostrándose sin rubor, pese a que reconocemos que hay encuestadoras serias, aunque pocas.

    Los últimos días de la campaña, también hemos visto de parte de los candidatos y de algunos de sus voceros, sean oficiales ú oficiosos, un cúmulo de acusaciones, algunas con algo de veracidad y otras clarísimamente que se pueden calificar como fake news, cuando no agravios, diatribas e insultos.

    Se tiene que considerar que lo legítimo en una campaña electoral es el contraste de ideas, de propuestas, de programas, de la factibilidad de ellos y de mostrar los equipos humanos que los llevarían a la práctica, pero sin olvidar los recursos que se tendrían que aplicar para hacerlos realidad, máxime cuando el próximo gobierno tendrá que hilar muy fino por las terribles consecuencias económicas y del empleo originadas por la pandemia que tanto daño ocasiona. Pero hay que recordar algo adicional, los diferentes grupos políticos que lleguen al Congreso, por ser variopintos y probablemente numerosos, estarán obligados a conversar, a concertar y conciliar para llegar a acuerdos que generen gobernabilidad en el Perú, con destierro de populismos que empeoran la situación, pero con recuerdo que la estabilidad económica de los últimos treinta años, no puede tirarse por la borda.

    Lo expuesto obliga a los electores a votar con responsabilidad.

    En los días de Semana Santa, que son los últimos en que pueden difundirse encuestas electorales, nos han bombardeado con ellas, pero adicionalmente en la semana precedente al día de las elecciones, ellas han seguido en redes, pero con denominaciones de los candidatos bastante imaginativas para no llamarlos por sus propios nombres e infringir la norma legal y sin que se sepa necesariamente la autoría de las encuestas.

    Hemos visto porcentajes para el chanchito al palo, para el chifa, para el bombero, para el soberbio, para el arquero, y en fin distintos alias, apodos y chapas. Empero, lo importante son los guarismos que se dan a conocer, con grandes variaciones respecto a los autores de las encuestas, que se dan maña para justificar posteriormente los desaciertos, colgándose de las fichas técnicas, del margen de error, de las fechas en que fueron hechos los estudios, en que si ellos fueron antes, durante o después del debate, como si ello pudiese ser muy significativo teniéndose en cuenta que vieron los tres insulsos debates solo alrededor del 5% de los electores hábiles.

    Una de las cosas que más llama la atención es que la lectura de propuestas por uno de los candidatos, trataría de explicar la pérdida de simpatías para el autor del estropicio, lo que no tendría mucha coherencia cuando quien ganó largamente el debate fue el candidato Beingolea, pese a lo cual no aumentó significativamente la intención de voto y, que quienes se encargaron de poner sal y pimienta al debate, “pechando” a competidores, lograron primeras planas pero no mejorar la intención del voto.

    Bueno pues, todo ello para la anécdota y para decir que, en el tema de encuestas, el abracadabra mágico, ha seguido mostrándose sin rubor, pese a que reconocemos que hay encuestadoras serias, aunque pocas.

    Los últimos días de la campaña, también hemos visto de parte de los candidatos y de algunos de sus voceros, sean oficiales ú oficiosos, un cúmulo de acusaciones, algunas con algo de veracidad y otras clarísimamente que se pueden calificar como fake news, cuando no agravios, diatribas e insultos.

    Se tiene que considerar que lo legítimo en una campaña electoral es el contraste de ideas, de propuestas, de programas, de la factibilidad de ellos y de mostrar los equipos humanos que los llevarían a la práctica, pero sin olvidar los recursos que se tendrían que aplicar para hacerlos realidad, máxime cuando el próximo gobierno tendrá que hilar muy fino por las terribles consecuencias económicas y del empleo originadas por la pandemia que tanto daño ocasiona. Pero hay que recordar algo adicional, los diferentes grupos políticos que lleguen al Congreso, por ser variopintos y probablemente numerosos, estarán obligados a conversar, a concertar y conciliar para llegar a acuerdos que generen gobernabilidad en el Perú, con destierro de populismos que empeoran la situación, pero con recuerdo que la estabilidad económica de los últimos treinta años, no puede tirarse por la borda.

    Lo expuesto obliga a los electores a votar con responsabilidad.

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