26 de marzo de 2026

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Por: Arturo Bobbio C. / Contaminación en nombre del marketing

Arturo Bobbio C.

En los anaqueles de cualquier centro de abarrotes, centros comerciales, bodegas u otro establecimiento de venta de productos, se repite una imagen que pasa casi desapercibida; Envases, cajas y pomos de cualquier producto, grandes que sugieren abundancia, que parecen llenos, pero que al abrirlos revelan mucho menos contenido del que imaginábamos. Pero esto, que pareciera un desperdicio de material para hacer los diversos empaques, no es un accidente; Responde a estrategias de marketing bien pensadas, para que el ciudadano piense que le dan más producto del que en realidad compra, a costa de seguir contaminando el ambiente.

El planeta está asumiendo las consecuencias de ese modelo. De acuerdo con el programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, cada año se producen más de 430 millones de toneladas de plástico en el mundo, y una parte importante termina convertida rápidamente en residuos. Muchos de esos desechos provienen de envases diseñados para usarse y descartarse en poco tiempo. Por su parte, el Banco Mundial calcula que generamos más de 2.000 millones de toneladas de residuos sólidos urbanos anuales, y al menos un tercio no se maneja de manera ambientalmente segura.

En este escenario, el sobre empaque deja de ser un simple detalle visual y se convierte en un problema estructural. Cuando una crema pequeña se presenta en un frasco sobredimensionado o una caja contiene más cartón que producto, se incrementan sin necesidad el uso de materiales, la energía para fabricarlos y las emisiones asociadas al transporte. Todo para influir en la percepción del consumidor.

La normativa vigente suele enfocarse en el contenido neto declarado, pero rara vez evalúa si el tamaño del envase es proporcional al producto. Esa brecha debería revisarse. Resulta razonable discutir mecanismos que desincentiven el uso excesivo de materiales en los empaques.

Para corregir esto, podrían establecerse multas vinculadas al material innecesario utilizado, calculadas en función del volumen o peso excedente y la cantidad de unidades comercializadas. También se podría considerar un gravamen ambiental para envases cuya relación entre contenido y tamaño esté por debajo de parámetros técnicos definidos. Otra medida posible sería incorporar un etiquetado de eficiencia del empaque, claro y visible, que permita comparar qué porcentaje del envase está efectivamente ocupado por el producto. Asimismo, la publicación de informes sobre empresas reincidentes contribuiría a fomentar prácticas más responsables.

Más allá de la regulación, el comportamiento de los consumidores también influye. Optar por marcas que reduzcan materiales, valorar la transparencia y expresar inconformidad frente a prácticas excesivas puede impulsar cambios en la industria.

La sostenibilidad no debería limitarse a mensajes impresos en el envase. Implica coherencia entre lo que se vende, cómo se presenta y el impacto que genera. Reducir materiales innecesarios no es solo una cuestión de imagen, sino de responsabilidad compartida.

 

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