La reciente liberación de rehenes israelíes a manos de Hamás ha devuelto, por un instante, un respiro de esperanza a las familias que durante dos años vivieron en el infierno de la incertidumbre. Sin embargo, detrás de los abrazos y lágrimas de reencuentro, se esconde una realidad amarga: este “alto al fuego” no es más que un recodo en el camino, una tregua temporal dentro de una guerra que Hamás no tiene intención de abandonar.
Israel ha pagado un precio altísimo por esta liberación. A cambio de 20 rehenes y otros tantos héroes sin vida, el gobierno israelí ha aceptado excarcelar a más de 2,000 detenidos palestinos, entre ellos 250 condenados a cadena perpetua por crímenes de sangre. En otras palabras, asesinos confesos, terroristas responsables de atentados suicidas y de la muerte de civiles israelíes volverán a las calles de Gaza y Cisjordania.
El dilema moral y político es desgarrador. Ningún Estado puede permanecer indiferente ante la suerte de sus ciudadanos secuestrados. Pero al mismo tiempo, Israel se ve obligado a negociar con quienes no reconocen su derecho a existir. Hamás ha demostrado una y otra vez que no es un interlocutor político sino una maquinaria ideológica de odio, que utiliza los rehenes no como moneda de negociación, sino como herramienta de chantaje psicológico y mediático.
El alto al fuego actual —presentado por algunos medios occidentales como un “gesto humanitario”— es, en realidad, un movimiento táctico de Hamás. Tras meses de enfrentamientos, la organización busca ganar tiempo para reagruparse, reabastecerse y fortalecer su posición tanto dentro de Gaza como en el tablero regional. La tregua le permite oxigenar su narrativa de “resistencia”, mientras intenta convertir a los terroristas liberados en nuevos símbolos del martirio palestino.
Para Israel, la ecuación es cruelmente asimétrica. Por cada rehén recuperado, libera a decenas de prisioneros. El mensaje que deja esta política —por muy comprensible que sea desde la óptica humana— puede ser peligroso: el secuestro funciona. Y Hamás lo sabe. No sería la primera vez que, tras un intercambio, vuelvan a repetirse los mismos patrones. Basta recordar el caso de Gilad Shalit, el soldado israelí liberado en 2011 a cambio de más de mil prisioneros, varios de los cuales regresaron al terrorismo.
La comunidad internacional, por su parte, observa con la acostumbrada tibieza. Algunos celebran la tregua sin comprender que la paz verdadera no se construye sobre concesiones unilaterales ni sobre el olvido de las víctimas del terror. Israel no puede ni debe confiar en un grupo que hace de la mentira una estrategia y del sufrimiento humano un instrumento político.
La liberación de los rehenes es, sin duda, una victoria moral para las familias, pero no una señal de paz duradera. Hamás no cambiará su naturaleza porque libere unos cuantos cautivos; su objetivo sigue siendo la destrucción de Israel. Este alto al fuego, más que un puente hacia la paz parece un intervalo táctico en una guerra que aún está lejos de terminar.
Israel ha recuperado a sus hijos, sí, pero al costo de liberar a quienes juraron matarlos. Y eso, en el lenguaje implacable del Medio Oriente, se llama simplemente una tregua envenenada.
(*) Analista Internacional




