Javier Milei cumplió un año en la presidencia de la querida Argentina, un país lleno de contradicciones, de extensa cultura y, sobre todo, marcado por un peronismo/progresismo de izquierda caótico. Dicen que de la locura a la genialidad hay un paso, y una prueba de ello es el propio Milei. Con formas exageradas, pero con sólidos conceptos económicos, pasó de ser un desconocido panelista de programas de televisión de todo tipo a convertirse en diputado sin experiencia política previa, para luego dar el gran salto a la presidencia de la República. La pregunta lógica sería: ¿por qué llegó tan alto? Simplemente porque la gente se cansó de la “casta política”, como él mismo la bautizó, de los políticos de siempre que robaron, se burlaron y convirtieron al Estado en su botín personal.
Milei ha cumplido doce meses en el poder. Recibió un país quebrado moral y económicamente, con una hiperinflación lista para estallar, deudas millonarias por vencer, más de la mitad de la población en la pobreza, sin una estructura partidaria y con una minoría insignificante en el Congreso, tanto en diputados como en senadores. Sin embargo, demostró una habilidad política única: sacó adelante una ley de bases que, aunque disminuida, es suficiente para empezar. Esto reveló que, detrás del personaje excéntrico, había un estadista capaz de lograr consensos y, sobre todo, de devolverle la esperanza a su país.
El primer presidente «liberal libertario» presentó sus credenciales y se puso a trabajar. Su brazo derecho, su hermana Karina Milei, conocida como “la jefa”, su ministro de Economía, Dante Caputo, y su ministro de desregulación y transformación Federico Sturzenegger han sido fundamentales en esta tarea. Milei prometió sangre, sudor y lágrimas, y está cumpliendo. La gente le cree, y su aprobación, superior al 52 %, lo confirma. Aplicó un programa muy similar al «shock» económico implementado en Perú a fines del siglo pasado, y los resultados ya se sienten: recibió en diciembre del año pasado una inflación del 25 % mensual, y hoy esa inflación está en el 2.4 %. Este simple dato indica que el ajuste y el programa están devolviendo a Argentina a la senda de la cordura, logrando con ello el tan anhelado «equilibrio fiscal» no gastar más de lo que ingresa. La fórmula mágica es simple, aunque difícil de entender para los populistas de siempre.
Se dice que “el coraje de un pueblo se mide por la cantidad de verdades que está dispuesto a escuchar”, y aquí es donde este líder de la nueva derecha encuentra su mayor fortaleza: dice la verdad, por más dolorosa que sea. El próximo año serán las elecciones de medio término, y todo indica que podría renovar el Congreso con una mayoría suficiente para implementar las reformas de fondo. Por lo pronto, ya anunció la reducción de más del 90 % de impuestos innecesarios y una reforma laboral destinada a atraer inversiones, dinero fresco y, con ello, trabajo productivo, el que contribuye a la riqueza, no el trabajo parasitario dependiente del Estado. Un gigante llamado Argentina está despertando. Que las fuerzas del cielo lo acompañen.