10 de abril de 2026

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Por: Bruno de Ayala Bellido // Bolivia: fin de un ciclo de terror, inicio de una letanía

Bruno de Ayala Bellido

Lo peor del socialismo del siglo XXI se va con la derrota del Movimiento al Socialismo (MAS). Una derrota contundente que marca el cierre de un ciclo de fracaso económico, improvisación, corrupción e ineficacia. Lo más preocupante fue su obsesión por instaurar una dictadura encubierta bajo el ropaje del indigenismo, que lejos de sanar las heridas históricas de Bolivia, las reabrió y les echó sal. Durante dos décadas, el discurso étnico se convirtió en herramienta de poder, división y sometimiento.

Con el triunfo en segunda vuelta de Rodrigo Paz Padilla, un centrista moderado, con 54.5% de los votos sobre Jorge “Tuto” Quiroga, representante de la derecha tradicional que alcanzó el 45.4%, se abre una etapa de transformaciones urgentes. Los desafíos son colosales. La economía boliviana se encuentra en terapia intensiva: un PBI con variación negativa de -2.4%, una inflación acumulada de 18.01% hasta agosto de 2025, según la CEPAL, y un déficit comercial de 137 millones de dólares. A ello se suman las reservas internacionales prácticamente agotadas —que en 2014 superaban los 15 mil millones y hoy apenas rondan los 1,000 millones— y una escasez de combustibles que genera colas interminables en La Paz, Santa Cruz y Cochabamba.

¿Cómo sacar al país de este marasmo? Una “revolución libertaria” parece ser la única respuesta sensata. Pero la cuestión es el método: ¿aplicar un ajuste de choque, como en el Chile de los años 80 o el Perú de los 90, o un gradualismo prudente? Rodrigo Paz parece inclinarse por lo segundo. Sin embargo, la historia económica enseña que los gradualismos suelen degenerar en letanía: un sufrimiento prolongado, un cilicio doloroso que alimenta a la oposición radical, hoy representada por Evo Morales, prófugo de la justicia y refugiado en el Chapare, su bastión cocalero y narcotraficante, donde aún reina con mano de hierro.

Veinte años de socialismo —aplaudido por progresistas de café en toda Hispanoamérica— dejan a Bolivia al borde del colapso. La buena noticia es que esta vez fue la democracia y el voto quienes expulsaron al régimen, sin tanques ni golpes. Pero lo más duro empieza ahora: reconstruir un país devastado, abrirlo al mundo, restaurar la confianza internacional y fortalecer sus instituciones, especialmente la justicia y la prensa, aniquiladas durante el régimen del MAS.

Bolivia tiene ante sí la oportunidad de redimirse. Sin embargo, el mal siempre acecha. La izquierda populista, con su demagogia y su promesa de pan para hoy, sigue al acecho. Los pueblos sin carácter son proclives a esa droga del populismo, dispuestos a inyectarse esperanza falsa para no enfrentar la realidad. Es tarea de los nuevos liderazgos enseñar que mirar el árbol da comida para hoy, pero olvidar el bosque condena al hambre de mañana.

(*) Analista Internacional

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