Cuando se afirma que el Estado de Israel es la única democracia representativa del Medio Oriente, no se trata de una consigna propagandística ni de una exageración retórica. Es una afirmación que se sustenta en hechos verificables y en datos objetivos. Israel cuenta hoy con una población aproximada de 10,1 millones de habitantes, todos ellos ciudadanos con iguales derechos ante la ley. De ese total, alrededor de 2,1 millones son árabes con ciudadanía israelí. Este simple dato estadístico basta para derribar uno de los mitos más repetidos en el discurso antiisraelí: que la convivencia entre judíos y árabes es imposible.
La realidad demuestra exactamente lo contrario. En términos generales, la convivencia entre judíos, musulmanes, cristianos y otras minorías religiosas es posible y, en muchos aspectos, exitosa. Como en cualquier sociedad plural, existen sectores marginales y fanáticos que exteriorizan su radicalismo mediante insultos, provocaciones o actos aislados de violencia, pero estos no representan la norma. Incluso en un contexto regional marcado por conflictos armados, Israel exhibe un entramado social donde comunidades religiosas y étnicas distintas conviven, cumplen la ley y, dentro de las complejidades propias del Medio Oriente, progresan.
Es en la arena política donde la democracia israelí pone a prueba, día tras día, su tolerancia, su pluralismo y su madurez institucional. Actualmente existen cuatro partidos políticos árabes, tres de los cuales cuentan con representación en el parlamento israelí, el Knesset. Antes de analizar estos partidos, es necesario precisar que la población árabe en Israel se divide en cuatro grandes comunidades: los musulmanes (mayoritariamente sunitas), los árabes cristianos (principalmente greco-ortodoxos y católicos), los beduinos —tradicionalmente nómadas— y los drusos, una minoría con identidad religiosa propia y una fuerte lealtad cívica al Estado.
Todos estos grupos participan activamente en la vida política, social y económica de Israel. En el plano partidario destacan, en primer lugar, Ra’am, cuyo líder es Mansour Abbas, un político árabe pragmático y moderado que incluso participó en la coalición de gobierno del ex primer ministro Naftali Bennett, un hecho sin precedentes en la historia israelí. Le sigue Hadash, de orientación comunista y de izquierda radical, liderado por Ayman Odeh. El partido Ta’al, encabezado por Ahmad Tibi, representa principalmente a un electorado musulmán secular. Finalmente, Balad, de corte nacionalista y populista, liderado por Sami Abu Shehadeh, ha perdido gran parte de su apoyo y actualmente no cuenta con representación parlamentaria.
Las propuestas de estos partidos abarcan un amplio espectro ideológico: desde la búsqueda de una convivencia cívica dentro del Estado de Israel hasta posturas que cuestionan la propia existencia del Estado judío. Todo ello se debate dentro de la arena política, en el marco de la legalidad y de las reglas democráticas. Hoy, estas fuerzas evalúan conformar una alianza electoral bajo el nombre de “Lista Árabe Unida”, lo que podría garantizar una representación más sólida y cohesionada en futuras elecciones.
La pregunta surge de manera inevitable: ¿en cuántos países árabes, ya sean teocracias o monarquías absolutas, existe una posibilidad real de expresión política plural, representación parlamentaria de minorías y debate abierto de ideas?
Esta columna se escribe con el propósito de dar a conocer una realidad deliberadamente silenciada. En el Israel actual se convive, se tolera y se debate. Quienes quedan al margen de la ley no son las minorías étnicas o religiosas, sino aquellos que han hecho del terrorismo un modo de vida y que secuestran a su propio pueblo para instrumentalizarlo ante la prensa internacional con narrativas victimistas.
Israel no es un Estado perfecto; probablemente tenga miles de defectos, como cualquier democracia viva. Pero seguirá siendo un faro de libertad y una contención racional frente a la ola de sectarismo y dogmatismo que amenaza con expandirse y destruir los valores fundamentales de la cultura occidental.
(*) Analista internacional




