Un colega periodista argentino me contactó el último sábado para pactar una entrevista sobre violencia y narcotráfico. La conversación giró rápidamente hacia un hecho que ha conmocionado tanto en Buenos Aires como en Lima: el triple homicidio de tres jóvenes mujeres —Brenda del Castillo (20), Morena Verdi (18) y Lara Gutiérrez (15)— a manos de una organización criminal vinculada al narcotráfico.
El principal sospechoso es un joven peruano de apenas 20 años, Toni Jansen Valverde Victoriano, alias “Pequeño J”. Según la investigación, estaría ligado a una red de narcotráfico con presencia en varias villas miseria. Lo que agrava la atrocidad del crimen no es solo la edad de las víctimas, sino el hecho de que la tortura y el asesinato fueron transmitidos en vivo por una red social. El morbo, amplificado por la viralización, convirtió este caso en un símbolo del nuevo rostro del crimen organizado en Argentina.
Un crimen con acento extranjero
Este triple homicidio confirma una tendencia alarmante: gran parte del narcotráfico en Argentina es hoy controlado por grupos peruanos. La cocaína made in Perú llega al país y es distribuida principalmente en los barrios marginales de Buenos Aires. Autoridades de la Policía Federal han señalado en más de una ocasión que bandas peruanas operan con gran nivel de organización, replicando métodos que ya devastaron ciudades peruanas como Trujillo o Lima.
A ello se suma una realidad más oscura: Argentina empieza a conocer la misma “normalización de la barbarie” que ya afecta a Perú. Sicariato, descuartizamientos, cobros de extorsión y transmisiones en vivo de torturas son prácticas que se consolidaron en el Perú y que han sido potenciadas por el Tren de Aragua, la red criminal venezolana que extendió sus tentáculos por toda Sudamérica.
El fin del “refugio seguro”
Durante décadas, los delincuentes peruanos vieron Argentina como un lugar de retiro o de bajo perfil. Un país con buen pasar, fronteras abiertas y poca violencia criminal organizada. Pero eso ha cambiado: la llamada “Generación Z del crimen”, integrada por hijos de migrantes peruanos o jóvenes llegados en los últimos años, está replicando los horrores que conocemos en el Perú desde hace más de una década.
Organizaciones como “Los Pulpos”, la banda trujillana que se financia del narcotráfico, la minería ilegal y la extorsión, ya tienen presencia en territorio argentino. Su capacidad de operar con múltiples tentáculos les permite expandirse rápidamente, con un modus operandi que combina violencia extrema y control social.
Una advertencia a tiempo
El panorama para Argentina es preocupante. Aunque la extorsión y los préstamos gota a gota —tan comunes en Lima, Trujillo o Callao— todavía no son una epidemia en Buenos Aires, el riesgo está latente. La experiencia de Ecuador, donde el crimen organizado intentó desafiar directamente al Estado, es un espejo cercano de lo que ocurre cuando se actúa tarde.
La coordinación entre las policías de ambos países es urgente. El control migratorio, la depuración de redes criminales y el desmantelamiento financiero de estas organizaciones deben ser prioridades. Como señaló recientemente un exjefe de la Policía Federal Argentina: “Si no cortamos este cáncer ahora, mañana será incontrolable”.
Argentina aún está a tiempo de evitar que el crimen importado se transforme en una pesadilla local. Pero el reloj corre, y los fantasmas que hoy rondan Buenos Aires ya mostraron en el Perú de lo que son capaces.
(*) Analista Internacional




