28 de marzo de 2026

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Lima: Cargando...

Por: Bruno de Ayala Bellido / Cómo dueles, Perú

Bruno de Ayala Bellido

José María Balcázar, marcado de por vida por su tristemente célebre frase —“las relaciones sexuales tempranas ayudan al futuro psicológico de la mujer”— es hoy el nuevo presidente interino del Perú. La mediocridad tiene rostro, tiene nombre y tiene personalidad, y esta elección congresal lo confirma sin pudor alguno.

Aquella frase inmortal de Manuel González Prada —“en el Perú, donde se pone el dedo, salta la pus”— vuelve a cobrar vigencia. Pareciera que toda la clase política, tanto de derecha como de izquierda, comparte solo dos objetivos: repartirse el país para beneficiarse lo más posible y luego destruirlo todo, tras un saqueo ejecutado a vista y paciencia de los más necesitados.

Para llegar a este punto de desprestigio absoluto de la investidura presidencial fue necesaria una repartija inmunda entre caciques políticos, todos impresentables, cuyo único fin es llenarse los bolsillos y blindar sus putrefactos negocios. Me refiero a César Acuña, del partido APP, cuyo feudo político se concentra en el norte del país; a José Luna Gálvez, de Podemos Perú, que lleva en su vientre una izquierda anacrónica; y a los congresistas de Acción Popular conocidos como “Los Niños”, una banda infecta enquistada en el Congreso.

Estos personajes representan, tal vez, lo peor de la política peruana: la prueba fehaciente de que con mucho dinero se puede influir decisivamente en un país, copar instituciones y manejar suculentos presupuestos públicos.

La historia de este despropósito y el salto al abismo de la mediocridad se remonta al año 2016. Una derrota —o un robo electoral, dependiendo de la óptica— de la entonces candidata Keiko Fujimori frente a Pedro Pablo Kuczynski. Los insultos y bajezas nunca fueron superados por la hija mayor de Alberto Fujimori, quien, con una fuerza congresal de 73 parlamentarios, inició el desmontaje sistemático del sistema presidencialista.

Consiguió sacar del poder a PPK y, con ello, allanó el camino para la llegada de Martín Vizcarra. El resto es historia conocida: los pesos y contrapesos entre los poderes del Estado se rompieron, y comenzó lo que hoy vivimos: una dictadura congresal solapada, un gobierno desde el Congreso, un pacto infame que entroniza a lo más bajo de la política peruana.

Pero ante este panorama dantesco surge una pregunta inevitable: ¿qué explica que el Perú siga creciendo económicamente —y podría crecer el doble si tuviéramos una clase política decente—, mantenga una inflación controlada y una moneda sólida? La respuesta es clara: la Constitución de 1993, especialmente su capítulo económico, y la independencia del Banco Central de Reserva.

Es aquí donde emerge la figura de Julio Velarde, verdadero tótem de la economía peruana, hoy sometido a viles ataques de aquellos que pretenden cambiar la Constitución, expulsarlo del BCR y, con ello, sembrar el caos económico en el país.

“Cómo dueles, Perú” sería un final trágico para esta columna. Prefiero cerrarla diciendo que depende de nosotros cambiar esta realidad, defender lo bueno que aún tenemos y exigir que el sentido común llegue al gobierno en este año electoral. Que el sentido común se imponga. Porque, como dijo Basadre, “el Perú es un problema, pero también una posibilidad”.

(*) Analista internacional

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