El 7 de octubre de 2023 el mundo presenció uno de los actos más brutales de nuestra era reciente. Un grupo de terroristas de Hamás, organización del islam sunita radical, irrumpió en territorio israelí y desató una matanza que dejó 1,200 muertos: hombres, mujeres, ancianos y niños. No se trató de una acción militar, sino de una orgía de sangre y odio. Las víctimas fueron torturadas, violadas y ejecutadas a sangre fría, mientras 250 personas eran secuestradas y llevadas a la Franja de Gaza como rehenes.
Ese día no sólo comenzó una guerra: comenzó una prueba moral para Occidente. En lugar de una condena unánime contra el terrorismo islámico, buena parte del mundo —incluyendo universidades, medios y grupos políticos— eligió mirar hacia otro lado o, peor aún, justificar la masacre. En cuestión de días, Israel, la víctima, fue convertido en el verdugo por una maquinaria de propaganda que buscó borrar los hechos y transformar el horror en un relato de “resistencia”.
El objetivo fue claro: fomentar en el mundo libre una nueva ola de antisemitismo —o como prefiero llamarlo, judeofobia— y atacar los cimientos de la civilización occidental, que son los valores judeocristianos. Lo más alarmante no fue el ataque de Hamás, sino la indiferencia de millones ante la barbarie. La complicidad del progresismo posmoderno con el islam radical revela una peligrosa convergencia: ambos odian a Israel, y por extensión, odian la libertad, la democracia y la cultura que Occidente representa.
El islam político no busca convivir, sino dominar. Desde hace décadas, la yihad —esa guerra santa declarada contra los “infieles”— se infiltra en nuestras sociedades bajo la máscara del multiculturalismo y la tolerancia. Mientras Europa se desarma moralmente, comunidades enteras son tomadas por el fanatismo religioso. Las persecuciones a cristianos se multiplican en África y Asia, y las decapitaciones, lapidaciones y atentados son moneda corriente en países donde el islam radical se impone como ley.
El 7 de octubre debería haber sido un punto de quiebre, un recordatorio de que la amenaza no está lejos. Los mismos que masacraron a familias israelíes celebraron en plazas de Gaza, y al día siguiente, grupos simpatizantes lo hicieron en capitales europeas. Esa es la verdadera derrota de Occidente: su incapacidad de distinguir entre víctimas y verdugos, entre libertad y totalitarismo.
Israel no lucha solo por su supervivencia; lucha por todos nosotros. Es la primera línea de defensa de una civilización que parece haber olvidado quién es y qué valores la sostienen. Si Occidente no reacciona, si sigue anestesiado por la corrección política, pronto la barbarie que hoy golpea en Medio Oriente tocará las puertas de París, Madrid o Nueva York.
La muerte de aquellos inocentes no puede quedar impune ni olvidada. Debe servir para cohesionar a Israel, pero también para despertar a un Occidente dormido que parece haber perdido su instinto de supervivencia. Porque cuando la barbarie se vuelve costumbre y la indiferencia se vuelve norma, la civilización comienza a morir.
(*) Analista Internacional




