26 de marzo de 2026

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Por: Bruno de Ayala Bellido / 2026: entre la paz y la guerra, la tecnología y el comercio global

Bruno de Ayala Bellido

Muchos amigos me preguntan qué pasará en este 2026 dentro del apasionante juego de ajedrez que es la geopolítica mundial. No tengo un oráculo ni pretendo jugar a la futurología barata, pero algo he aprendido en estos años: interpretar tendencias, leer entre líneas y observar los movimientos estructurales más allá del ruido mediático. Lo vengo diciendo en cuanta entrevista tengo oportunidad: la próxima potencia global será aquella que logre el control del comercio mundial y la supremacía tecnológica. Ese desenlace, sin embargo, todavía pertenece al mediano plazo.

China, por ejemplo, tiene una fecha simbólica y estratégica muy clara: el año 2049, cuando el Partido Comunista cumpla cien años en el poder. Para entonces, Pekín aspira a consolidarse como la principal potencia global. Pero faltan más de dos décadas y, como bien sabemos, en 23 años pueden pasar muchas cosas. Mientras tanto, Estados Unidos seguirá librando su batalla por mantenerse en 2026 —y más allá— como la principal potencia del planeta, con el dólar como estandarte central de su poder financiero, militar y cultural.

En el plano geopolítico inmediato, los conflictos regionales continuarán, de eso no cabe la menor duda. En Medio Oriente, la frágil y siempre tibia paz entre palestinos e israelíes intentará sostenerse. Israel, presionado por su propia sociedad y por la comunidad internacional, podría iniciar finalmente un plan más serio y estructural para recorrer el largo y complejo camino de una convivencia posible. Esto pasa, necesariamente, por erradicar la educación basada en el odio, especialmente entre los más jóvenes. No es un proceso rápido ni sencillo; no ocurre de un día para otro, pero sin ese cambio cultural profundo no hay solución duradera.

Estoy convencido, además, de que este reparto del mundo al que hoy asistimos tendrá efectos directos en Hispanoamérica . La suerte de Venezuela está estrechamente ligada a un eventual alto el fuego o a una negociación seria en la guerra de Ucrania. El 2026 podría ser el año en que veamos una Venezuela libre y, si Dios quiere, también una Cuba libre: dos por el precio de uno. La dictadura socialista cubana, la más longeva, cruel y corrupta del continente, se cae a pedazos. No solo oprime a su propio pueblo, sino que además actúa como un factor permanente de desestabilización para las democracias de la región.

En el campo tecnológico, la lucha será brutal. Ya vimos un adelanto a inicios de 2025 con los avances chinos en redes 6G, aún en fase experimental, y con el desarrollo del yuan digital, que busca erosionar la hegemonía del dólar en transacciones internacionales. Durante 2026 estas tecnologías se consolidarán, sumándose a un fenómeno disruptivo: la incorporación progresiva de la computación cuántica al manejo de la inteligencia artificial, lo que puede redefinir por completo la economía, la seguridad y la guerra del futuro.

En este contexto, el Perú no puede quedarse al margen. El país tiene la obligación histórica de iniciar el camino hacia la consolidación de su liderazgo como eje estratégico del Pacífico Sur. Condiciones no le faltan. El eje Chancay–Callao–Aeropuerto Jorge Chávez, articulado con la zona franca de Ancón–Huaral, debe convertirse en un polo de atracción para empresas del sudeste asiático. El Perú cuenta con 23 tratados de libre comercio, uno de sus activos más importantes, además de una agroexportación dinámica y una minería de clase mundial.

El 2026 se presenta ante el mundo con un enorme signo de interrogación. Es un año donde la esperanza luchará sin cuartel contra la intolerancia, donde la tecnología avanzará más rápido que la política y donde Europa enfrentará su crisis más profunda de identidad, valores y seguridad, amenazada por el avance del islam radical y su incapacidad para defender sus raíces judeocristianas. Entre la paz y la guerra, el comercio y la ideología, el mundo seguirá girando… y no todos estarán preparados para lo que viene.

(*) Analista internacional

 

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