30 de marzo de 2026

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Por: Bruno de Ayala Bellido // Charlie Kirk (1993 – 2025): Lo políticamente correcto le metió un balazo al sentido común

Bruno de Ayala Bellido

El asesinato de Charlie Kirk, un conservador de apenas 31 años muy cercano al presidente Donald Trump, ocurrido en la Universidad de Utah, deja conclusiones más que inquietantes. Kirk era un cristiano convencido, defensor de la familia, de la vida y de la tradición. Los que compartimos su pensamiento, los que estamos del lado correcto de la historia, sabemos perfectamente a lo que nos exponemos: desde el insulto y la agresión física hasta la misma muerte. La verdad puede resultar insoportable para quienes no comparten nuestras ideas, esos que reivindican los “derechos de las mujeres” pero callan ante las humillaciones de las mujeres bajo otras teocracias, o que lloran por los niños sin alimentos, pero guardan silencio cuando otros niños son asesinados en el vientre materno.

Vivimos tiempos duros, una batalla cultural abierta. Universidades, colegios y buena parte de la cultura han sido inoculados por el odio del wokismo delirante. Lamentablemente, muchos jóvenes han caído en las redes de una de las ideologías más perversas, sofisticadas y, a la vez, degradantes. Como decía Antonio Gramsci: “La cultura es una herramienta de la lucha por hegemonía, un proceso mediante el cual un grupo dominante impone su visión del mundo como norma universal.” Contra eso luchamos quienes compartimos las ideas de Charlie Kirk. Luchamos contra lo “políticamente correcto”, contra el pensamiento único que la izquierda progre pretende imponernos a toda costa, y defendemos la libertad, el respeto y el derecho de cada cual a su propio proyecto de vida.

En apenas quince días, tres hechos marcaron la agenda y demuestran que todo se está saliendo de control: dos niños asesinados y 17 heridos en una iglesia católica por Robin Westman, un transexual; el homicidio brutal de la joven ucraniana Irina Zaruska en un tren de la ciudad de Charlotte a manos de un delincuente reincidente liberado por el sistema judicial “progre”; y, finalmente, el asesinato de Charlie Kirk.

El crimen del joven líder conservador estadounidense fue, sin duda, político. A plena luz del día, frente a cientos de personas que asistían a sus encuentros universitarios —unos para debatir con él, otros para aprender de él— se lanzó un mensaje amedrentador: “Oye, tú, conservador creyente en Jesús: si sigues pensando así, la muerte es tu destino.” Pero la sangre de Charlie, en lugar de espantar a sus seguidores, los afianzará en su credo. Su legado caerá en tierra fértil y se multiplicará.

El asesino, Tyler Robinson, de 21 años, fue entregado por su propio padre, un militante republicano. Todo apunta a que actuó como un “lobo solitario”, aunque las investigaciones deberán esclarecerlo. En su habitación se hallaron balas con inscripciones antifascistas. Tyler es producto del progresismo enfermizo, de esa prédica gramsciana que llena de odio e intolerancia la mente de miles de jóvenes. Eso era, precisamente, lo que Charlie Kirk combatía con ardor. Su presencia en los campus universitarios irritaba a las hordas de izquierda, y por eso murió: por atreverse a desafiar lo políticamente correcto con algo tan simple y poderoso como el sentido común.

(*) Analista Internacional

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