Haití, el Estado fallido del Caribe, fue la segunda nación independiente de América, después de Estados Unidos, y protagonizó una de las revoluciones más extraordinarias de la historia. En 1804, los antiguos esclavos derrotaron al poder colonial francés y proclamaron su independencia. Liderados por figuras como Boukman, Toussaint Louverture y Jean-Jacques Dessalines, conquistaron una libertad que terminaría convirtiéndose en una pesada condena económica.
En 1825, Francia impuso a Haití una indemnización de 150 millones de francos de oro para compensar a los antiguos propietarios de esclavos. Obligado a endeudarse para pagar por su propia libertad, el país arrastró esa carga durante más de un siglo, hasta 1947. Una paradoja histórica brutal: los esclavizados tuvieron que pagar a sus antiguos amos por haberse liberado. La tragedia haitiana no comenzó con las pandillas, sino con una independencia castigada por las potencias de su tiempo.
Dos siglos después, Haití se encuentra atrapado en un laberinto de violencia, pobreza e instituciones debilitadas. Las bandas armadas han extendido su dominio territorial, desafiando a una policía desbordada y a un Estado incapaz de garantizar la seguridad de sus ciudadanos. El asesinato del presidente Jovenel Moïse, en 2021, agravó una crisis política que hoy amenaza con convertir al país en un territorio gobernado por el miedo.
En este escenario aparece Nayib Bukele, el presidente salvadoreño admirado por unos y cuestionado por otros. Su ofensiva contra las pandillas transformó radicalmente los indicadores de seguridad de El Salvador, aunque sus métodos también han provocado denuncias por detenciones arbitrarias y vulneraciones de derechos fundamentales. Ahora, el mandatario enfrenta un desafío muy diferente: exportar, directa o indirectamente, su experiencia a un país cuyas condiciones históricas, institucionales y criminales son radicalmente distintas.
La desaparición de cuatro técnicos militares salvadoreños, integrantes de la fuerza internacional de seguridad desplegada en Haití, ha elevado la tensión. Tras una emboscada contra su vehículo, Bukele anunció una operación para recuperarlos y amenazó con una respuesta mucho más contundente. Al cierre de esta columna, su paradero seguía sin confirmarse oficialmente. El Salvador ha reforzado su presencia para apoyar las operaciones de búsqueda.
Aquí comienza el verdadero laberinto de Bukele. Una operación exitosa podría fortalecer su imagen de líder implacable; una intervención prolongada, con bajas civiles o resultados adversos, podría erosionar el prestigio de su modelo de seguridad. Haití no es El Salvador: sus bandas controlan territorios, cuentan con armamento y se mueven en medio de un vacío institucional que ninguna ofensiva militar resolverá por sí sola.
Pero existe otra dimensión que merece atención: la geopolítica. El paso de los Vientos, situado entre Cuba y La Española, es un corredor marítimo estratégico que conecta el Atlántico con el Caribe. Su relevancia para la navegación regional y los intereses estadounidenses es indiscutible.
En política internacional, los intereses rara vez se limitan a los discursos oficiales. Washington tiene razones para impedir que Haití se convierta en un foco permanente de inestabilidad, tráfico de armas y expansión criminal en su entorno inmediato.
La pregunta es inevitable: ¿puede Bukele imponer orden en Haití sin quedar atrapado en su violencia? El presidente salvadoreño se juega mucho más que el rescate de cuatro compatriotas: pone a prueba los límites de su modelo en un país donde la fuerza, por sí sola, no garantiza la paz. Y Haití, una vez más, podría convertirse en el escenario donde las grandes ambiciones chocan contra una realidad mucho más compleja.
(*) ANALISTA INTERNACIONAL




