26 de marzo de 2026

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Lima: Cargando...

Por Bruno de Ayala Bellido / El Comando Vermelho: ¿el siguiente paso del Perú?

Bruno de Ayala Bellido

Parecía una escena de algún país africano sumido en guerra civil, un combate entre Hamás e Israel en Gaza City, o un enfrentamiento en la frontera entre Pakistán e India. Pero no lo era. Se trataba de una redada en las favelas de Río de Janeiro, la ciudad más emblemática de Brasil —una de las economías más grandes del mundo—, donde la policía se enfrentaba al crimen organizado.

El horror se apoderó de las pantallas de televisión, y las plataformas de streaming transmitieron en vivo una guerra digna de una película bélica. Pero era la realidad. Una realidad lacerante que muestra cómo los criminales están capturando las calles de las principales ciudades de nuestra querida Hispanoamérica.

El Comando Vermelho —que en portugués significa “Comando Rojo”— es la organización criminal más antigua del Brasil. Nació en la década de 1970, en la prisión de Ilha Grande, como una alianza entre presos políticos y delincuentes comunes. Inicialmente, surgió como una protesta ante las deplorables condiciones del penal; sin embargo, pronto abandonó su bandera ideológica y cualquier vestigio de filiación comunista.

Ya en los años ochenta, con la liberación de muchos presos políticos, los vínculos se mantuvieron, pero el propósito cambió. Comenzaron los asaltos a bancos para financiar a quienes permanecían encarcelados, extendiendo su influencia a las calles. Así, el Comando Vermelho tomó el control de las favelas y con ello el dominio territorial de una idílica, pero cada vez más violenta, Río de Janeiro.

La pregunta cae por su propio peso: ¿está el Perú cerca del dantesco espectáculo que vimos en Brasil?

Todo parece indicar que, si no ponemos las barbas en remojo, más pronto que tarde podríamos llegar a una especie de “guerra civil” entre el bien y el mal, quizás sin la estridencia de Brasil, pero con consecuencias igual de trágicas.

En Lima, las calles ya son escenario del acoso y asesinato de transportistas que no ceden a la extorsión. En provincias, zonas liberadas como el VRAEM o Pataz, en la sierra liberteña, muestran que la iniciativa la tienen hoy la delincuencia y el crimen organizado. Solo falta un Estado débil o indiferente para que las escenas de Brasil se repitan aquí. No lo duden.

Al igual que con el terrorismo, con el crimen organizado no se negocia: se le vence, y si es posible, se le humilla.

Los recursos que estas organizaciones mueven y filtran en la economía peruana ya no son cuantificables. Esa infiltración económica hace mucho más difícil su combate.

A ello se suma otro flagelo: la corrupción, prima hermana del crimen organizado. Según la Contraloría General de la República, el Perú pierde cada año alrededor de 24 mil millones de soles (aproximadamente el 12% del presupuesto nacional) por actos de corrupción e inconducta funcional.

Si logramos reducir la corrupción, minimizar la extorsión, y combatir con firmeza el narcotráfico y el tráfico de influencias, podríamos aspirar a un crecimiento sostenido y a un Estado verdaderamente fuerte.

De lo contrario, el ejemplo brasileño podría ser solo un adelanto de nuestro propio futuro.

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