12 de octubre de 2026

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Por. Bruno de Ayala Bellido / Donald Trump lo vuelve a hacer

Bruno de Ayala Bellido

Una de las premisas más contundentes de la geopolítica sostiene que los países no tienen amigos, sino intereses. Esta máxima cobra hoy una vigencia extraordinaria tras la decisión de Donald Trump de alcanzar un acuerdo energético con la Rusia de Vladímir Putin, el mismo país al que Washington ha intentado presionar económicamente por su invasión de Ucrania. Una vez más, el presidente estadounidense demuestra que, cuando sus intereses internos están en juego, sus principios pueden pasar a un segundo plano.

Trump anunció que Rusia suministrará inmediatamente más de 300.000 toneladas de diésel al mercado estadounidense y mundial, otras 500.000 durante noviembre y un millón adicional posteriormente. También mencionó la posibilidad de recibir hasta tres millones de toneladas más, dependiendo de la capacidad operativa de las refinerías rusas.

La pregunta es inevitable: ¿qué ocurrió con las sanciones que Estados Unidos defendía como instrumento para castigar a Moscú por su agresión contra Ucrania? El acuerdo supone un giro significativo en esa política y contempla una flexibilización temporal de las restricciones a determinadas importaciones de combustible ruso. La contradicción es evidente.

Resulta difícil ignorar el calendario. Estados Unidos se aproxima a las elecciones legislativas de noviembre, mientras los elevados precios de los combustibles presionan a los consumidores y amenazan las perspectivas electorales republicanas. Trump necesita demostrar que puede aliviar el coste de vida de los estadounidenses. Sin embargo, aunque el cálculo electoral parece plausible, no está demostrado que sea la única razón de su decisión.

Aquí aparece el problema de fondo: ¿vale la pena sacrificar la coherencia de la política exterior estadounidense por un posible alivio en los precios del combustible? Ni siquiera está garantizado que el acuerdo consiga una reducción significativa. Diversos analistas advierten que las cantidades anunciadas representan una proporción limitada de la demanda estadounidense y que su impacto sobre los precios podría ser modesto.

Mientras tanto, Vladímir Putin obtiene una oportunidad para reactivar ingresos energéticos y proyectar una imagen de legitimidad internacional. En una guerra que comenzó con la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022, cada ingreso adicional puede contribuir a sostener la capacidad económica y militar del Kremlin. No significa que cada tonelada de diésel se transforme directamente en armamento, pero sí que los recursos procedentes de las exportaciones fortalecen potencialmente las finanzas rusas.

Volodímir Zelenski ha calificado el acuerdo de injusto y deshonesto. Su indignación resulta comprensible: mientras Ucrania intenta resistir los ataques rusos, su principal aliado occidental flexibiliza restricciones económicas para facilitar la venta de combustible de Moscú. ¿Qué mensaje recibe Kiev? ¿Y qué confianza pueden depositar los socios europeos en una estrategia estadounidense que cambia cuando las necesidades domésticas de Washington lo exigen?

Trump parece entender la geopolítica como una negociación permanente en la que todo tiene un precio. Le interesa contener a China, preservar la influencia estadounidense y mantener canales de comunicación con Putin. El problema no es negociar con Rusia; la diplomacia exige hablar incluso con los adversarios. El problema es hacerlo sin condiciones claras, sin garantías verificables y trasladando los costes estratégicos a un aliado que combate por su supervivencia.

Este acuerdo también pone en evidencia las contradicciones de una alianza occidental que pretende defender un orden internacional basado en reglas, pero que encuentra dificultades para mantener una posición común cuando aparecen intereses económicos contrapuestos.

La lección es amarga: las alianzas no se sostienen únicamente con discursos, sino con compromisos previsibles. Si Washington exige sacrificios a Europa y Ucrania, debe explicar por qué sus propias decisiones pueden debilitar la presión sobre Moscú.

Donald Trump lo vuelve a hacer: convierte una necesidad interna en una apuesta geopolítica de consecuencias inciertas. Puede que consiga combustible; lo que todavía está por demostrar es si conseguirá precios menores, una paz duradera o una Rusia más dispuesta a negociar.

Porque, en política internacional, los intereses son legítimos. Lo imperdonable es confundir una victoria comercial provisional con una estrategia de paz.

(*) ANALISTA INTERNACIONAL

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