Nuestro país está atravesando una debacle institucional general; sus ciudadanos ya no creen en sus gobernantes, sus instituciones gubernamentales ni en su tecnocracia. El último estudio de Imasen indica que 80 % de los peruanos considera que el país atraviesa una crisis profunda, y para casi la mitad 48.4 %, esta oscura etapa de nuestra historia es producto esencialmente de la degradación política, descomposición, que no solo se traduce en descontento, sino en un rechazo visceral al Estado, a sus élites tecnocráticas y a sus instituciones, que han perdido por completo la confianza ciudadana.
Esta elite de burócratas, que obedeció silenciosamente a los políticos de turno por mantener sus privilegios, aquellos funcionarios que se pasean durante décadas por ministerios y entidades gubernamentales, sea quien sea el presidente, tienen ahora el enorme desafío de volver a ser, si acaso alguna vez lo fueron, los garantes de eficiencia, eficacia y progreso que el país necesita. Este malestar social, no puede convertirse en ecos vacíos sin respuestas, los peruanos quieren resultados, el ciudadano promedio ya no cree en sus funcionarios estatales y este desánimo alimenta una postura de “anti-Estado”, de “anti-burocracia”, ser servidor público se ha convertido en un desprestigio, sinónimo de que eres una persona que no trabaja, se la lleva fácil y en la mayoría de los casos que eres corrupto.
La pérdida de fe en el Estado y sus trabajadores, se debe a décadas donde los tecnócratas de siempre, se convirtieron en los viles instrumentos de malos gobernantes para dar rienda suelta a intereses partidarios o económicos particulares, esto nos ha convertido en una sociedad suicida, en búsqueda de soluciones anarquistas, antisistema, donde las convicciones nacionales se subordinan al clamor popular de “linchen a todos los que nos gobiernan”. Así, la gente empieza a desperuanizarse, confiando plenamente que en la medida que menos el “Estado” intervenga menos corrupción habrá, los procedimientos serán más ágiles y todo irá mejor.
Adam Smith, padre de la economía clásica, en su libro “La riqueza de las naciones» ya nos advertía del peligro de la perdida de legitimidad de la burocracia y sus entidades, en su reflexión sobre el mercado, nos indica que la libertad económica no significa ausencia del Estado, sino todo lo contrario, un Estado institucionalizado, que controle las imperfecciones del mercado siendo esta una condición indispensable para que la economía verdaderamente prospere, solo así tendremos una economía saludable que se refleje en mejor calidad de vida para sus ciudadanos.
Hoy en nuestro país, esa institucionalidad se está desmoronando, la tecnocracia no solamente ha fallado en rendir resultados, sino que ha erosionado los cimientos morales de la cooperación social: sin confianza ni legitimidad, el Estado se vacía y sus ciudadanos se vuelven, en el fondo, escépticos del sentido mismo de lo público. Si no reconstruimos esa base, la mano invisible de Smith se debilita, y con ella la posibilidad de un mercado y una sociedad, verdaderamente virtuosa.




