Una flota de la Armada de los Estados Unidos se encuentra estacionada en el mar Caribe, con un poder de fuego imponente encabezado por el portaaviones más avanzado del mundo, el USS Gerald R. Ford. Mientras tanto, un reloj político parece entrar en cuenta regresiva. Ese tic tac tic tac resuena con especial fuerza en Caracas y La Habana, dos dictaduras que representan, quizá como ninguna otra en el continente, cómo el crimen organizado aliado con sectores de la izquierda radical puede capturar, canibalizar y desmantelar a un país. Venezuela y Cuba no solo han visto destruidas sus instituciones y saqueados sus recursos naturales: también han presenciado cómo les arrebatan la conciencia, la esperanza y el futuro a sus propios ciudadanos.
Cuba, laboratorio histórico del socialismo en América Latina desde 1959, es hoy un país que literalmente se desmorona. La isla enfrenta brotes constantes de dengue y chikunguña, hospitales colapsados sin agua potable, cadáveres que se acumulan por falta de insumos básicos y un sistema de salud que hace décadas dejó de ser referente. A ello se suma una devastadora crisis energética: apagones de más de 12 horas, basura amontonada por semanas y un transporte público inexistente. La tierra de José Martí se asemeja más al infierno de Dante que a aquella utopía revolucionaria que La Habana vendió durante décadas a sus simpatizantes en el extranjero.
El operativo militar estadounidense parece apuntar principalmente a Venezuela, un país convertido en santuario de corrupción sistémica. Narcotráfico, tráfico de personas, operaciones clandestinas de armas, lavado de activos, campamentos que albergan células de grupos islamistas y redes de crimen organizado exportadas a toda la región conforman un cóctel explosivo. Sin embargo, surge una pregunta geopolíticamente lógica: si Washington decidiera un golpe decisivo contra el régimen venezolano, ¿por qué no aprovechar para presionar simultáneamente al régimen cubano, su principal sostén político y estratégico? Sería, en términos crudos, “dos por el precio de uno”: eliminar dos tumores que por décadas han contaminado la estabilidad continental.
El mundo atraviesa un proceso de reacomodo global. Estados Unidos, China y Rusia negocian—y disputan—sus esferas de influencia. En este tablero, Washington bajo el liderazgo de Donald Trump busca recuperar terreno perdido y desplazar la influencia ruso–china en Hispanoamérica. No es irrelevante que el secretario de Estado, Marco Rubio, sea hijo de inmigrantes cubanos y profundo conocedor de la represión en la isla y del rol del aparato de inteligencia cubano en la desestabilización política regional. Bajo ese contexto, la hipótesis de una acción coordinada contra ambos regímenes no es descabellada.
Que Cuba y Venezuela son piedras en el zapato para el hombre más poderoso del mundo es evidente. Que Trump desearía dejarlas atrás durante su mandato, también. Su caída representaría uno de los actos de justicia más significativos de la geopolítica contemporánea. Mientras tanto, la cuenta regresiva continúa: tic tac, tic tac. Un fantasma recorre las calles de nuestro continente; ese fantasma, hoy más vivo que nunca, se llama libertad.
(*) Analista internacional




