En el largo y complejo conflicto de Medio Oriente, pocas ideas generan tanta controversia como aquella que sostiene que el liderazgo árabe palestino ha rechazado, en distintos momentos históricos, oportunidades concretas para constituir un Estado propio. Más allá de las pasiones ideológicas que dominan el debate, lo cierto es que existen al menos cinco episodios ampliamente documentados que permiten analizar esta tesis con cierto rigor.
El primer momento clave se remonta a 1937, cuando el Imperio Británico, entonces administrador del territorio bajo el Mandato de Palestina, presentó el plan de la Comisión Peel. La propuesta planteaba una división territorial: un pequeño Estado judío, un Estado árabe de mayor extensión y Jerusalén bajo control británico. Mientras el liderazgo sionista aceptó el plan como base de negociación, el liderazgo árabe palestino, encabezado por Haj Amin al-Husseini, lo rechazó de plano. Era la primera vez que se ponía sobre la mesa una solución de dos Estados. Y también la primera vez que se descartaba.
Diez años después, en 1947, la recién creada Organización de las Naciones Unidas impulsó un nuevo intento de partición mediante el Plan de Partición de la ONU para Palestina. El esquema era similar: dos Estados independientes y un régimen internacional para Jerusalén. Una vez más, el liderazgo judío aceptó el plan, mientras que tanto los dirigentes árabes palestinos como los países árabes circundantes lo rechazaron. El desenlace fue inmediato: tras la proclamación del Estado de Israel en 1948, estalló la Guerra árabe-israelí de 1948, un punto de inflexión que redibujó el mapa y endureció las posiciones.
El tercer episodio ocurre tras la Guerra de los Seis Días. Luego de la derrota árabe, la Liga Árabe se reunió en Jartum y emitió la famosa resolución de los “tres no”: no paz con Israel, no reconocimiento de Israel y no negociaciones con Israel. Esta postura, más que una estrategia, fue un cierre categórico a cualquier posibilidad de diálogo en ese momento histórico. La oportunidad no solo se perdió: fue explícitamente descartada.
El cuarto momento llega en el año 2000, durante la cumbre de Camp David, impulsada por Bill Clinton, con la participación de Ehud Barak y Yasser Arafat. La propuesta contemplaba la creación de un Estado palestino en gran parte de Cisjordania y Gaza, con capital en sectores de Jerusalén. Sin embargo, las negociaciones colapsaron sin acuerdo. Las razones siguen siendo objeto de debate entre historiadores, pero el hecho concreto es que el entendimiento no se alcanzó.
Finalmente, en 2008, el entonces primer ministro israelí Ehud Olmert presentó una oferta al presidente palestino Mahmoud Abbas que incluía un Estado palestino en casi toda Cisjordania, intercambios territoriales y una fórmula de soberanía compartida en Jerusalén. Nuevamente, las conversaciones no culminaron en un acuerdo definitivo.
Estos cinco episodios no agotan la complejidad del conflicto, ni explican por sí solos décadas de violencia, desconfianza y tragedia. Tampoco implican que la responsabilidad recaiga exclusivamente en un solo lado. Pero sí constituyen hitos que invitan a una reflexión incómoda: ¿cuántas oportunidades históricas puede permitirse perder un pueblo antes de que el costo sea irreversible?
La historia no se escribe con posibilidades, sino con decisiones. Y en Medio Oriente, esas decisiones —tomadas o evitadas— siguen proyectando sus consecuencias hasta el presente.
(*) Analista internacional




